artículo no publicado

Marca personal a Mad Men: For Immediate Release

La ambición de Draper no se limita a lo que la agencia pueda proporcionarle. No hay institucionalidad en él. Es un monstruo voraz que se alimenta solo.

Seguimos con Mad Men. Recordamos que estos textos están pensados para ser leídos después de haber visto los episodios señalados, no antes.

Episodio 06 “For Immediate Release”

1 Los hombres de Mad Men no tienen madre. Literalmente. En concordancia, este episodio del día de la madre no lidia con figuras matriarcales, por lo menos no de manera directa, sino con padres e hijos; aborda los lazos paternos que se construyen a partir de la amistad y el trato cotidiano. Las vinculaciones y desencuentros suceden en batería. Tras los enconos pequeños que parecían ser norma en su relación, un Sterling huérfano –pero lúdico y audaz– le regala a Don, su hijo ingrato y depresivo, la posibilidad de salir del marasmo con un desafío a la altura de sus capacidades creativas: competir por la cuenta de Chevrolet. No importa que sea mayo: es navidad y papá ha cumplido con los regalos. La sonrisa infantil de Draper cuando revisa las características del automóvil lo dice todo. 

A Sterling le gustaba disfrazarse de Santa Claus en épocas menos turbulentas, antes de que un ejecutivo de Lucky Strike lo obligara a ponerse el traje para humillarlo frente a su oficina en “Christmas Comes But Once a Year” (T04E02). La imagen, como sea, no era un capricho: Roger brilla cuando se asume como benefactor. No hay sentimientos involucrados en la ecuación: es una cuestión de control y confianza que lo afianza frente al mundo.

—Taking your kid to look at colleges?

—No, taking him to pick out a car.

El reencuentro durará poco. La ambición de Draper no se limita a lo que la agencia pueda proporcionarle. No hay institucionalidad en él. Es un monstruo voraz que se alimenta solo. Esta independencia lo hace atractivo, pero también lo torna, como bien le espeta Joan en el mismo episodio, en una persona poco respetable. La inevitable pérdida de identidad de Sterling, Cooper, Draper y Pryce (SCDP) a causa de la fusión con Cutler, Gleason y Chough (CGC) es una extensión de la personalidad difusa de Draper. “¿Quién soy yo?, ¿quiénes somos ‘nosotros’?”. Ambas preguntas irrelevantes para un hombre que “crea sus propias oportunidades”. Don no está inmerso en una búsqueda existencial, sino en un proceso de cambio de identidades que precisamente le permita olvidar que existe. Ése es el sueño americano, el futuro: despojarse de la historia e ir hacia un lugar en el que “todavía nadie ha pensado”. Draper se sabe viejo y en el infierno. El cambio de piel, crear una nueva oportunidad de reinvención, es más complicado que antes. Por eso, al ver la coyuntura de la fusión, la aprovecha de inmediato.

“Hey, lieutenant, want to get into some trouble?”, le pregunta a Ted antes de lanzarle el pitch de la fusión. La secuencia en la barra no sólo es un espejo de la viñeta del bar hawaiano en el episodio inicial de la temporada, sino que remite directamente a la génesis de la persona que hoy conocemos como Don Draper. Recordemos, ¿cuándo fue la última vez que Don se metió en problemas con un miembro del ejército? Casi dos décadas atrás, cuando Richard Whitman usurpó la personalidad del teniente Donald F. Draper minutos después de verlo volar en pedazos en Corea. Imposibilitado para cambiar su personalidad, pero urgido de futuro, de olvidar que existe, Don decide transformar la identidad corporativa de su agencia.

2 En un vano intento por controlar el principal activo de la agencia, Pete ha intentado ser el papá severo de Don a lo largo de la primera mitad de esta temporada. Weiner es un maestro cuando se trata de destilar en un acto chusco el patetismo de un personaje. En “For Immediate Release”, la dinámica regañona de Pete alcanza un clímax cómico cuando cae por las escaleras en otro intento infructuoso por dominar a Don. Es difícil simpatizar con Campbell, aunque, las más de las veces, está en lo cierto, no sólo respecto a Don, sino en el rumbo general de cómo debe llevarse la compañía. Como paternalmente le señala Bert, el pensamiento estratégico de Pete ha sido fundamental en elevar el valor de SCDP (¡a 11 dólares la acción!). Es uno de los escasos momentos de reconocimiento que Campbell ha recibido de parte de sus colegas. No que sepa apreciarlo: la última persona que intentó darle a Pete el crédito que merece en la compañía fue Lane Pryce, a quien no dudo en traicionar simplemente para elevar su ego. 

