artículo no publicado

Cómo aislar al acosador: vergüenza y credibilidad

Acoso sexual en Hollywood, en Westminster, en el Senado americano, en algunos partidos políticos europeos... Salen en tromba las mujeres a denunciar haber sido acosadas en los últimos veinte o veinticinco años, y algunos se escandalizan, no de las prácticas depredadoras de tipos como el productor Harvey Weinstein, sino de la actitud de sus víctimas. El escritor y cantante español Mario Vaquerizo rompe su silencio en las redes. Harto de lo “políticamente correcto”, decide incurrir en lo políticamente abyecto: “Los acosos están muy mal, pero también está mal consentir el acoso.” Reparte culpas por igual y da un consejo a las víctimas: “No vengas veinticinco años después con eso.” O sea: te callas.

En los estertores de la hegemonía cultural del varón blanco, resulta muy útil que algunos digan lo que muchos piensan. Las denuncias masivas a lo largo del tiempo deberían llevar a cualquier mente no demasiado contaminada por el machismo a la conclusión de que se trata de una cuestión estructural, injertada en el corazón de la vida profesional. Si se hubieran dado un par de casos, podríamos atribuirlo al carácter del acosador, pero las denuncias en ristra nos obligan a estudiar las estructuras de poder no aparentes. Estudiar: eso es demasiado. Mejor tachar de “tontas” a las que lo sufrieron.

La verdad es justamente lo contrario. Durante décadas el coste de denunciar a un acosador recaía sobre la víctima: el famoso “algo habrá hecho”. La de actriz ha sido considerada durante siglos una profesión de putas, como muy bien ha denunciado la Liga de Mujeres Profesionales del Teatro en un reciente manifiesto. Denunciar haber sido víctima de acoso significaba no solo perder oportunidades profesionales, sino también convertirse en responsable parcial o total del delito: sospechosa de haberle provocado (si no te vistieras así), de desconocer las condiciones de ligereza ambiente de la farándula (si no hubieras elegido esa profesión); o avergonzada por haberlo consentido (¿le dijiste que parara?). En los peores casos, como el de Weinstein, también se han presentado amenazas y seguimientos a sus víctimas. Ahora ellas hablan a borbotones porque el coste de la denuncia recae sobre el autor del delito. Por fin. Nos ha costado llegar hasta aquí, pero hoy la mayor organización de productores de Hollywood ha vetado a Weinstein a perpetuidad. Hace veinte años no habría ocurrido.

Se trata de un avance enorme. El acoso sexual, pese a su nombre, no trata del sexo, sino del poder. No tiene nada que ver con profesiones de putas. La comandante Zaida Cantera fue víctima de acoso sexual en las Fuerzas Armadas españolas. Corrió ella sola con el coste de denunciar: sufrió acoso laboral por hacerlo y acabó teniendo que abandonar el Ejército, su vocación y medio de vida. Fue valiente y libró la única batalla para la que no había sido preparada. Sin embargo, no deberíamos exigir a las mujeres salir del metro cada mañana como heroínas prestas a enfrentarse a un jefe monstruoso. Deberíamos disolver la trama que tolera, minimiza, facilita o disculpa el acoso sexual y que se teje en los centros de trabajo y en la sociedad.

Dos factores convierten en especialmente odioso el acoso sexual como forma de abuso de poder: el silencio y la impunidad. Resulta conmovedor el “mea culpa” de gentes como Quentin Tarantino: “Supe suficiente como para hacer más de lo que hice.” Las víctimas de Weinstein eran con frecuencia citadas en un hotel por la noche, pero por el día su comportamiento en los estudios era visible. El acosador que impone el silencio no suele reprimirse a la vista de otros, animado por la impunidad. Más allá de la cuestión judicial, la tolerancia social se sostiene en mecanismos sutiles: la credibilidad extra que disfrutan los hombres, la concepción de las relaciones entre hombres y mujeres en términos de dominio, y atávicas asociaciones del sexo con la caza (ahí están los cinco jóvenes que violaron en grupo a una chica en San Fermín, autodenominados “la Manada”).

La tolerancia procede de un mecanismo de poder que explicó muy bien Maquiavelo: los príncipes pueden permitirse ciertos comportamientos que, aun pareciendo inmorales, les procurarán “seguridad y bienestar”. Constituye un doble privilegio: se accede a un bien escaso (mujeres), y no se es juzgado moralmente por ello. Los acosadores no solo obtienen de su comportamiento la experiencia sexual en sí, sino un enorme capital simbólico: la ratificación de su poder, la validación de la masculinidad que supone para un hombre disponer de muchas mujeres y el aumento de su prestigio entre los hombres. Cambiar estos incentivos culturales es lento, pero ya han empezado a desmoronarse. Urge sustituir la complicidad –incluso admiración– por mecanismos para avergonzar al acosador. Siendo la naturaleza humana gregaria como es, la vergüenza siempre ha sido un eficaz mecanismo de represión. Ahora debería cambiar de bando.

No quiero ni siquiera insinuar que todos los hombres con poder sean acosadores sino que, como hemos comprobado a lo largo de la historia, el poder irrestricto tiende al abuso. El secreto está, pues, en restringirlo, mediante mecanismos penales, laborales y sociales. Desde el punto de vista penal, facilitando la denuncia de la víctima, con discreción y rapidez. Las empresas por su parte deben evitar cualquier tipo de perjuicio en la carrera de una mujer que presenta una denuncia interna. Harían bien, asimismo, en incluir el acoso y la libertad de las mujeres en sus encuestas sobre bienestar profesional. Cuantificar la pérdida de talento que supone a las empresas un ambiente hostil para las mujeres también resultaría muy útil para calibrar los costes económicos que los depredadores cargan a la cuenta de resultados de sus empresas.

Como sociedad, por último, debemos estar dispuestos a dar credibilidad a las víctimas, en lugar de convertirlas en sospechosas. En un bar de Tijuana, una de las regiones más hostiles del mundo para las mujeres, las animan a dirigirse a los camareros y pedir el coctel “Medio mundo” si se sienten acosadas. Es una forma discreta de dar la voz de alarma, y hace saber a las mujeres que no van a ser juzgadas. Me pareció especialmente hermoso el nombre, porque la mitad de la humanidad no puede sentirse desprotegida si la otra mitad está dispuesta a creerla. ~