artículo no publicado

¿Avance o retroceso?

Las próximas elecciones de Estados Unidos ponen en juego mucho más que al titular del despacho oval de la Casa Blanca: se enfrentan dos maneras de entender el mundo y de habitarlo. Las repercusiones del regreso de los republicanos al poder podrían ser terribles, alerta Rosenberg en este ensayo.

El presidente Barack Obama ha intentado enmarcar la elección de un modo sencillo para los estadounidenses: él hará que el país se mueva hacia adelante; Mitt Romney lo moverá hacia atrás. Una construcción simple, pero que estimo poderosa para entender la verdadera naturaleza de las elecciones en Estados Unidos en este 2012.

Como es bien sabido, el mundo y nuestro hemisferio atraviesan por un cambio profundo. El brillante Fareed Zakaria lo describió como una era que atestigua el “ascenso del resto”: estamos siendo testigos de cambios significativos tanto en el capitalismo de mercado como en la democracia en casi cualquier parte del mundo. Se está formando una clase media global sin precedentes; los flujos de comercio se expanden; internet y los teléfonos móviles conectan a la humanidad como nunca antes; el surgimiento de una “masa de jóvenes” en muchas naciones en vías de desarrollo es motivo de gran promesa y al mismo tiempo de gran peligro; los opositores ideológicos de la versión post Segunda Guerra Mundial de las naciones-Estado cada vez se debilitan más, y día a día sentimos cómo crece la velocidad de estas transformaciones en la vida cotidiana.

La premisa de este ensayo es que la mejor manera de entender la política estadounidense en 2012 es examinar las reacciones de los partidos políticos, los movimientos ideológicos y los líderes electos a los enormes cambios –demográficos, económicos, geopolíticos– que suceden en el mundo actual.

Los demócratas han hablado de “construir un puente hacia el siglo XXI”, de mover a Estados Unidos “hacia adelante” y “pivotar hacia Asia”. El presidente Obama, como lo hizo antes el presidente Clinton, ha puesto al frente de su agenda política la construcción de una respuesta adecuada a la globalización y a la economía cambiante. La administración actual ha intentado liberar la política exterior estadounidense de un fallido periodo neoconservador y ha puesto en marcha el proceso de comercio mundial más ambicioso de la última generación; ha reorientado la política exterior relativa a Asia; ha intentado inaugurar, lentamente, una nueva era con Cuba; ha visto cómo las relaciones políticas y comerciales con México se vuelven más profundas que nunca; y, al hacer suyas las aspiraciones de la gente común en el norte de África y el Medio Oriente, así como a través de su agenda de libertad en internet en otras partes del mundo, ha vuelto a identificar, a trompicones quizá, a los Estados Unidos con su tradición internacionalista liberal, que en el pasado hizo mucho bien a tantos.

Los demócratas también están en proceso de construir una coalición política compuesta por los integrantes de estos nuevos Estados Unidos. En 2008, el presidente Obama obtuvo dos terceras partes tanto del voto joven, conocido como Millennial, y del voto hispano. Estos márgenes le permitieron ganar el 53% del voto nacional, el mejor resultado para un demócrata en una elección presidencial desde 1964. La coalición demócrata es joven, diversa, creciente y geográficamente amplia. El 2008 halló en Barack Obama –joven, moderno, afroamericano, usuario de BlackBerry, viajero, que se describía a sí mismo como una mezcla de razas–, no solo al primer presidente de raza negra, sino al primer presidente de un Estados Unidos del siglo XXI encaminado a tener una mayoría demográfica no blanca para el 2040.

La respuesta republicana y conservadora a estos grandes cambios en la vida estadounidense ha sido completamente distinta. A modo de explicación conviene hacer un poco de historia.

El crecimiento del conservadurismo estadounidense se puso en marcha en respuesta al éxito de la era de los derechos civiles en los sesenta y al triunfo de la integración sobre la segregación. Los republicanos, que habían estado fuera del poder desde la década de los treinta, apelaron directamente a los blancos que se sentían inseguros o incómodos con la integración como parte esencial de sus políticas emergentes. Su estrategia política fue conocida como la “Estrategia Sureña”, que buscaba, y lo logró, integrar a sus filas a los miembros racialmente menos tolerantes de entre los demócratas. Su estrategia económica –menos impuestos, menos gobierno y acusar a los demócratas de “gravar y gastar”– era su manera de decir que los demócratas se llevaban “tu” dinero y se lo daban a “ellos”, una clase indigna que daba la casualidad de que estaba compuesta por afroamericanos. Su política exterior –un intenso anticomunismo– también era fundamentalmente una manera de explotar el miedo –apropiado o no– que provocaban las amenazas extranjeras.

