artículo no publicado

Por culpa de una nube: el olvido de Emmanuel Bove

Estaba pasando una temporada en casa de un amigo, después de una ruptura dolorosa, una mudanza fallida y una vuelta a Madrid que sentía como un fracaso. Mi amigo me escuchaba y ayudaba en mi depresión. Cuando se fue unos días al pueblo me quedé solo. No salí ni me cambié de ropa. Llevaba semanas sin poder leer y apenas trabajar, pero una noche entré en su habitación con la intención de coger algún libro de su estantería, uno que me diera tiempo a leer antes de que él volviera de viaje. Mis amigos (1924), de Emmanuel Bove (París, 1898-1945), era corto y sus frases también, una obsesión reciente mía. Lo leí de una sentada. Como no podía subrayarlo ni anotar, hice muchas fotos de fragmentos, que envié a mis amigos. Una frase absurda y bella la recuerdo sin necesidad de recurrir a las fotos: “Caían algunas gotas, nunca una encima de otra.” Bove habla de la autoestima, la autoconsciencia, la depresión, la amistad, la soledad. Sus personajes son neuróticos, paranoicos e hipersensibles. Su lectura transformó mi tristeza en melancolía, mi estado natural.

Victor Bâton (palo en francés) es un joven “alto, sentimental e indolente”, exsoldado de la Primera Guerra Mundial, que se despierta en una buhardilla en Montrouge, al sur de París. Le cuesta hacerse a la habitación, que observa con detalle, y se toca y observa la cara y el cuerpo como si también le costara reconocerse. Hay lágrimas secas en su cara, tiene los miembros entumecidos. Manchas de humedad en el techo, un charco de agua en el suelo, restos de leña en la estufa. Se viste y sale a la calle. No trabaja, vive de la pensión del ejército y pasea por el barrio. Pasea por el barrio y observa los puestos y sus tenderos, interpreta sus gestos, analiza al camarero en la barra, se toma un café solo, cuenta las monedas. Mira al cielo, a su entorno, no se pierde nada. El relato, de unas pocas páginas, termina con Bâton acostándose con una camarera gorda y de pechos enormes. Por la mañana, confía en que lo invite a un café, pero lo echa del bar antes de que lleguen los primeros clientes. Es una historia fría y distante. Sus primeras obras beben del existencialismo tolstoiano y narran un París de vagabundos y proscritos, de individuos solitarios, infelices e insolidarios que frecuentan cafés oscuros. Es el París que después narrarían Samuel Beckett o Henry Miller.

Bove es un obseso por el detalle nimio, su mirada es extraña y autista. Su precisión, su hiperrealismo, su austeridad y su mirada trágica y absurda influyeron a autores de posguerra como Claude Simon, Albert Camus, Samuel Beckett, Nathalie Sarraute, y a autores posteriores como Patrick Modiano, Peter Handke o J. M. Coetzee. En 1950, el pintor holandés Bram van Velde le preguntó a Samuel Beckett qué autor debería leer. Beckett respondió: “Emmanuel Bove. Nadie como él tiene la sensibilidad por el detalle conmovedor.” Bove observa el mundo con la curiosidad de un niño hipersensible. Fabienne Bradu dice que “su escritura rehúye la espectacularidad y se asemeja al registro de un escolar a quien le hubiesen impuesto la tarea de describir el mundo por primera vez”. 

Bâton busca desesperadamente un amigo, y fantasea con que cualquier interacción es el inicio de una bonita amistad. “Solo pido un poco de amistad. Sé que es una muestra de gran sabiduría no pedirles a los hombres más de lo que pueden dar. Lo sé. Soy un sabio. Me conformo con tomarlos como son. Pero incluso esto se me niega.” Es un romántico de la amistad. Cuando habla de quienes cree que son sus amigos lo hace con la enajenación del enamorado. Es bipolar, y su humor cambia por las cosas más insignificantes: “Una nube ocultó el sol. La calle templada se volvió gris. Las moscas dejaron de brillar. Me sentí triste. Acababa de salir hacia lo desconocido con la ilusión de ser un vagabundo, libre y feliz. Y ahora, por culpa de una nube, se había echado todo a perder.”

En uno de los mejores relatos de Mis amigos, Bâton pasea junto al puerto para suscitar pena en los viandantes. Un marinero se le acerca y le ofrece un plan: suicidarse juntos. No sabe cómo decirle que no. El marinero lo agarra y arrastra hacia la orilla, Bâton forcejea. “Yo no quería matarme, pero si hubiese estado resuelto a hacerlo, no me habría gustado que nadie me tuviera cogido. Uno necesita toda su independencia para matarse. El suicidio no es como la muerte.” Al final, Bâton encuentra dinero en el bolsillo. Al marinero se le ilumina la cara al verlo, se olvida del suicidio y van a cenar juntos. Después van a un burdel, y su nuevo amigo desaparece con varias mujeres y el poco dinero que le había dado Bâton. La amistad traicionada es un tema recurrente en la obra de Bove, pero sobre todo es la traición de una amistad ilusoria. En su primer relato, "El crimen de una noche", incluido en Henri Duchemin y sus sombras (Hermida Editores, 2016), una mujer le dice al protagonista que si está triste debería suicidarse. Un hombre le convence de algo mejor: matar a un banquero para quedarse con su dinero y ser rico. Lo hace a duras penas y roba el dinero. Pero no hace más que causarle problemas. La gente se aprovecha de él. Acaba solo, arruinado, con un gran sentimiento de culpabilidad.

