artículo no publicado

Correspondencia

Saul Bellow fue uno de los grandes escritores del siglo XX y una de las voces con más autoridad moral de su época. Como recoge esta correspondencia, la suya fue una vida tan comprometida con la ficción como con la realidad.

Las Cartas de Saul Bellow (1915-2005), que ha editado Benjamin Taylor y publica en castellano Ediciones Alfabia, ofrecen una mirada única a su trayectoria. En ellas vemos el recuerdo de su niñez en una familia inmigrante, la pasión política de su juventud, su vocación de narrador, una intensa dedicación a la literatura –llena de polémicas y complicidades con muchos intelectuales y escritores, desde Ralph Ellison hasta John Cheever, pasando por Hannah Arendt y Martin Amis–, y una ajetreada vida sentimental. La fascinación, a veces gruñona, por el mundo exterior, se mezcla con cierta búsqueda espiritual, con la obsesión creativa y con un salvaje sentido del humor. Como dice Taylor, las cartas son el otro lado del tapiz de la obra de Bellow: muestran muchos de los personajes y episodios que transformó en ficción y los asuntos –Estados Unidos, el judaísmo, la historia o el amor– que atormentan a sus criaturas, con la mezcla de erudición y vitalismo que cambió la literatura norteamericana para siempre.

 

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Al director de The New York Times

Chicago, Illinois, 7 de enero de 1974

Al director:

Andréi Sájarov y otros cuatro intelectuales soviéticos han llamado a “la gente decente de todo el mundo” a intentar proteger a Aleksandr Solzhenitsyn de la persecución.

La palabra “héroe”, que lleva mucho tiempo desacreditada, ha sido redimida por Solzhenitsyn. Ha tenido el coraje, el poder mental y la fortaleza de espíritu necesarios para decirle la verdad al mundo entero. Es un hombre de un absoluto honor intelectual y, en su fortaleza moral, es peculiarmente ruso. Los mejores escritores rusos de este siglo infernal han tenido totalmente claro que solo el poder de la verdad es igual al poder del Estado.

Puede esperarse que los Brezhnevs y Kosygins del mundo sean capaces de entender lo que el comportamiento de un hombre como ese significa para el mundo civilizado. La persecución de Solzhenitsyn, su deportación, su confinamiento en un manicomio o su exilio se interpretarán como la prueba definitiva de la completa degeneración moral del régimen soviético.

No podemos esperar que nuestros diplomáticos abandonen su política de détente (sea lo que sea que significa eso) o que nuestras grandes empresas rompan sus contratos con Rusia, pero los físicos y matemáticos, biólogos, ingenieros, artistas e intelectuales deberían dejar claro que defienden a Solzhenitsyn. Fallarle sería una absoluta traición a los principios. Puesto que Estados Unidos es el socio del gobierno soviético en la détente, los estadounidenses tienen una responsabilidad especial en este asunto.

Lo que Solzhenitsyn ha hecho al revelar la irrestricta brutalidad del estalinismo también lo ha hecho por nosotros. Ha recordado a todos y cada uno de nosotros lo que le debemos a la verdad.

Saul Bellow

A John Cheever

Chicago, 23 de noviembre de 1976

Querido John:

Bueno, esperaba lo mejor y eso es exactamente lo que obtuve en Falconer. Es espléndida. Durante dos días fue mi refugio para los ciclones; me escondí en ella. No carecía de sorpresas. Normalmente adoptas una visión más ligera de las ruinas. Este es el libro más duro que has escrito: bélico, nada suavizado. Pero, en cuanta más decadencia te metías, más puro se volvía el libro. Falconer es elegante. Recuerdas lo que Orwell dijo sobre Henry Miller, que Henry había devuelto el lenguaje hablado a la literatura y se había librado del lenguaje del protocolo. Es verdad, hasta cierto punto, pero Henry echaba su peculiar ensalada de frutas de cafetería –su “filosofía” y su “poesía”– por todas partes. Tú consigues que lo mejor y lo peor vivan juntos por todo lo alto. Pero sé que no te gusta esa cosa literaria, y escribo a toda prisa. Lo que sentí todo el rato era una airada determinación de declarar los hechos básicos. Los declaraste, muy bien, y le diste a tu amigo una satisfacción muy intensa. Que te agradece de todo corazón.

