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Mad Max: el blockbuster inteligente

Fury Road está llena de conceptos que dan la impresión de haber sido minuciosamente trabajados, y eso no es poca cosa: la imaginación de George Miller, su director, es muy vasta.

En El cine clásico de Hollywood, David Bordwell enumera algunas de las convenciones que presentan las películas hollywoodenses al narrar historias y mostrar información: está el romance heterosexual («la típica motivación para la trama principal»), narración en tres o cuatro actos, montaje en continuidad, «música cinematográfica», encuadre centrado, fundidos, entre algunas varias otras. No hay que escarbar mucho en el cine contemporáneo para notar que estas características continúan casi incólumes, y los blockbusters (junto con las comedias románticas) son el área donde aparecen con mayor fuerza. A fin de cuentas, el cine hollywoodense es el arte del perfeccionamiento de una fórmula: los cineastas ensayan y reproducen modelos existentes, introduciendo en ellos (o no) sus voces personales o innovaciones propias.

Mad Max: Fury Road es una película muy hollywoodense en todos los niveles. No solo porque sigue al pie de la letra varias de las convenciones narrativas arriba enunciadas, sino también por otras, económicas y de trasfondo: la distribuye Warner Bros. Pictures, contó con un presupuesto de 150 millones de dólares, fue dirigida por George Miller, un cineasta con décadas en la industria, estrenó en el verano cinematográfico buscando el éxito económico. Y en este contexto de blockbuster hollywoodense, Mad Max: Fury Road es una película extraordinaria.

Son varias las razones para definirla de esta forma. Es una película prácticamente sin exposición: no pierde mucho tiempo en explicarse a sí misma. Esto, en parte, se debe a que es la cuarta cinta en una franquicia (precedida por Mad Max, Road Warrior y Beyond Thunderdome), pero incluso en circunstancias similares los blockbusters se explican de forma reiterativa: pensemos en el prólogo de Iron Man 3, donde el protagonista de tres películas —Iron Man 1 y 2 y The Avengers— requiere, una vez más, presentarse ante la audiencia. Fury Road no evade del todo la presentación, justo al inicio de la cinta, pero lo hace con un lenguaje lírico, no literal, en el que se abunda más en la locura de Max Rockatansky que en lo narrado en las cintas previas. Esto le otorga cierto aire de reinicio ycontinuidad simultáneos: es un nuevo Max pero es el anterior; es una versión de Max que representa a las anteriores sin encarnarlas de manera explícita. El Mad Max de Tom Hardy tiene algo de iteración (en su acepción inglesa).

La acción en Fury Road es continua. Al hablar de The Avengers: Age of Ultron, mencioné que es común en el cine de acción encontrar una estructura en la que se siguen las relaciones entre personajes (conversaciones, interacciones, montajes de hechos que ocurren a lo largo de días) y que estas relaciones inevitablemente empujan a la siguiente secuencia de acción. Esto es normal pero no es obligatorio: existen algunas pocas —poquísimas— películas de acción que no lo hacen así o que no siguen el modelo a pie juntillas: la notable Premium Rush es de las más recientes. Fury Road es también una excepción: establece algunas circunstancias iniciales —que resultan parte de la acción, no mera exposición o metraje de relleno— y echa a andar así el motor de la película, un motor revolucionado que no se detendrá más que en algunos pocos instantes. El resultado es una película prácticamente ininterrumpida: un incesante flujo de adrenalina.

Con todo y estas virtudes, lo que de verdad separa a Fury Road de sus compañeras generacionales es su inusual visión de género. La película lleva por título el nombre del personaje de Tom Hardy, Max, pero ese protagonista no está solo: Imperator Furiosa —cuyo nombre resuena en el título y en el concepto de la cinta—, funciona como un soplo de aire fresco no solo para la franquicia de Mad Max, sino para el cine hollywoodense contemporáneo. Lo femenino (casi casi lo feminista, aunque Anita Sarkeesian expresó ya desacuerdo con la idea) es no un elemento sino el eje de su anécdota. Alejándose de la convención de romance heterosexual como motivación de la trama principal, Fury Road arranca cuando una mujer, Imperator Furiosa —Charlize Theron en un personaje memorable— emprende una huida para liberar a un grupo de esclavas sexuales. La única función de esas mujeres en su cautiverio es el de concebir: no en vano se les conoce como parideras. Fury Road la emprende contra un machismo y una misoginia acendrados y normalizados tanto en la sociedad como en el blockbuster hollywoodense: comparemos esto con la escena de Age of Ultron en la que Black Widow se autodenomina «monstruo» por no poder tener hijos y midamos, desde allí, la distancia que separa a ambas películas.

Fury Road no es perfecta, cabe la aclaración —y cabe porque es el único estreno al que The Dissolve le otorga cinco estrellas, y porque es la película reciente con mayor puntuación en Metacritic actualmente, con 89 puntos—. Hay en ella al menos un par de momentos donde la edición se torna confusa de tan acelerada; el vértigo con el que la cinta corre parece contagiar incluso a su editora, Margaret Sixel. La secuencia se descompone e, incluso, se presta a la confusión —aunque esto bien puede ser cosa mía: la primera vez que la vi me confundí en cierto momento en el que Imperator Furiosa resulta herida; la segunda, aunque estaba ya consciente de la secuencia, no dejé de percibir el caos. Otro reparo es que Fury Road está acaso demasiado plegada al ya conocido filtro naranja con azul (verdoso) del cine hollywoodense de hoy. El defecto podría pasarse por alto porque permite la existencia de hermosos encuadres, como el de la bíblica tormenta de arena —con ese aterrador sonido del viento soplando furioso— o el páramo habitado por hombres-cuervo. (Alguien incluso ha emparentado este uso de color con Murnau.) Estamos acostumbrados a que los blockbusters contemporáneos sean más bien feos, quizá porque damos por sentado que la belleza es accesoria o prescindible en estas películas. Pero los mejores blockbusters de ayer y hoy también saben crear belleza en medio del torbellino: Mad Max: Fury Road pertenece a esa honorable escuela.

Lo dicho: una película extraordinaria.

 

Porcierto: Es difícil establecer de forma objetiva la complejidad de Fury Road, pero aquí va un intento. Notemos cuántas historias posibles contiene una película: aquellas historias que entrecruzan la historia principal y que la dejan o no se les ve más, y cuyo destino u origen nos intriga o despierta interés. Las historias y los personajes que cruzan como ríos en Fury Road son incontables: desde la existencia misma de Immortan Joe —interpretado por Hugh Keays-Byrne, quien también encarnó a Toecutter, el villano de la primera Mad Max, situada antes del apocalipsis— y la de Imperator Furiosa hasta la serie de personajes secundarios: Nux (un brillante Nicholas Hoult), Splendid (Rosie Huntington-Whiteley en su mejor papel a la fecha), el clan de mujeres en motocicletas que habitan el desierto o el mismo War Rig, camión emparentado con otros de la ciencia ficción, como el Dead Reckoning de Land of the Dead. Fury Road está llena de conceptos que dan la impresión de haber sido minuciosamente trabajados, y eso no es poca cosa: la imaginación de sus creadores es vastísima.