Desde niño, Bove vive con culpa. La manera en la que es concebido podría formar parte de una de sus historias. Su madre, Henriette, sexta de doce hermanos, se queda huérfana a los diecisiete años y se muda a París para buscar trabajo. En su edificio, conoce a un estudiante judío ucraniano de vida bohemia, llamado Emmanuel Bobovnikoff, que la atosiga constantemente: le envía notas por debajo de la puerta, un día se cuela bajo su cama y sorprende a Henriette cuando se está desnudando. Ante la insistencia de Bobovnikoff, ella afirma que se casaría con cualquiera menos con él. Poco después, en 1898, tienen su primer hijo, Emmanuel Bobovnikoff.

El matrimonio no dura mucho. En 1899, Bobovnikoff conoce a una pintora inglesa de origen burgués, Emily Overweg. Bove vive una infancia entre la pobreza de su madre y el entorno ilustrado de su madrastra, que lo envía a estudiar a Inglaterra. Entonces se produce el “divorcio” con su madre, algo que marcaría profundamente su escritura: a pesar de vivir buena parte de su adolescencia en un entorno acomodado, sus obras vuelven siempre al entorno pobre de su madre. Mientras él aprendía a montar a caballo en Inglaterra, ella vivía con Léon, el hermano de Emmanuel, en un sótano en Versalles.

La Primera Guerra Mundial interrumpe los estudios de Bove en el extranjero. Su padre muere de tuberculosis. Su madrastra, por culpa de malas inversiones durante la guerra, se queda en la ruina. Bove se salva del ejército por poco, ya que el armisticio se firma antes de que cumpla dieciocho. Un conflicto con un policía antisemita que no sabe pronunciar su nombre le convence de cambiarse de apellido. Ya Emmanuel Bove, se toma la escritura en serio. Al principio es de supervivencia: publica pequeñas novelas baratas con seudónimo mientras trabaja de camarero, lavaplatos, conductor de tranvía. Pero ya tiene en la cabeza sus primeras obras serias. Para escribir más tranquilo, se muda a Viena con su primera esposa, Suzanne Vallois, y tienen una hija. La crisis de posguerra les obliga a volver a París. En 1924, su relato “El crimen de una noche” llega a las manos de la escritora Colette. Gracias a ella, Bove consigue publicar su primera novela, que deslumbra a escritores como Gide o Rilke. Los críticos lo comparan con Dostoievski y Proust. Bove vive una época de esplendor y fama, que se mantendría hasta bien entrados los años treinta. 

En Armand (Hermida Editores, 2017), publicada en 1927, un joven llamado Armand que vive con una mujer rica mucho mayor se encuentra con su viejo amigo Lucien. No se ven desde hace un año y ahora son muy diferentes. Armand vive bien y tiene dinero, Lucien sigue siendo pobre, como cuando vivían juntos. Armand lo invita a casa, las escenas son incómodas y extrañas. La incomprensión e incomunicación llevan a malentendidos. Un día, Armand conoce a la hermana de Lucien, por la que se siente atraído. Va a su habitación, en un hostal, y la intenta besar. Lucien se lo cuenta a la amante de Armand, que lo echa de casa. Armand le suplica: “Nadie me consolaría. Iba a quedarme solo y pobre, como en el pasado. Me había preguntado con frecuencia si el dolor moral era preferible al daño físico. Me pareció que no hasta el momento en que tuve plena conciencia de mi desvalimiento”. En las páginas finales, pasea resignado y solo por las calles de París, y hay breves momentos de esperanza: “Necesito a veces que me llegue la vista tan lejos como me lo permitan los ojos, de ver hasta dónde llega el aire que respiro. Las penas se vuelven menos grandes. Se confunden poco a poco con las de todos cuantos me rodean. Ya no sufro solo. Pensar que en una de esas casas que se extienden hasta el horizonte vive un hombre que a lo mejor se me parece me resulta reconfortante. El mundo me parece entonces menos lejano y sus alegrías y sus dolores más hondos y más seguidos.” La novela termina con una escena muy boviana: “Eché a andar por la calle en cuesta. Había unos niños jugando a la pelota, los pequeños, más bajos, arriba, y los mayores, más altos, abajo, para tener las mismas oportunidades.”