Deberías vender centenares de miles de ejemplares, a menos que el país haya caído en la depravación más profundamente de lo que yo pensaba. Me encantó que en la Paris Review mencionaras a la gente agradable e inteligente que lee los libros y escribe cartas reflexivas sobre ellos y no tiene conexión visible con la publicidad, el periodismo o el mundo académico. Amo a esa gente. También me sostienen a mí, como observaste. Tu entrevistador podría haberte seguido en esa declaración importante.

Siempre tuyo,

Saul

 

¿Normalmente no te marchas después de terminar una novela? Lo que necesitas ahora son unas deliciosas vacaciones.

A Midge Decter

Chicago, 7 de febrero de 1984

Querida Midge:

Después de oír preguntas y quejas –sobre todo quejas– acerca de mi participación o patrocinio de vuestro número especial de Confrontations (“Winners”), leí el número culpable, que se me había pasado, y aunque los libros premiados de los que os burlabais parecían bastante escuálidos, vuestras propias reseñas eran de tan mal gusto que me deprimió que se me asociara conellas. Desde hace tiempo lucho con la creciente percepción de que existe un problema: Podemos estar de acuerdo sobre Nicaragua, pero en cuanto empiezas a hablar de cultura me pones los pelos de punta. Estuve a punto de retirarme del Comité cuando el año pasado Joseph Epstein leyó una ponencia en vuestro simposio donde me adscribía opiniones que no tengo y me ponía en una dirección que no soñaría tomar. Fue incómodo que se me malinterpretara y se me tergiversara en un encuentro del que era uno de los patrocinadores y todavía más incómodo ver que Commentary publicaba su discurso. Pero donde hay política hay compañeros de cama y donde hay compañeros de cama es probable que haya ladillas, así que me rasqué los habones en silencio. Tu número especial, sin embargo, es diferente. No puedo permitir que los editores de Confrontations hablen en mi nombre, o con mi consenso tácito como miembro del consejo de redacción, sobre los escritores y la literatura. Cuando se trata de ganarse enemigos prefiero hacerlo yo mismo, por mis propios motivos y con mi propio lenguaje. Le mauvais goût mène aux crimes,[1] dijo Stendhal, que tenía razón, por supuesto, pero no se dio cuenta de cuántos criminales estaba a punto de liberar la historia.

Dimito del consejo de redacción y pido que quites mi nombre de tus anuncios. Lo siento.

Tuyo sinceramente,

Saul

 

[En realidad, la revista del Comité para el Mundo Libre era Contentions, no Confrontations, aunque puede que Bellow confundiera el nombre deliberadamente. El ensayo “Winners”, de su Número Especial, se burlaba de los ganadores de varios premios literarios estadounidenses.]

A Philip Roth

Chicago, 7 de enero de 1984

Querido Philip:

Pensé que haría algo bueno dando una entrevista a People, lo que fue extremadamente estúpido por mi parte. Le pedí a Aaron [Asher] que te dijera que la Compañía de Embaldosado de las Buenas Intenciones había vuelto a cagarla. La joven entrevistadora puso mis opiniones patas arriba, cortó los elogios e hizo que todo pareciera desautorización, denuncia yexcomunión. Bueno, los dos estamos acostumbrados a esa clase de cosas, y nada nos escandaliza. Al aceptar la llamada y hacer una declaración, fui sencillamente atolondrado. Pero, si me hubiera entrevistado un ángel para el Semanario Serafín y Querubín, habría dicho, como le dije a esa putilla retorcida, que eres uno de nuestros mejores y más interesantes escritores. Habría añadido que me estimuló y me entretuvo enormemente tu última novela, y que por supuesto después de tres decenios entiendo perfectamentelo que dices sobre el oficio del escritor: cómo podría no entender, o no sufrir por los mismos dolores. Aun así nuestros diagramas son diferentes, y la descripción más breve de las diferencias sería que tú pareces aceptar la explicación freudiana: la motivación de un escritor es su deseo de fama, dinero y oportunidades sexuales. Mientras que yo nunca me he tomado en serio esa trinidad de motivos. Pero esta es una nota explicativa y no quiero convertirla en un acontecimiento rabínico. Por favor, acepta mi arrepentimiento y mis disculpas, y también mis mejores deseos. Me temo que no podemos hacer nada con los periodistas; solo podemos esperar que se extingan, como los tábanos a finales de agosto.