A diferencia del resto de los personajes de Mad Men, Pete no busca una figura paterna. Campbell proviene de una familia de abolengo venida a menos que condenó su incursión en el mundo publicitario. Odiaba a sus padres. Tampoco disfruta el papel de jefe de familia. La hija fue una concesión para Trudy. Pete sólo quiere saberse poseedor del estatus que cree merecer. Nada más. ¿Eso lo hace más reprobable que el resto de los hombres del programa? Difícilmente. Basta con mirar la reacción hipócrita de sus suegro al ser descubierto en el burdel para aceptar que el problema de Pete frente a los demás radica en su imagen, y no tanto en sus actos.

3 Uno de los puntos más altos de la quinta temporada fue cómo la serie subvirtió la fascinación del espectador promedio por Christina Hendricks como símbolo sexual que vende bebidas alcohólicas (Johnnie Walker), tarjetas de crédito (Visa) y helados (Baskin Robbins), muchas veces durante el mismo tiempo comercial en el que transmite el programa. Al prostituir a Joan en “The Other Woman” (T05E11), Weiner establecía un diálogo incómodo con el espectador al dinamitar su entendimiento del personaje, así como la percepción que tiene de la actriz que lo encarna. La intertextualidad era agresiva: ¿qué tan diferentes somos del ejecutivo repulsivo de Jaguar que negocia una noche con ella? Ese juego entre presente-realidad /pasado-ficción era fascinante. En “For Immediate Release”, Mad Men utiliza de nueva cuenta a Joan para apuntar que estamos viendo una obra sobre los vicios del presente, y no un ejercicio nostálgico. El reclamo a Don por renunciar a Jaguar desempeña una doble función: uno, es la voz de una mujer cuyo trabajo y sacrificio han sido minimizados por el machismo de sus colegas; dos, crea un paréntesis en que la misma narrativa reflexiona en torno a la escala de valores de la audiencia. Hasta ese momento, aplaudíamos el hecho que por fin Draper asumiera su independencia cool y se deshiciera de la cuenta. Después de todo, ¿quién quiere ver al súper creativo sometido por la burocracia corrompida representada por Jaguar? Sólo hasta que vemos a Joan reparamos que, en comparación a lo que ella puso en la mesa, la actitud de Don no pasa de ser un berrinche infantil.

Joan subraya que en el mundo egoísta de Mad Men no existe el “nosotros”. La pertinencia del comentario es intachable: esa obsesión con el “yo” es una ventana directa a 2013, a lo que somos ahora, y no al espíritu colectivo de 1968. Nota al margen: la explosión descarnada de Joan ha sido hasta ahora el mejor momento actoral en la carrera de Hendricks.

4 El rumbo ascendente de Peggy enfrenta un retroceso severo con la fusión de SCDP y CGC. Todo el episodio parece burlarse de ella. Desde la yuxtaposición de su novio por Ted en la fantasía húmeda del departamento, manejada con un marcado gusto por el absurdo, hasta la confusión psicosexual del final, donde la sombra paterna de Don bloquea lo que prometía ser un romance memorable. Si bien el sabotaje de la relación entre Peggy y Ted es manejado con inteligencia e hilaridad, no deja de ser frustrante contemplar cómo las mujeres talentosas de Mad Men no pueden escapar de la locura de sus contrapartes masculinas. Quizá por eso se establece un doble estándar frente a los pecadillos de Peggy. ¿Por qué no le recriminamos el potencial affaire con su jefe, como sí lo hicimos con Megan, o incluso con los deslices de Betty? Paradoja: a estas alturas, la única mujer en Mad Men que parece contar con los recursos suficientes para la emancipación es Megan, la otrora esposa trofeo de Draper. Esa confrontación parece inevitable.

5. El running gag de la lambisconería sin límites de Bob Benson crece en delirio y surrealismo. El David Lynch de Twin Peaks estaría orgulloso del personaje.