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Rubén Gámez: ideas hacia un cine mexicano

Apenas un puñado de cinéfilos han tenido acceso a la obra de Gámez. No obstante, su interés por abordar la realidad nacional desde un lenguaje cinematográfico mexicano ha reavivado el interés general por él. 

Rubén Gámez es un nombre poco citado en la historia del cine en México. Apenas un puñado de cinéfilos, realizadores y críticos han tenido acceso a su obra que, durante décadas, permaneció archivada primero por censura y después por cuestiones de herencia e incertidumbre sobre el posible destino de sus negativos. No obstante, su estilo incomparable y su interés por abordar la realidad nacional desde un lenguaje cinematográfico propiamente mexicano han reavivado el interés general por el cineasta y fotógrafo. Lo anterior se ve en proyecciones, muestras y ediciones dedicadas a su trabajo. Aquí revivimos el fantasma de Gámez y sus ideas en torno a una posible estética cinematográfica de lo mexicano.

 

I. Rubén Gámez y el Concurso de Cine Experimental

En 1964, dos años después de terminar su cortometraje Los magueyes (un montaje de planos sucesivos de agaves, sin voz ni texto y con música de Shostakovich), Rubén Gámez buscaba recursos para realizar su segunda película: La fórmula secreta, titulada originalmente Kokakola en la sangre. Gámez se acercó a Gabriel Alatriste, quien produjo Los magueyes, aunque el productor de la cinta terminó siendo Salvador López.

Gámez tenía como meta participar en el Primer Concurso de Cine Experimental, organizado por la Sección de Técnicos y Manuales del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana. La convocatoria se publicó en diciembre de 1964 y el certamen se llevó a cabo en julio de 1965 con participación de realizadores como Alberto Isaac, Juan Ibañez, Juan José Gurrola y jurados como Efraín Huerta y Jorge Ayala Blanco. La fórmula secreta arrasó con el primer premio, mejor dirección, mejor edición y mejor adaptación musical.

El Concurso recibió atención del público, cobertura mediática e inclusive cierto reconocimiento político. Una vez terminado el encuentro, la entonces cabeza de la Secretaría de Gobernación y futuro presidente de México, Luis Echeverría, prometió públicamente apoyar al “nuevo cine”. No debería extrañarnos, conociendo la historia política de este país, que a los pocos años se censurara La fórmula secreta, al extremo de que López y Gámez amenazaron con quemar el negativo tras la censura en Sudamérica, según declara El Heraldo de México en su edición del 8 de marzo de 1967.

Esta fase sombría por la que pasaba el cine nacional la manifestó en su momento un joven escritor español exiliado en México, quien hasta nuestros días recorre la capital mexicana, con bastón y sin Buñuel, pero siempre con humor sagaz y humanidad desbordante: Don José de la Colina. En su comentario sobre el Concurso, publicado en la Revista de la Universidad de México un mes después del certamen, escribió lo siguiente:

“(...) una de las pruebas del subdesarrollo en que se halla el cine mexicano sea su falta, no digamos ya de creadores, sino por lo menos de tendencias definidas. (…) Quizá este fenómeno se deba a que en realidad, desde la segunda posguerra, el cine mexicano no ha tenido técnica, intelectual y formalmente desarrollo alguno, se ha quedado fijo en una situación estática que ha ido deteriorándose y ha asfixiado todo intento aislado por superarla.”

El Concurso provocó cierto entusiasmo, desmedido quizá. Se creía que el cine mexicano vivía un periodo de renacimiento. Poco tiempo después, Monsiváis, en la revista Siempre!, expresó lo siguiente al respecto:

“En 1965 el cadáver pretendió desplazarse, el cine mexicano quiso redimirse. (…) El Concurso nos reveló un fenómeno insólito entre nosotros: un cine vivo, comprometido orgánicamente con la realidad, cuyo primer paso no es hacer un gran arte sino dejar de hacer el ridículo.”

En 2001, un año antes de morir, Rubén Gámez escribió, a modo de sentencia y tal vez provocación, las primeras palabras de su artículo para la edición especial de cine mexicano de la revista Artes de México:

“No creo que ningún elemento del cine mexicano pueda servir para formular una estética. Hay que rehacerlo todo, hay que renovar por completo el cine nacional.”

 

II. Estética cinematográfica de lo mexicano

La de Rubén Gámez es una búsqueda por una cinematografía verdaderamente mexicana. Sin otro compromiso que un conjunto de impresiones cinematográficas sobre un país turbulento. En entrevista con Emilio García Riera para el suplemento cultural de Siempre!, el mismo año del Concurso, Gámez aseguró:

“Mi pretensión es crear realmente un cine mexicano, el mexicano de Rulfo. Creo que el cine mexicano debe tener una experiencia propia como la tiene su pintura (…) ¿Cuáles son las barreras para hacer buen cine? No existen esas barreras, son mentiras, considero que el que realmente quiere hacer buen cine lo puede hacer.”

