artículo no publicado

No es un abismo fiscal, son cuatro

El riesgo del abismo fiscal fue conjurado; pero lo que acabamos de ver no es más que la primera –y más leve- de las cuatro batallas de la que se vislumbra como una guerra campal.

En las últimas semanas, y no solo en Estados Unidos, el tema del “abismo fiscal” generó nerviosismo y ansiedad. En mi opinión, buena parte de los nerviosos y ansiosos no entendían el por qué, pero sabían que algo horrible podía pasar. A ellos les tengo una buena noticia: el riesgo del abismo fiscal fue conjurado; pero, también les tengo una mala noticia, pues lo que acabamos de ver no es más que la primera –y más leve- de las cuatro batallas de la que se vislumbra como una guerra campal. Trataré de explicar, de una manera sencilla, qué pasó, qué sigue y por qué es importante. Para evitar un texto demasiado largo, dividiré el temas en varios posts.

Algo que hace particularmente relevante esta disputa es el hecho de que, en el fondo, se está dirimiendo cuál será el modelo de país. Siendo simplistas, los republicanos creen que el gran déficit fiscal se generó porque el Estado es muy grande y que gasta demasiado. Creen que los programas sociales como Medicare (seguro médico para mayores de 65 años), Medicaid (seguro médico para gente pobre), pensiones del seguro social, pensiones para veteranos, etcétera, son insostenibles y tienen que ser revisadas. Los demócratas, por su parte, creen que el problema parte de que la recolección de impuestos no es suficiente porque los “ricos” y las empresas no pagan lo que deberían. Y creen que los programas sociales son derechos adquiridos que no admiten modificación alguna. Ambas plataformas están plagadas de contradicciones. Los republicanos parten de que el gasto público es excesivo, pero se rehúsan a reducir el colosal, inflado e ineficiente gasto militar; los demócratas defienden que los programas sociales son sagrados, pero ignoran el hecho de que con toda certeza al Estado no le alcanzará para cubrirlos cuando la población envejezca, independientemente de cuánto suban los impuestos.

Empecemos por el principio. Si bien el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos puede emitir deuda pública, la ley estadounidense establece que el poder legislativo autoriza el límite máximo que puede ser contraído por el gobierno. El llamado “abismo fiscal” fue un proceso que el propio gobierno estadounidense propició cuando en 2011 no llegaron a un acuerdo sobre qué impuestos aumentar y cuáles gastos recortar para que Estados Unidos volviera a la senda de la disciplina fiscal, después de haber saqueado las arcas federales para rescatar a bancos, empresas automotrices, estados, municipalidades y demás beneficiarios de la generosidad gubernamental después de la crisis de 2008.

Para aumentar el techo de endeudamiento, el gobierno se autoimpuso una enorme sanción potencial, el famoso “abismo fiscal”, que reventaría el primer día de 2013. Si  no se llegaba a un acuerdo sobre cómo sanear las finanzas públicas el primero de enero de este año expiraría la reducción a la tasa del impuesto sobre la renta de los individuos que estableció George W. Bush en 2001 y 2003 de forma temporal (cuando buscaba estimular a la economía después de que reventó la burbuja de las “Dot.com”). Adicionalmente, se establecía un “embargo” del gasto público que implicaba una serie de recortes automáticos en los presupuestos de alrededor de mil agencias y programas estatales. La mitad del recorte total sería de reducciones al gasto militar (así se estableció, intencionalmente, para que la reducción automática de gasto le doliera también a los republicanos). Si eso hubiera sucedido, entre el aumento de impuestos y los recortes al gasto, el déficit fiscal estadounidense se hubiera reducido en alrededor de 560 mil millones de dólares al año. Hacer esto de golpe hubiera garantizado una nueva recesión, al sacarle casi 4% a una economía que se espera solo crezca alrededor de 2% en 2013.

En las primeras horas de este año, los legisladores estadounidenses lograron un acuerdo para permitir que la reducción temporal de impuestos expirara solo para aquellos individuos que ganan más de 400 mil dólares al año (o familias que ganan más de 450 mil), volviéndose permanente para quienes ganan menos que esa cantidad. También se acordó posponer por dos meses el “embargo” al gasto público. Por ello, la segunda batalla de esta guerra ya tiene fecha (1 de marzo) y promete ser mucho más encarnizada que la primera.

En la batalla que acaba de ocurrir, el presidente Obama y los demócratas tuvieron una posición privilegiada para negociar. La ausencia de un acuerdo provocaría un aumento automático de impuestos y una reducción del gasto público que en conjunto generarían una recesión de la cual se culparía a la “intransigencia republicana” en la cámara baja (en donde son mayoría). La reciente negociación logró que la reducción temporal de tasas impositivas sea permanente para 99.5% de la población estadounidense y con ello los demócratas se han quedado sin la posibilidad de utilizar la expiración de esta como una amenaza.