Saul

A Cynthia Ozick

W. Brattleboro, 29 de agosto de 1989

Querida Cynthia:

Puedo escribir un libro corto más fácilmente que una carta, ¿por qué? No es tanto una pregunta como un misterio, y además un misterio idiota. Cuando escribo ficción estoy equipado o totalmente movilizado (mira cómo recurro a figuras retóricas mecánicas o militares). Parece que tengo alguna dificultad para ser yo mismo, a menos que lo auténtico sea el escritor de ficción. Pero no es (¡gracias a Dios!) un problema de identidad. La verdadera fuente de las cartas y las historias puede localizarse. En algún sitio Kierkegaard escribió sobre la capacidad humana para relacionar todo con todo lo demás. Para los judíos, se trata de neshama.[2] Todavía me resulta difícil escribir cartas, un defecto que no es trivial, un defecto desagradable. Pero lo que dijiste de El contacto Bella Rosa me ha dado más placer del que puedo gestionar, y tu carta era en todos los aspectos tan rica y generosa que me convirtió en un lector, un lector admirado.

Y ahora, como prefacio para el asunto, tengo algo que contarte: Mi joven amigo Martin Amis, al que quiero y admiro, vino a verme la semana pasada. Lo trajo de Cape Cod un compinche al que no conocía y del que no había oído hablar. Se quedaron a dormir. Cuando nos sentamos a cenar el amigo se identificó como colaborador habitual de The Nation. La última vez que eché un vistazo a The Nation fue cuando Gore Vidal escribió su artículo sobre la deslealtad de los judíos hacia Estados Unidos y su preferencia basada en la sangre por Israel. Durante el largo tiempo que ha pasado desde que nos conocemos, ha crecido una duna de sal que aliña los comentarios ridículos de Gore. Tiene cuentas pendientes con Estados Unidos. En cualquier otro lugar, podría haber sido homosexual y patricio. Aquí tiene que mezclarse con tipos duros y connegros y judíos; la democracia le ha imposibilitado ser un caballero invertido y excepcional. Y la fuente de su dolor le ha hecho rico y famoso. Pero dejemos a Gore, podemos saltárnoslo. Vamos a nuestro invitado, el amigo de Martin. Se llama Christopher Hitchens. En la cena dijo que era un gran amigo de Edward Said. Leon Wieseltier y Noam Chomsky también eran grandes colegas suyos. Al mencionar el nombre de Said, Janis refunfuñó. Dudo que eso no estuviera previsto, porque es casi seguro que Hitchens cree que soy un reaccionario terrible: la Derecha Judía. Criado para respetar y rechazar la cortesía al mismo tiempo, el invitado luchó breve y silenciosamente con el periodista decadente y finalmente habló. Dijo que Said era un gran amigo suyo y que debía pedirdisculpas por discrepar con Janis, pero la lealtad hacia un amigo exigía que dejara las cosas claras. Todo el mundo conservó la educación. Yo no quería una escena, por Amis. Afortunadamente (o no) había leído varios fragmentos del artículo de Said en Critical Inquiry, que ofrecí como prueba. Los judíos eran (más o menos) nazis. Pero, por supuesto, dijo Hitchens, era bien sabido que [Yitzhak] Shamir se había dirigido a Hitler durante la guerra para llegar a un acuerdo. Protesté que Shamir era Shamir, no eralos judíos. Además, yo no confiaba en las pruebas. La discusión se balanceaba. Amis cogió las selecciones de Said para leerlas. No encontró nada que decir en el momento pero a la mañana siguiente intentó sacar el tema, y para evitar otra situación embarazosa le dije que había sido cosa de mucho ruido y pocas nueces.

Hitchens atrae a Amis. Es una tentación que puedo entender. Pero el tipo de gente sobre el que te gusta escribir no siempre es buena compañía, especialmente en una cena.