En el verano de 1925, Bove se queda en París mientras su mujer e hija se van de vacaciones. A su vuelta, el conserje les recibe en la puerta: “No subáis. Emmanuel ha dejado la casa.” Ha desaparecido sin despedirse. Bove tiene que demostrar un adulterio para divorciarse. Dice que prefiere tirarse al Sena antes que la convivencia. Años después, Suzanne admitiría que se divorciaron sin haber tenido ni una discusión matrimonial: “Su humor era absolutamente constante.”

Entonces , Bove se casa con una joven judía rica, Louise Ottensooser. En 1928 reúne sus relatos en Henri Duchemin y sus sombras, donde abunda de nuevo en el desarraigo, la soledad y la búsqueda de compañía. Usa la misma fórmula que en Mis amigos y Armand: el detalle banal y la mirada impresionista y absurda que enrarece la realidad. Durante el matrimonio con Ottensooser, su producción aumenta. Escribe desaforadamente. En 1928 recibe el premio Figuière por su novela La coalition. Ante la prensa, tras recoger el premio, dice: “Si uno intenta entrar en la literatura, no debe tener una actitud literaria. Uno tiene éxito a través de la fuerza de la vida. Balzac, Dickens, Dostoievski no eran hombres de letras. Eran hombres que escribían. La vida no es literaria. Puede convertirse en literaria cuando un escritor de esta altura la convierte en literaria, a pesar de que el escritor no tenga la intención de escribir nada literario.”

En los años treinta, Bove combina su producción literaria con el periodismo antifascista. En 1935 escribe El presentimiento (Pasos Perdidos, 2016), donde pierde su mirada obsesiva pero gana en narratividad y profundidad. El protagonista, Charles Benesteau, desea desprenderse de todo. Abandona a su familia sin explicación, del mismo modo que Bove, y se muda a un barrio pobre, donde busca el anonimato y una vida austera y solitaria. Cuando su mujer le pregunta por qué lo hace, Benesteau responde: “Porque no tenía ganas de elegir.” Pero no puede escapar de la humanidad, y la historia termina con un drama en el que acaba enredado sin querer. En su relato “La historia de un loco” también sueña con desaparecer; el personaje, sin explicar por qué, decide despedirse de todos sus seres queridos. No quiere suicidarse, solo les informa de que no volverá a verlos: “No está al alcance de un individuo cualquiera eso de sumir en el dolor a los seres queridos y sacar fuerzas para seguir viviendo, como estoy decidido a hacerlo yo, sin amigos.” 

Alemania ocupa Francia en 1940, y Bove se niega a publicar. Es un convencido gaullista. Junto a su mujer Louise, después del armisticio de junio de 1940, se muda a Lyon, y luego a Vichy. En La trampa (Pasos Perdidos, 2014), publicada en 1945, Bove habla de Vichy como un infierno burocrático, kafkiano (la novela es como El proceso en Vichy), caprichoso, repleto de cobardes y colaboracionistas y aprovechados. El protagonista, Bridet, vive con su mujer en Lyon. Intenta escapar de la Francia colaboracionista para unirse a De Gaulle en Inglaterra. Como no lo consigue, acaba atrapado en las redes de Vichy, se convence de que para escapar de Francia ha de ser el más favorable al mariscal Pétain. En un proceso absurdo, Bridet acaba encarcelado. Es trasladado y liberado en varias ocasiones, pero siempre vuelve al cautiverio. Es un personaje cobarde y dubitativo, que se convierte en mártir de la Resistencia por error. Cuando su mujer le dice que lo van a liberar, la euforia le impide preguntar la fecha, y al final se queda encerrado. En ocasiones, La trampa recuerda a Lacombe, Lucien (1974), el filme de Louis Malle con guion de Patrick Modiano. La Resistencia es una anécdota frente a una Francia cobarde y colaboracionista, aprovechada, o al menos culpable por omisión. El joven Lucien Lacombe acaba luchando para los boches (los alemanes) porque no consigue entrar en la Resistencia.

En Huida en la noche (Pasos Perdidos, 2017), también publicada en 1945, Bove dibuja un retrato obsesivo y paranoico de un grupo de prisioneros franceses que escapa de un campo de concentración alemán. Es la novela con más acción de Bove, entretenida pero también exasperante: los supuestos héroes son en realidad cobardes y mezquinos, inseguros. No se encuentran con ningún alemán, no hay apenas violencia. Los problemas los tienen entre ellos, en sus dudas y obsesiones.

En 1942, Bove se muda a Argel con su esposa, donde escribe pero no publica sus últimas novelas. En 1945 muere de tuberculosis. Fue siempre un personaje esquivo y enigmático. En sus obras, busca el cariño obsesivamente, pero fantasea con la desaparición. La literatura de Bove cae en el olvido hasta finales de siglo, cuando Flammarion reedita sus primeras novelas en 1977 y dos biografías recuperan su vida enigmática. En España, Pre-Textos publicó Mis amigos en 2003, y Hermida Editores y Pasos Perdidos en los últimos años intentan rescatar a un autor fascinante que, como contaba el escritor Philippe Soupault, “se esfuerza por ser olvidado como muchos se esfuerzan por ser recordados.” ~