Y fue en esa búsqueda que Gámez se acercó al mismo Rulfo para conseguir su colaboración en Kokakola en la sangre, según relató a Alejandro Pelayo en 1984 para un capítulo dedicado al Concurso para la serie televisiva Los que hicieron nuestro cine:

“No lo conocía. Traté de entrevistarme con él y lo logré, lo convencí para que viera la película a la cual le tendría que poner texto; afortunadamente accedió y me entregó el poema tres días después. Teníamos tres mil pesos para pagarle. Me daba pena pero le dije: “Oiga, maestro, pues nada más tenemos tres mil para pagar su texto, eso es todo lo que tenemos”. Él no lo quería aceptar, me dijo: “Yo no voy a cobrar por esto”. Una noche, Rulfo y yo estábamos en Insurgentes, él se volteó y yo le metí los tres mil pesos en la bolsa trasera del pantalón.”

Entre las líneas que componen el poema de La fórmula secreta escrito por Juan Rulfo para Gámez, que terminó nombrando la película, aquí rescato sólo el principio como invitación al lector:

“Ustedes dirán que es pura necedad la mía, / que es un desatino lamentarse de la suerte, / y cuantimás de esta tierra pasmada / donde nos olvidó el destino. / La verdad es que cuesta trabajo / aclimatarse al hambre. / Y aunque digan que el hambre repartida entre muchos / toca a menos, / lo único cierto es que aquí todos / estamos a medio morir / y no tenemos ni siquiera / dónde caernos muertos.”

Las palabras, leídas por Sabines en la película reflejan una voz íntima, como si Rulfo simpatizara con la esencia de la búsqueda de Gámez —una búsqueda personal por la expresividad mexicana—. Según sus propias palabras y charlas que hace un par de años mantuve con su hija, Susana Gámez, en el contexto de la exposición de Surrealismo en el Munal, Gámez encontraba satisfacción en la búsqueda estética y él nunca estuvo dispuesto a sacrificar su visión hacia una cinematografía auténticamente mexicana. Era una búsqueda que lo definía como hombre:

“El cine que hago no le interesa a nadie, porque trabajo esencialmente con imágenes gráficas, literarias, llenas de metáforas y paradojas. (…) Voy a citar a Rulfo porque lo que le pasó a él me pasó a mí también: en una ocasión le preguntaron por qué escribió sus cuentos y su novela, y él contestó: “Yo tenía ganas de leer este tipo de literatura, pero como no la encontré por ninguna parte me puse a escribirla”. La comparación es válida, toda proporción guardada claro; yo no encuentro el cine que quiero ver, entonces lo quiero hacer.”

Comía de su trabajo como fotógrafo de publicidad, incluso desde antes de producir su primer cortometraje (que estrenó a los 34 años). Según Susana Gámez, su padre planeaba la obra, hablaba de ella mientras hacía comerciales. Después de un tiempo y conseguir apoyos, invertía su tiempo libre y sus ahorros en los proyectos que siguieron a La fórmula secreta.

Primero los cortometrajes Los murmullos y Valle de México, ambos en 1976. Tuvo que esperar hasta 1991 para estrenar su obra culminante, su primer y único largometraje: Tequila.

“Se llama Tequila porque es más como decir México. (...) Si hay una película mexicana es mi película, porque en ella está la expresividad del pueblo mexicano.”

La crítica no recibió bien Tequila. Voces extranjeras la catalogaban como vanguardia de los 60 que había llegado veinticinco años tarde a la fiesta.

Recientemente, desvanecida la censura y el olvido que tejieron un velo sobre la obra de Gámez, sus películas e historia de vida han encontrado salida tanto en proyecciones especiales, exposiciones, festivales y a través de ediciones dedicadas al realizador. A finales del 2014 se presentó un libro dedicado a él. Un compendio de material documental y gráfico sin precedentes sobre el realizador,  coordinado por editorial Alias con apoyo del Imcine, Conaculta, la Filmoteca de la UNAM y el FICUNAM.

Esta recuperación del trabajo de Gámez coincide con lo que parece un renacer de la industria del cine en México. Lo anterior se percibe tanto en la consolidación de festivales, plataformas de producción y públicos, como en el surgimiento de nuevos métodos de producción y diseño de flujos de trabajo acordes con la realidad nacional. Pareciera que es el momento idóneo para la mencionada recuperación de Gámez. Su obra, en el horizonte terrorífico del México contemporáneo, es sólo una luz entre tantas otras fuentes históricas a partir de las cuales reimaginar el país; antorchas en nuestra marcha hacia la restauración del valor de la vida en México, cuya belleza, así como el horror, nos arrebatan las palabras.

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* Todas las fuentes citadas en este artículo pueden encontrarse en el libro La fórmula secreta. Rubén Gámez. Ver en la página de la editorial: http://aliaseditorial.com/colecciones/la-formula-secreta/