Bueno, esos Hitchens son solo playboys de Fourth-Estate que florecen con la agitación, y los judíos somos muy fáciles de agitar. A veces (¡ojalá supiera hacerlo bien!) creo que me gustaría escribir sobre el destino de los judíos en la decadencia de Occidente. O en la larga crisis de Occidente, si la decadencia no te sirve. El movimiento de la asimilación coincidió con la llegada del nihilismo. Ese nihilismo alcanzó su clímax con Hitler. La respuesta judía al Holocausto fue la creación de un Estado. Tras los campos llegaron las políticas y esas políticas son nihilistas. Tus Hitchens, la prensa política en su forma izquierdista más desaliñada y boba, son (si el nihilismo tiene una jerarquía) los gnomos. Los gnomos no necesitan saber nada, son arrogantes, aparecen cuando tu heroína de cuento de hadas está en graves problemas, ofrecen un trato y después vienen a recoger al bebé. Si puedes soportar conocerlos descubres que esos gnomos de Nation beben, se drogan, mienten, engañan, persiguen, seducen, cotillean, calumnian, piden dinero prestado, nunca pagan la manutención de sus hijos, etc. Son los bohemios que hacían que Marx hirviera de rabia en El 18 brumario. Bueno, ahí tienes el nihilismo, una de sus ramas menores, en todo caso. Sin embargo, para enormes cantidades de gente son, de algún modo, muy atractivos. Eso es porque esa gente es la tropa del nihilismo, y quiere saber de Hitchens y Said, etc., y consumir falsedades como si fuera comida rápida. Y es muy fácil causar problemas a los judíos. Nada es más fácil. A las cadenas de televisión les encanta, los grandes periódicos permiten que suceda, hay una población universitaria receptiva para la que Arafat es Bueno e Israel es Malo, incluso genocida.

Ahora bien, ¿qué se puede hacer al respecto?

Para ser más concreto, ¿qué voy a hacer al respecto el 3 de diciembre? No tengo la menor idea, y no hay nada más deprimente que imaginarme balbuciendo en el podio, quedando en ridículo y haciendo que el encuentro parezca estúpido. Nada gustaría más a nuestros propios nihilistas judíos.

Lo que necesitas, y probablemente lo has pensado tú misma, es una charla sensata de Jeane Kirkpatrick sobre la OLP.

Siempre tu amigo con admiración y afecto,

Saul

 

[Más tarde Hitchens y los Bellow desarrollarían relaciones cordiales. El artículo de Edward Said en Critical Inquiryera “Representing the Colonized: Anthropology’s Interlocutors”.]

A Martin Amis

Schomberg, Ontario, 30 de diciembre de 1990

Querido Martin:

Janis y yo estamos en Ontario, en el piso más alto de la granja de sus padres, mirando la nieve que cae, los árboles, campos, una laguna, y observando directamente el rostro vacío del casco troyano de una chimenea que emite humo de una leña que corté yo. Acabamos de salir del baño y estamos sentados junto a una enorme bañera-blanca-con-vistas, un remolino o quizá incluso un jacuzzi en el que echas crema que forma espuma y te convierte en un olímpico, un Viejo Amo Zeus que mira las blancas nubes del Canal.

Es una pena que la gente que me importa esté tan ampliamente distribuida sobre la faz de la tierra. Pero también uno tiende a pensar más en ellos. La proximidad no lo es todo. En este dormitorio he encontrado un volumen de las cartas que Aldous Huxley escribió durante la guerra, muchas de ellas desde Hollywood a corresponsales en Londres y otros lugares lejanos. Quizá sus opiniones hubieran sido menos chifladas si no se hubiera ido de Inglaterra. Pero existen cosas como las distancias interiores y la chifladura casera o doméstica. Se me ocurren ideas extrañas en mi propio terreno de Chicago y amigos de Inglaterra también me mandan sus extrañas opiniones. Hace años, en Greenwich Village, le decía a un amigo concreto: “Tú y yo somos los únicos cuerdos y a veces tengo dudas sobre ti.” El motivo deesas ideas es la mención de [Salman] Rushdie en la mesadel desayuno, su adopción o readopción del islam. Sugerí que quizá pensara que la civilización occidental había triunfado de una vez por todas sobre el fundamentalismo exótico. Después de todo, el papa no excomulgó a Joyce por escribir Ulises y la Iglesia es todavía más antigua que el islam. En resumen, todavía no es seguro decir que ese fenómeno ha pasado a la historia. Cuando pensábamos que perestroika y glasnost habían purificado Rusia de una vez por todas, leemos un discurso del jefe de la KGB que acusa a Estados Unidos de mandar trigo radiactivo y alimentos envenenados a los hambrientos de la Unión Soviética.

