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Fotografía: Roger Pic

"No creo que ningún cubano honesto consigo mismo pueda decir que valió la pena". Entrevista a David Rieff

En la Cuba de Fidel Castro todo -desde la cultura hasta la economía- parecía estar al servicio de la Revolución. Tres expertos explican algunas de las claves y contradicciones del régimen.

 

David Rieff (Boston, 1952) es un autor de referencia sobre conflictos internacionales, acción humanitaria y migraciones. Ha escrito dos libros sobre el exilio cubano: Going to Miami. Exiles, tourists and refugees in the New America y The exile. Cuba in the heart of Miami.

En 2015 publicó en Letras Libres un artículo donde se preguntaba “¿De qué sirvieron esos 56 años?”. ¿Qué contestaría ahora?

Tengo la misma respuesta. Ha habido muchas vidas arruinadas a ambos lados del estrecho de Florida. La Revolución cubana dijo que iba a producir al hombre nuevo, a transformar América Latina. No parece que haya cumplido sus promesas. Por otro lado, la mayor parte de mi vida he sido un crítico de la dictadura de los hermanos Castro, pero me pongo nervioso cuando leo a gente que no la sitúa en el contexto de la atroz historia de la actividad estadounidense en el Caribe y América Central y del Sur. Los hermanos Castro no surgen de la nada: aparecen en una América Latina que era básicamente una colonia de Estados Unidos. Y los levantamientos anticoloniales suelen ser sangrientos y fanáticos. Fidel Castro toma el poder en enero de 1959, cinco años después de que Estados Unidos derribara el gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, catorce años antes del fin del gobierno Allende en Chile. También podríamos hablar del golpe en Brasil en el 64, de la invasión de República Dominicana y de la actitud bastante comprensiva, aunque Carter cambiaría esa política, con las dictaduras militares del Cono Sur. No creo que se puedan comprender los últimos 57 años de historia cubana sin tener en cuenta la historia de Estados Unidos en el continente. No tengo ninguna visión idealizada de la Revolución cubana y se me ponen los pelos de punta cuando veo a jóvenes que llevan camisetas del Che Guevara, que en el mejor de los casos era una especie de mercenario romántico. Pero a veces leo cosas sobre crímenes de la Revolución cubana como si pudieran colocarse en un planeta distinto a los crímenes de Washington. No es así: había una relación simbiótica entre los dos.

Es un poco lo que ha dicho alguna vez: hay que entender a Castro como un líder represor y en su contexto histórico.

Solo una palabra describe a alguien que toma el poder en 1959 y lo deja en 2006: dictador, o caudillo si lo prefieres. Era una dictadura familiar. No veo ninguna diferencia entre una dictadura dinástica de derecha o izquierda y la Revolución cubana. No hay que dejar que los crímenes y fracasos de la revolución te cieguen ante el contexto del imperio estadounidense, pero tampoco al revés. Es un problema que tiene la izquierda. Solo hay que ver las declaraciones de Podemos y otros grupos de izquierda en Europa, por no entrar en la izquierda latinoamericana. Hablan de Castro como si el hecho de que hubiera gobernado sin oposición y luego diera el poder a su hermano fuera un pequeño detalle, pero no: es el dato principal.

Otro elemento fue la importancia cultural de la Revolución cubana. Fue una experiencia política decisiva de la generación del boom. También fue importante para escritores e intelectuales de Europa y Norteamérica.

Piensa en toda la gente que fue a la Unión Soviética en los años veinte y treinta, fueran marxistas o compañeros de viaje: la lista es infinita. Hay compañeros de viaje occidentales que tienen fantasías sobre otras sociedades. No es más inteligente ahora que entonces. Mira Podemos. Cualquiera que conozca la historia de la izquierda debería decir al ver a Podemos: es la misma mierda de siempre. Hay un tropismo permanente hacia las utopías totalitarias. Se remonta a Rousseau, aunque probablemente bajo Castro Rousseau habría sido fusilado. Esto lleva cien años en marcha, literalmente. En cierto sentido, la muerte de Castro, simbólicamente, marca casi un siglo: noventa y nueve años y pico desde la toma del Palacio de Invierno. Quizá haya gente en Podemos o en el gobierno de Maduro en Venezuela que no lo entienda, pero los demás sí. El comunismo como sistema económico no va a tener éxito y ha terminado. Puede haber otro radicalismo, por supuesto. La idea panglosiana del capitalismo como única posibilidad es una estupidez, pero la dictadura del proletariado, los medios de producción, el partido único: todo eso ha muerto. En la actualidad la mayoría de los sistemas de partido único que existen son comunistas. Pero también son capitalistas. No creo que sea necesario ser un adivino para pensar que el partido intentará aferrarse al poder y seguir el camino de China: transformar la economía en una economía neocapitalista, algo que ya ha empezado. Voy regularmente a Cuba desde 1969. Cada año que pasa es más capitalista, al menos desde los noventa. La cuestión es si habrá perestroika pero no glásnost, si eso puede durar o será solo un paso. No es un país lo bastante grande como para establecer sus propias reglas. Venezuela no es tan grande, pero tiene petróleo y eso le da poder. Cuba tenía el poder imaginativo de la revolución.

