artículo no publicado

El íntegro Echeverría

Incómodo por no haber recibido los honorarios que le corresponden por haber prestado sus servicios profesionales a Luis Echeverría Álvarez, un abogado de nombre Heraclio Bonilla procedió a demandar a su cliente y a chantajearlo públicamente en los medios: si no le paga lo que le debe, hablará de los crímenes que cometió.

El Sr. Echeverría, como lo recordarán algunos, fue presidente de México entre 1970 y 1976, cuando alcanzó la “máxima investidura” gracias a la entonces imbatible maquinaria del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Muchos años más tarde, durante el sexenio de Vicente Fox, la Fiscalía Especial para los Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSSP) encontró en Echeverría responsabilidad por las matanzas del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y del 10 de junio de 1971 en San Cosme. En junio de 2006, un juez concedió una orden de aprehensión contra Echeverría. Más tarde, a fines de noviembre del mismo 2006, otro magistrado le decretó auto de formal prisión por el delito de genocidio. En suma, Luis Echeverría Álvarez pasó cuatro años de prisión preventiva, aunque la jaula fuera de oro, pues por su avanzada edad la prisión fue domiciliada. Pero de que era jaula, era jaula.

Algo es algo, pero ese algo fue muchísimo (aunque el dogma de los –paradójicamente—“más interesados” sea repetir que nunca hubo castigo).

La cosa es que ahora en 2010 el abogado Bonilla se ha cobrado parte de su indignación contra Echeverría recetándole una sonora balconeada. No que alguien fuese tan ingenuo para haberlo supuesto inmaculado, pero Bonilla denunció que el antiguo líder nato de la Revolución Mexicana se las ingenió para hacerse, durante su mandato, de por lo menos 40 propiedades y aportó un inventario interesante: terrenos en Cozumel y Playa del Carmen (que ahora sus hijos, tan revolucionarios e institucionales como su papaíto, pretenden vender en sólo 130 millones de dólares); la casa que fue en Cuernavaca de otro presidente caco, Manuel Ávila Camacho; terrenos en la colonia San Jerónimo Lídice; una casa cerca de Ixtapa que (dice Bonilla) es una de “las viviendas de descanso más bonitas del Pacífico mexicano” y un nutrido etcétera. La cantidad de propiedades es tal que la familia Echeverría habría creado varias inmobiliarias para administrarlas.

De acuerdo con el abogado, el ex presidente se quejó con él de que sus hijas, las compañeras María Esther y María del Carmen, administradoras de su fortuna revolucionaria e institucional, no sólo detuvieron el pago de los honorarios del representante legal, sino que además tienen a papaíto en un estado físico y emocional “lamentable”.

¡Pobrecito presidente Echeverría!

Lo más curioso es que, interrogado sobre si el mandatario revolucionario e institucional se había hecho de esos bienes “de manera irregular”, el abogado Bonilla contestó: “Eso no lo creo: Luis Echeverría es un hombre íntegro”.

Porque la capacidad de Echeverría para hacerse de esas propiedades no supuso pérdida de integridad ni obedece a malas artes ni a cochupos ni a transas ni a corrupción ni a robos en despoblado ni a despojos a campesinos ni a irregularidades administrativas ni a expropiaciones tajantes ni a esta casita me cuadra ni a este ranchito me llenó el ojo ni a ver Martínez expídale un cheque de la tesorería aquí al licenciado para que me escriture cien hectáreas en donde el gobierno de la revolución va a crear un desarollo turístico ni a procédase a enviar a mi prestanombres a que se haga por las buenas o por las malas de cinco kilómetros de playa en el libre y soberano Estado de Quintana Roo para que pueda yo tener un lugar donde irme a descansar y a ver mis películas de James Bond y a reponer fuerzas para regresar vitaminado y seguir combatiendo por este sufrido cuanto esperanzado pueblo al que me entregué en cuerpo y alma chingá.

No, la riqueza de Echeverría no obedece a eso. Un inescrutable malabarismo de la fortuna lo llenó de propiedades así nomás, sin que él siquiera lo notara, íntegro que es, mientras diseñaba la ruta hacia un futuro promisorio.

(Este texto apareció publicado en El Universal)