Guiados por Ronald Reagan y Newt Gingrich, los republicanos usaron esta nueva fórmula para romper el dominio del liberalismo demócrata en el país, ganaron la presidencia en 1980 y terminaron en 1994 con sesenta años de control demócrata en el Congreso. El conservadurismo fue un esfuerzo político muy efectivo durante la segunda mitad del siglo XX. Sacó a los demócratas, ayudó a terminar con el comunismo (aunque los demócratas también hicieron su parte) y en temas nacionales proveyó un correctivo necesario al progresismo estadounidense, que quizá había perdido el rumbo después de tantas décadas en el poder.

Pero el contexto que creó las condiciones para este ascenso conservador fue arrastrado por los acontecimientos históricos. Grandes oleadas migratorias incrementaron enormemente la proporción de minorías en el electorado estadounidense, y esto hizo que la oferta nacional del Grand Old Party [o GOP, como también se llama al Partido Republicano], infundida por la explotación del miedo racial, resultara mucho menos atractiva. El fin del comunismo, la agresiva defensa que hizo la administración Clinton de la liberalización de la economía global y el boom de los ordenadores personales e internet desataron nuevas fuerzas que han llevado al crecimiento de la competencia global, al “ascenso del resto” y a una dinámica geopolítica y económica muy distinta a escala global.

Mientras el mundo cambiaba y una serie de líderes mucho menos ágiles tomaba las riendas del poder, el Partido Republicano y su Coalición Reagan han luchado por comprender las nuevas realidades y por adaptarse. El presidente Bush simplemente no entendió la amenaza emergente del terrorismo sin Estado y dejó a Estados Unidos mal preparado para el 11 de septiembre. Sus políticas económicas –recortes enormes a los impuestos de los ciudadanos más ricos y “desregulaciones”– llevaron al colapso inmobiliario, el crecimiento de la desigualdad, la lenta creación de empleos, los bajos sueldos, el colapso financiero y la gran recesión. Y el desarrollo del concepto de “prevención” en política extranjera parece, en retrospectiva, particularmente reaccionario: un grito enfurecido contra el ascenso del resto en las postrimerías de la supremacía estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Dado que en inmigración e integración George W. Bush fue mucho más moderno que su partido, para 2005 su enfoque hacia la migración y las cambiantes dinámicas raciales había sido rechazado por los republicanos dominantes. En el otoño de 2005, a pesar de la oposición del presidente, los republicanos en el Congreso aprobaron una ley que autorizaba el arresto, deportación y criminalización de once millones de migrantes indocumentados en Estados Unidos. Como muchos dijeron en ese momento, era una invitación para que todos estos recién llegados no blancos “se fueran a casa”, y claro, fue una de las leyes más vergonzosas jamás aprobadas en la historia del Congreso de los Estados Unidos.

Lo que no sabíamos en 2009, después de la salida del presidente Bush, fue lo terribles que serían los resultados de su presidencia debido a sus fracasos o a la serie de fracasos mayores en el Partido Republicano moderno. El ascenso del Tea Party en 2010 y la incorporación de Paul Ryan, un líder intelectual de una nueva derecha todavía más reaccionaria, a la campaña de Romney dejaron claro que la resistencia y el miedo a la modernidad están en el corazón del Partido Republicano actual. Lo que anima y une a la derecha en 2012 es la búsqueda de un gobierno más pequeño y menos impuestos, un perspectiva que no es distinta de los argumentos de “gravar y gastar” de décadas pasadas. El dúo Romney-Ryan ha pedido la eliminación de todos los impuestos a ingresos por inversiones, menos impuestos para los estadounidenses ricos y cortes severos a todos los programas que benefician a la clase media o a quienes aspiran a llegar a ella. La única parte del gobierno que recibiría un aumento en sus fondos sería el Departamento de Defensa, aun cuando Estados Unidos gasta en defensa más que todas las naciones del mundo combinadas.