Ahora, los republicanos esperan que los demócratas cedan, aceptando recortes en gasto y reformas a los programas sociales para evitar el embargo. Sienten que al haber estado de acuerdo con un aumento de impuestos, el primero aprobado por una cámara bajo control republicano en más de 20 años, ya hicieron su parte. Más cuando esa aprobación les está costando sangre con su base más dura, particularmente con los miembros del Partido del Té.

Pero, quizá haya otra batalla antes del primero de marzo debido a que como admitió el Secretario del Tesoro, Tim Geithner, la semana pasada, el nuevo techo de endeudamiento (16,394 millones de millones de dólares) ha sido rebasado. El Tesoro tiene facultades para emitir deuda por alrededor de 200 mil millones de dólares por “medidas extraordinarias”, lo puede darles un par de meses de margen antes de que la guillotina caiga.

En estricto sentido, incrementar el límite de endeudamiento no es un permiso para que el gobierno gaste más, sino simplemente el reconocimiento de que para pagar lo que ya se gastó es a veces necesario “aumentar el límite de la tarjeta de crédito”. Sin embargo, los republicanos están resentidos porque en la reciente negociación la inmovilidad les afectaba porque provocaba aumentos automáticos de impuestos para todos. Ahora, una potencial falta de acuerdo le duele más a los demócratas, pues muchos programas públicos resultarían afectados (aunque la parte militar sea la que más afecte a la base republicana).

Por último, la cuarta batalla viene porque el 27 de marzo vence la “resolución de continuidad” establecida por seis meses en septiembre de 2011. Esta proveyó al gobierno con los recursos necesarios para agencias, programas y servicios federales, e incluso para poder hacer frente a emergencias y desastres naturales, ya que el gobierno de Obama ha sido incapaz de lograr la aprobación de un presupuesto en tres años[1]. De no lograrse una nueva resolución, todas las agencias y servicios no esenciales del gobierno tendrían que suspender sus funciones después de esa fecha. Eso es algo que ocurrió dos veces durante el gobierno de Bill Clinton, como resultado de las confrontaciones que tuvo con la Cámara de Representantes republicana cuando Newt Gingrich era su líder. En opinión Gingrich, parte del éxito fiscal de la administración de Clinton se debió a la férrea oposición republicana a mayor gasto público, la cual obligó a  que el presidente declarara que “los días del gobierno grande habían llegado a su fin”.

El presidente Obama declaró que no habrá negociación alguna para incrementar el techo de endeudamiento. En el extremo, están quienes creen que el presidente podría acogerse a la 14ª enmienda de la constitución que, interpretada en forma “amplia”,  le permitiría declarar inconstitucional el que el Congreso se rehusara a proveerle con los recursos necesarios para pagar la deuda. Este argumento legal es, en mi opinión, endeble porque lo que se está impidiendo no es que el gobierno pague la deuda sino que se siga endeudando. El gobierno tiene que hacer pagos de intereses sobre la deuda existente por alrededor de 300 mil millones de dólares en el año, y tiene ingresos por recaudación fiscal equivalentes a alrededor de ocho veces este. Queda siempre la posibilidad de reasignar el gasto privilegiando el pago la deuda, en caso de que esa fuera la prioridad.

Ese sería el argumento en contra que presentaría la Cámara de Representantes de mayoría republicana si no se aprueba el aumento en el techo de endeudamiento. Por ello, la posición más inteligente de los republicanos quizá sería concentrar su capital político en las otras dos batallas, amenazando con dejar que el “embargo” del gasto público ocurra y rechazando aprobar una nueva resolución de continuidad, en caso de no obtener propuestas suficientes para reducir el gasto público. Pero, no hay evidencia en las negociaciones recientes de que los republicanos vayan a asumir una posición negociadora inteligente. De hecho, cometieron un error garrafal al no apoyar al líder de la mayoría republicana en la cámara baja, John Boehner, cuando trató de que los representantes de su partido aprobaran una iniciativa para limitar el aumento de impuestos a quienes ganan más de un millón de dólares. Pasarla hubiera puesto a Obama contra la pared. Al no hacerlo, el límite se estableció simplemente en 400 mil dólares, afectando a un porcentaje mayor de la población.

Lo que acabamos de ver solo fue un tímida riña, relativa al tamaño de la bronca que se avecina. Desafortunadamente, esta retrasará cualquier discusión legislativa sobre la reforma migratoria, cuya aprobación parecía inminente; y, también la posible negociación sobre la reanudación de la ley que prohibía la compra de armas de asalto, que sería de gran utilidad para el combate al crimen organizado en México, Centroamérica, Colombia y otros países.

En mi próximo escrito explicaré por qué el reciente acuerdo fue un desastre para Obama, demócratas, republicanos y, sobre todo, para el pueblo estadounidense. Estamos a años luz de donde deberíamos estar y una gran oportunidad ha sido desperdiciada.



[1]En el último intento, el 16 de mayo de 2012, el senado de mayoría demócrata votó unánimemente en contra de la propuesta del presidente, cuya iniciativa de presupuesto para 2013 recibió cero votos a favor y 99 en contra. Para el presupuesto de 2012 el resultado fue cero a favor y 97 en contra.