En parte Castro había conservado esa aureola legendaria.

Era, en los términos de Weber, un líder carismático. Había gente que decía: Es mucho más grande que la isla. En parte era adulación; pero otra parte era cierta. Imagina a Castro como líder de Venezuela, Argentina o un país europeo. Algo de lo que se habla poco es que Castro cambió cosas en África. Apoyó al African National Congress y a Mandela, combatió al régimen del apartheid en Angola. Al final todo salió mal en Angola, quizá Sudáfrica es mejor ejemplo: sin hacerme ilusiones sobre el anc, el régimen es infinitamente mejor que lo que había antes. En ese momento, Estados Unidos básicamente daba lo que los comunistas llamarían “apoyo crítico” al apartheid.

Una justificación común es hablar de los logros del régimen.

Hay algunos éxitos. La educación es mejor de lo que era antes. La salud pública también. Pero hay muchos matices: es un buen lugar para nacer, un mal sitio para tener cáncer. La atención neonatal es excelente, el tratamiento para algunas enfermedades es muy malo. No creo que ningún cubano honesto consigo mismo pueda decir que valió la pena. En el New York Times se publicó un artículo que reúne décadas de obituarios preparados en el periódico para Fidel Castro. La CIA intentó matarlo seiscientas veces, lo que no habla muy bien de la CIA. Por otro lado, no creo que Batista hubiera durado para siempre. Hay que tener en cuenta este sufrimiento, la ruptura de las familias. En cierto modo se produjo una guerra civil entre las élites. Y, además, los hermanos Castro eran muy temerarios. Ahora empezamos a saber lo cerca que estuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética de un enfrentamiento nuclear que habría destruido el mundo. Es una idea extraña que una figura más bien mediocre y de transición como Nikita Jrushchov salvara al mundo, pero quizá sea así. Quizá en trescientos años, cuando todos hayamos caído en el olvido, él siga siendo recordado.

¿En qué medida ayudó el embargo a que Castro permaneciera en el poder?

Lo utilizó como un arma muy efectiva. Sirvió para hacer que la vida de la gente fuera más difícil, pero no cambió nada para quienes gobernaban Cuba. Fue corrosivo en la isla, porque hizo que mucha gente dependiera de Miami. En Miami muchos decían que no podía tocarse ni una coma del embargo, y luego mandaban dinero y bienes a sus parientes. Fue un desastre. Una de las cosas terribles del comunismo es que la élite del partido siempre vivió muy bien. Y esto también era cierto en Cuba.

¿Qué influencia tuvo la revolución en la izquierda latinoamericana?

Enrique Krauze dice algo con lo que estoy de acuerdo: la militarización de la izquierda latinoamericana, que es central, es producto de la Revolución cubana. Antes de la Revolución cubana, la historia de la izquierda latinoamericana tenía más que ver con el sindicalismo. Una izquierda latinoamericana basada en sindicatos habría sido más sana y menos nihilista, algo que siempre ha sido un problema de la izquierda romántica. Las Brigadas Rojas en Italia tenían un eslogan que decía “Cuanto peor, mejor”. Hay algo en Fidel Castro y en Chávez (Morales es distinto, porque la parte racial es muy importante en Bolivia) muy nihilista, que recuerda a Sansón en el templo: prefieres que el templo se caiga sobre tu cabeza a que siga existiendo. Una persona que era inmune a esto y que era un izquierdista a la antigua era Salvador Allende. Es curioso el contraste: Trotski había sido el jefe del ejército y había estado al frente de fuerzas mucho mayores en batallas mucho más importantes que las de Castro. Si la comparas con la Revolución rusa, la Revolución cubana es una escaramuza. Pero Trotski se ponía traje.

Al final hasta Castro lo hizo.