A pesar de la amenaza muy real del cambio climático, el plan energético de Romney establece el desarrollo de combustibles fósiles sucios por encima de formas más limpias de energía. Romney, sorprendentemente, llevó a su partido todavía más a la derecha en temas raciales, al hacer suya la estrategia xenófoba de la “autodeportación”, una postura que no había sido adoptada nunca por ningún líder republicano importante. Y en política exterior, el único tema en el que se ha involucrado es Irán, al proponer exactamente lo que Estados Unidos hizo con tan poco éxito en Afganistán e Iraq –una invasión unilateral, en este caso con Israel, sin ninguna articulación de lo que podría suceder después de otra acción militar estadounidense en esta región.

Lo que me parece que es desconcertante, y no solo decepcionante, sin embargo, es el ascenso en el pensamiento dominante de estrategias antidemocráticas por parte de la derecha. Muchos estados con legislaturas republicanas han aprobado nuevas leyes que dificultan que la gente vote, algo que afectará mucho más al electorado joven y más diverso y que se inclina en favor de los demócratas. Las nuevas leyes sobre las campañas propuestas por los republicanos ahora permiten usar una cantidad ilimitada de contribuciones no reportadas, y con esto hacen que la voz de unos cuantos privilegiados sea tan poderosa como las voces de millones de estadounidenses comunes y corrientes. El pleito por el techo de endeudamiento del verano pasado fue una táctica para evitar el proceso legislativo normal para conformar un presupuesto, y resultó ser una forma elevada de chantaje político.

En la reciente convención republicana en Tampa, las expresiones globalización, poderes crecientes, ascenso del resto no fueron mencionadas. La audiencia en el auditorio era casi totalmente blanca. Esta fue la segunda convención del GOP invadida de nostalgia por un Estados Unidos ya pasado (y probablemente inexistente, para empezar). Y esta convención, como muchos reportaron, estuvo llena de críticas duras, desproporcionadas –muchas de ellas imprecisas o falsas– al actual presidente, pero sin ofrecer soluciones a muchos de los problemas que enfrentan el país y el mundo.

En este ciclo electoral, la enfurecida guerra de los republicanos en contra de la modernidad ha escalado y parece haberse institucionalizado. Parece que entre más se aleja el mundo de la simplicidad del momento Reagan, más enfadada y desafiante –y, obviamente, equivocada– se vuelve la oferta republicana. Es entendible quizá, pero es sobre todo trágico. Porque en este momento los vastos cambios que se suceden como cascada están inaugurando un mundo de mayor potencial y posibilidades que en ningún otro momento en la historia humana. Hay más personas vivas hoy con las circunstancias vitales y los niveles educativos suficientes para añadir valor a la condición humana –en arte, medicina, ciencia, deporte, comercio, ONG y gobierno– que nunca antes.

Para los líderes llamados de centroizquierda –los descendientes de Roosevelt, Kennedy, Clinton y ahora Obama– este momento es de gran oportunidad política y sin duda de responsabilidad histórica. En un momento de grandes cambios es difícil ser conservador –porque las cosas que uno intenta asir, como le sucede al partido de Romney, están siendo arrastradas por el veloz curso de la historia–. Es un momento para que aquellos que creen en el progreso, el opuesto del impulso conservador, se afiancen en el escenario global. Proveer el tipo de prosperidad y paz y el sentido de posibilidad que el mundo y nuestras sociedades ofrecen hoy es nuestra gran oportunidad, una oportunidad que promete más que nunca para la humanidad. Pero solo podrá ser alcanzado si nos mantenemos afianzados en las nuevas realidades de este nuevo siglo y exhibimos la valentía requerida para construir una nueva política para un nuevo tiempo y para las nuevas aspiraciones de gente ávida de una vida mejor.

Así que, en un sentido muy real, la elección en Estados Unidos en 2012 se trata de “ir hacia adelante” e “ir hacia atrás”. Y así como el presidente Obama atinó con esta manera de enmarcarlo, está más cerca de atinar con su políticas a los cambios en el mundo que la envejecida y reaccionaria derecha estadounidense. Por ello parece que él va encaminado hacia la reelección a pesar de los tiempos tan difíciles en el país y en el exterior. La gran pregunta de la política estadounidense es cuándo se modernizará el Partido Republicano, si es que lo hará, y cuándo se adaptará a las nuevas realidades del siglo XXI, si es que lo hará, y elegir así ir hacia adelante y no hacia atrás. Hacerlo será sin duda bueno para Estados Unidos y para el mundo. Pero el modo en que esto suceda y quién será el que lo lleve a este lugar mejor es todavía muy difícil de discernir desde Washington, D. C. en el otoño del 2012. ~

Traducción de Pablo Duarte

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