artículo no publicado

Archipiélago Colón

Mediodía en la Isla 35

disfrazadas de hiena,

de tapir con mochila.

Oliverio Girondo

1.

Son esas bestias niñas, vibrando bajo el sol de marzo. Voluptuoso es su atuendo de manchas cuando ocupan, acaso sentaditas, su lugar en las islas.

 

Esperan la carroña de las viejas hienas. Marchan en una troupe, recitan posmoderno, neo-neo-global: sin duda colonial.

 

2.

¿Aquí es Galápagos?, pregunto y todos me responden entre risas.

 

Saben tanto esas hienas de leche... pero simulan. Van entornando ojos y murmullos. Te ceden el asiento y por la noche gritan, gozan, arrumaquean sus babas y su bilis. Esperan.

 

3.

Allá van, nadando en su océano de estopa.

 

Viperinas las hienas, escupen una baba brillante y metafórica. (Metafórica, no. Que no es eso lo actual y las hienas, se sabe, van siempre ataviadas con el día.)

 

Sus ojillos brillantes, su lengua de mil trapos y el agrio olor dulzón del mingitorio, preside su llegada.

 

4.

Fuimos también, un día, las suaves, aterciopeladas hienas. ~

 

Es el estrés

 

–Rodolfo, ¿no le asusta el poder?

–Le diré lo que dijo Arsenio Lupin respecto al káiser Guillermo II: “La mano de un emperador no tiene más que cinco dedos”

Rodolfo Usigli,

en entrevista con Cristina Pacheco

Todo el cuerpo me duele. Y aquí, y allá y así, en la desbandada del músculo. Es el estrés, me dicen. Y yo reviso en cambio las ventanas, el filo que da a las calles, buscando aquella sal que ya conozco: el hilillo de sal que alguna mano debió regar de noche, mientras duermo.

 Cada quien tiene a bordo su tirano, pero el mal está ahí, con tantos variados sobrenombres y un solo nombre verdadero. ~