La gente como nosotros debería abandonar la política y centrarse en los sueños. Me produce placer saber que aparecí recientemente en un sueño tuyo, positivamente. Recientemente he soñado:

Sueño 1: Identifico a Tolstói como conductor de una furgoneta blanca destartalada en la autopista. Pregunto al tipo al volante de su desmoronada furgoneta qué puede hacer para que su puerta floja deje de golpear el extremo de mi coche. Cuando se inclina hacia la derecha veo que no es otro que León Tolstói, con barba y todo. Me invita a seguirle, salir de la autopista e ir a una taberna y dice: “Quiero darte este frasco de arenque escabechado.” Añade: “Conocí a tu hermano.” Ante la mención de mi difunto hermano rompo en lágrimas.

Sueño 2: Un remedio secreto para una enfermedad mortal está inscrito en caracteres chinos en mi pene. Por esa razón mi vida está en peligro. Mi hijo Greg me oculta en un escondite californiano de los agentes de una compañía farmacéutica, etc.

Sueño 3: Me descubro en una biblioteca llena de obras maestras desconocidas de Henry James, Joseph Conrad y otros. Títulos que nunca he visto mencionados en ningún sitio. Conmocionado y alegre abro unvolumen de Conrad y leo varias páginas, frase tras frase tras frase en el mejor estilo del viejo, más brillante que nunca. “¿Por qué demonios nunca me han hablado de esto?”, pregunto. Algunos grupos nos lo han ocultado. Estoy indignado.

Dependo de estos acontecimientos-sueño para estabilizarme. O quizá para documentar mi desorden de una manera más completa.

Puede que después de todo no vayamos a Francia. Desde hace unos meses nuestro amigo [Allan] Bloom está enfermo del paralizante síndrome Guillain-Barré y no podemos hacer planes de viaje hasta que sepamos si la parálisis es temporal. O no. Está progresando, pero no habrá vacaciones hasta que lo sepamos. El año pasado alguien de la BBC me invitó a hacer un programa en mayo y si se puede organizar quizá vayamos y te veamos antes de que dejes Londres.

Los mejores deseos para el año nuevo para ti, Antonia y los niños, de parte mía y de Janis.

Con amor,

Saul

 

En un esfuerzo por librarse de la fetua decretada por el ayatolá Jomeini, Salman Rushdie emitió una declaración táctica –que luego retiró– donde afirmaba haberse convertido al islam.

A Philip Roth

Brookline, 1º de enero de 1998

Querido Philip:

Siento ser tan lento. Janis cogió tu manuscrito primero y me comunicó todo su entusiasmo, simpatías y premoniciones. Un nuevo libro de Roth es un gran acontecimiento por estos lares. Somos, por emplear una expresión que se usaba en Chicago en los años veinte, tus hinchas y tus fans [your rooters and boosters].

Cuando se fue [Janis] a Canadá el día de Navidad para ver a sus padres y a su hermana, su hermano, niños, dejó conmigo Me casé con un comunista para las vacaciones. Leer tu libro me consoló en esta casa vacía. Es una delicia leer uno de tus manuscritos –vaya por delante–, pero esta vez el efecto general no fue satisfactorio. Era particularmente consciente de la falta de distancia. No quiero decir que el escritor deba poner espacio entre él y los personajes de su libro. Pero debería haber cierto distanciamiento con respecto a las pasiones del escritor. Hablo como alguien que creó el mismo pecado en Herzog. Ahí esperaba que los efectos cómicos pudieran protegerme. Sin embargo, crucé la frontera demasiadas veces para asaltar el campamento enemigo. Pero Herzog era un bobalicón, un intelectual fracasado y en el fondo un sentimental. En tu caso, el hombre que nos entrega a Eve y Sylphid es un enragé, un verdadero fanático.

Ese no es el defecto más destacado de MCCUC. Tu lector, por respeto a tus poderes, está más que dispuesto a seguir a tu lado. No podrá, como yo tampoco pude, seguir junto atu Ira, probablemente el menos atractivo de todos tus personajes. Asumo que no eres más capaz de soportar a Ira que los lectores. Pero apoyas lealmente a ese patoso forjado en hierro, un hombre grande, fuerte y estúpido que te atrae por razones invisibles para mí.

