artículo no publicado

Barack Chávez (1)

Para aquellos que vivimos en Estados Unidos, el desastre ambiental de BP en el Golfo de México ha acaparado a los medios de información. Lo que me ha sorprendido, sin embargo, es lo miope que ha sido el análisis que sólo se enfoca en el –sin duda trágico- daño a peces y pelícanos, pero muy poco en la devastación política y económica que puede, quizá, tener un efecto aún más amplio y duradero.

Como usualmente ocurre, una crisis de esta naturaleza pone el reflector sobre temas de gran relevancia:

1. La política energética del país que más energía consume en el mundo.

2. La relación del gobierno con el sector privado.

3. Los límites del gobierno.

4. Las deficiencias de la regulación.

5. La imposibilidad de cubrirse contra todos los riesgos.

Los estimados del derrame total en el Golfo de México están alrededor de un millón de barriles de petróleo. Una cantidad ciertamente considerable, que a Estados Unidos le toma aproximadamente … una hora consumir. Estados Unidos es el país que, por mucho, más petróleo consume; alrededor de 19.5 millones de barriles diariamente. Esto es más de lo que China, Japón, la India y Rusia consumen sumados.

Conforme países como China y la India se industrializan, su demanda de combustibles fósiles aumenta. Conforme los chinos han intercambiado sus bicicletas por automóviles, han incrementado su demanda por petróleo; sus industrias, peor aún, utilizan carbón como su fuente principal de energía. Esto ha tenido un peligroso efecto sobre el medio ambiente, generando calentamiento de la atmósfera. Peor aún, conforme la demanda aumenta a mayor velocidad que la oferta, el precio del petróleo sube. Un precio mayor del petróleo acaba beneficiando a países con gobiernos cleptócratas, autoritarios, y enemigos de Estados Unidos como Irán, algunos países árabes y Venezuela.

Claramente, entonces, por motivos tanto ambientales como geopolíticos sería deseable poder incrementar el uso de energías limpias y renovables. Si les tomamos la palabra a los políticos o a los ambientalistas, esta posibilidad está a la vuelta de la esquina. Desafortunadamente, ese no es el caso. Aun si se hiciera una inversión considerable para acelerar el desarrollo de tecnología, el mundo dependerá de combustibles fósiles por lo menos durante un par de décadas.

Muchos se han beneficiado del espejismo del origen limpio de los combustibles; los productores de maíz empezaron a utilizarlo para producir etanol. Esto, sin embargo, acabó teniendo un efecto nocivo en otro sentido al afectar la cadena alimenticia, conforme tierras cultivables para la producción de cereales y oleaginosas se destinaron a este fin y provocaron el encarecimiento de alimentos básicos. Como siempre ocurre, una vez que la producción de etanol por esta vía adquirió un aura de solución mágica, la asignación de subsidios incrementó la rentabilidad -que benefició a poderosas multinacionales- cuyo cabildeo garantizó que el flujo continuara.

Este es un buen ejemplo de porqué resulta imposible, a mi juicio, que los gobiernos asignen recursos en forma eficiente e imparcial. ¿Recuerda usted cuando todos los candidatos presidenciales en la última elección estadounidense hablaron sobre las bondades del etanol producido con maíz? Casualmente lo hicieron porque este cultivo genera enormes beneficios a los agricultores de Iowa, estado cuya influencia política por mucho excede a su tamaño, pues es donde tradicionalmente se celebran las elecciones primarias iniciale en los procesos electorales.

Por ello, a la larga, debe ser siempre el mercado el que asigne los recursos a aquellas tecnologías más prometedoras, y a los investigadores y científicos con mayor posibilidad de éxito. Donde sí puede intervenir el gobierno es en la asignación de impuestos para compensar por el efecto de externalidades negativas en el consumo de petróleo y carbón. Debido al impacto ambiental por el uso de combustibles fósiles, es razonable compensar cobrándoles impuestos a industrias particularmente contaminantes, o a individuos que elijan automóviles poco eficientes. Es interesante observar que esto se hace en Europa, pero en Estados Unidos quien introduzca el tema estará cometiendo suicidio político. Esto se debe a que el modelo de desarrollo del país se armó sobre la industria automotriz. La red de carreteras interestatales desarrollada en la presidencia de Eisenhower –una de las mayores obras públicas en la historia de la humanidad- tuvo dos finalidades: apuntalar el dominio de Detroit en la industria automotriz mundial, y facilitar la llegada de pertrechos del centro del país a las costas, en caso de conflagraciones armadas en Asia o Europa. El resultado, sin embargo, fue que el automóvil se volvió sinónimo de progreso, de estatus social y la más “americana” de las posesiones.

Muchos analistas consideran que los ataques terroristas del once de septiembre presentaron una oportunidad histórica para justificar un impuesto a los combustibles con el objetivo de utilizar los recursos provenientes de éste para financiar el desarrollo de fuentes de energía renovable. Pero éstos ocurrieron con un presidente tejano en la Casa Blanca, y con un vicepresidente cuyo último empleo había sido como Presidente y CEO de la empresa petrolera Halliburton.