Los chistes sobre Franco se pueden aplicar a Castro. Se decía que Franco al final había olvidado tantas cosas que no se acordaba ni de que era fascista. Castro no sé si olvidó que era comunista, pero olvidó ese ideal militarizado. En los setenta y los ochenta el ejército cubano era una fuerza poderosa. Ahora el ejército no tiene credibilidad militar, tiene credibilidad en cuestión de negocios. Es central en el futuro de Cuba. Una de las incertidumbres es que el ejército no habla. No se oye a muchos generales, y sabemos que existen, al igual que sus intereses económicos.

Cabrera Infante afirmó que “la política terminó por engolfar la vida”.

Pasa en todas las sociedades revolucionarias. Por eso son tan terribles y por eso están condenadas al fracaso. Para indignación de la generación revolucionaria o posterior, los jóvenes no quieren lo que hay. La gente joven en La Habana o Miami no recuerda la Revolución, y tampoco lo que había antes. Han crecido en esta sociedad y ahora quieren otra cosa, o no son más leales que los ciudadanos de otros países. Son inmigrantes económicos.

Ha escrito mucho sobre el exilio y sus cambios.

En Miami había una fantasía de volver a poner el reloj en el momento anterior. No creo que a nadie en Miami le pese la muerte de Castro, pero mucha gente ya no piensa tanto en eso. Lo peor es que Cuba ha estado congelada. El comunismo ha terminado pero nadie sabe qué viene después. Ahora lo descubriremos. Hay varias posibilidades. El paralelismo con España me parece bastante exacto. En los setenta todos sabían que el fascismo estaba acabado, pero Franco tenía que morir para que ocurriera. Es extraño que los dictadores adquieran esta especie de estatus totémico. Igual que España, que tuvo que esperar a la democracia, la muerte de Fidel Castro al menos abre la puerta. En ese sentido, Castro es como un personaje de García Márquez. Dominaba la imaginación del pueblo cubano. Hubo esfuerzos por derrocarlo desde Miami, pero no en la isla. El único caso sería el del general Ochoa Sánchez, que según el gobierno planeaba una especie de golpe, pero no estoy en absoluto seguro de que así fuera.

Obama realizó una política de apertura. ¿Cree que Trump va a dar marcha atrás?

Nadie sabe lo que va a hacer Trump. Ni siquiera él mismo, a mi parecer. Ha tenido toda clase de posiciones en política interior y exterior. Creo que Obama tenía toda la razón. La política anterior era absurda e inútil. Obama siempre fue claro sobre Cuba, a diferencia de sobre Medio Oriente. ¿Trump cambiará esto? Una parte depende de la política parlamentaria. ¿Siente Trump que necesita a Marco Rubio, o a Ted Cruz, aunque este no tenga nada que ver con el exilio? Pero en el Congreso hay muchos republicanos de estados agrícolas que quieren hacer negocios. Trump es impredecible. Si tuviera que aventurar un pronóstico, diría que no hará mucho, pero no se sabe.

En sus memorias, Hitchens cuenta que cuando viajó a Cuba en los sesenta le dijeron que la libertad de expresión era absoluta, pero que no se podían hacer bromas sobre la Revolución o el líder. Eso significaba, decía, que no había libertad de expresión.

Hay un elemento que forma parte del espíritu totalitario. A la gente le gusta seguir a sus líderes. Creo que forma parte de la actitud de intelectuales como García Márquez, o Carlos Fuentes, que tenía una visión más matizada: querían ser diferentes pero querían ser como los demás. Deseaban estar por encima de la política pero también querían enamorarse de un líder. Esto es religión, no política, desde luego no política democrática. Tiene que ver con algo muy profundo: el deseo de seguir a alguien. Todo dictador lo entiende. Por eso el lenguaje de los dictadores es a menudo religioso. Tiene las mismas estructuras y promete un futuro radiante, que era la gran promesa del comunismo. Pero ahora dejamos la era de la poesía y entramos en la de la prosa. Yo siempre soy pesimista, pero la situación ha estado tan paralizada durante tanto tiempo que no puedo evitar pensar que la muerte de Castro aportará una apertura, quizá pequeña. Un político inglés dijo: “Todas las carreras políticas terminan en el fracaso.” Se podría decir de la vida en general, pero sin duda también de Castro. Cuba pasó de ser el primer territorio libre de las Américas, como decían, a ser una isla diminuta dependiente de la asistencia social de Caracas. Puede parecer atractivo en una reunión de Podemos, pero no tanto si lo ves in situ, a menos que lo hagas de manera muy poco rigurosa y en vez de ver lo que hay, proyectas en Cuba lo que quieres para tu país. Eso es lo que han hecho los defensores internacionales del régimen. ~