Existe un verdadero misterio con respecto a los comunistas en Occidente, para limitarme a ellos. ¿Cómo pudieron aceptar a Stalin, uno de los tiranos más monstruosos de la historia? Uno habría pensado que la división de Polonia por parte de Hitler y Stalin, y la derrota de los franceses que abrió paso a la invasión de Rusia por parte de Hitler, llevarían a los miembros del PC reconsiderar sus lealtades. Pero no. Cuando aterricé en París en 1948 descubrí que los líderes intelectuales (Sartre, Merleau-Ponty, etc.) permanecían leales pese al mar de sangre de Stalin. Bueno, todo país, todo gobierno, tiene su mar, o lago, o estanque. Aun así, Stalin seguía siendo “la esperanza”, pese a su claro paralelismo con Hitler.

Pero, en resumen. La razón: la razón residía en el odio por su propio país. Entre los franceses era el viejo enfrentamiento de los “espíritus libres”, o artistas, con la burguesía dominante. En Estados Unidos era la lucha contra los McCarthys, los Comités que investigaban la subversión, etc., los que justificaban a la izquierda, a los seguidores de Henry Wallace, etc. El principal enemigo estaba en casa (el eslogan de Lenin en la PGM). Si te oponías al PC eras un mccarthysta, no había otra posibilidad.

Bueno, fue una estupidez profunda y perversa. No hacía falta ser muy inteligente para ver lo que era el estalinismo. Pero los militantes y los activistas se negaron a afrontar los simples hechos que estaban al alcance de todo el mundo.

Basta: Dirás que todo eso se reconoce en MCCUC. Sí, y no. Nos dices que Ira es un bestia, un asesino. Pero ¿quién más está? Ira y Eve están en el centro de tu novela: ¿y qué representa ese par?

Uno de tus temas persistentes es la purgación que solo se puede obtener a través de la ira. Las fuerzas de la agresión son liberadoras, etc. Y puedo verlo como un punto de vista legítimo. Está bien si tus personajes son titanes. Pero Eve es solo una mujer lamentable y Sylfed es una chica gorda, mimada y malvada con joroba de bisonte. No son titanes.

No hay mucha gente con la que pueda ser tan franco. Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro y espero que sigamos, los dos, diciendo lo que pensamos. Estarás dolido conmigo, pero creo que no te desharás de mí para siempre.

Siempre tuyo,

Saul

A Werner Dannhauser

Brookline, 6 de octubre de 1999

Querido Werner:

Ya era hora de que supieras de mí.

Prometí eliminar lo que pensabas que era material reprensible y escribí una versión revisada de Ravelstein. Llevó mucho trabajo y la tarea fue a contracorriente. Cuando terminé los resultados eran muy insatisfactorios; faltaba la elasticidad que aportaba el pecado. En medio de ese procedimiento prolongado, que consumió tiempo y fue estéril en último término, recordé cómo le había disgustado a Bloom El diciembre del decano. Se oponía a la falsa caracterización de Alexandra y no me ahorró nada. Pero ahora el zapato está en el otro pie y no vi ninguna razón para hacer en Ravelstein  aquello por lo que Allan había protestado con tanta fuerza en la novela anterior. Después de todo, intentaba satisfacer los deseos de Allan, y no podía tenerlo todo. No podía ser veraz y camuflar al mismo tiempo. Así que hice lo que creo que él habría deseado que hiciera. Y sé que voy a alienar a la mayoría de mis amigos straussianos. Puedo permitirme perder a algunos de esos viejos amigos, pero tú no estás en ese grupo. En tu caso, la pérdida sería difícil de soportar. Créeme, nada de esto es frivolidad literaria. He tomado todo el asunto con gran –la mayor– seriedad. Y espero haberte explicado claramente el tipo de aprieto en el que me encontraba. Debería contar con perder amigos, pero no espero que tú seas uno de ellos. No creo que quede mucho que decir. A menudo pienso en la categoría judía de jerem, que significa excomunión. Espero que esta novela no nos separe.

Ahora tengo dificultades en tres frentes: i) paternidad: un nuevo comienzo a la edad de ochenta y cuatro años; ii) la mezcla desordenada y explosiva que James Atlas me prepara en forma de biografía; iii) el griterío sobre [Ravelstein] para el que debo hacer acopio de energía. A veces Janis me dice que quizá deberíamos mudarnos a Uruguay. Tengo una remota conexión con la familia del dictador y saqué sobresaliente en mi curso de español en el instituto... ~

 

Traducción de Daniel Gascón



[1] Francés: El mal gusto lleva al crimen.

[2] Hebreo: alma.