artículo no publicado

Los pueblos del Brexit

Mike, de 71 años, lleva toda la vida viviendo en Stoke-on-Trent, una pequeña ciudad industrial en el norte de Inglaterra. “Cuando era niño, todas las tardes a las cinco en punto veía salir a miles de trabajadores de las fábricas”, recuerda. “Stoke tenía las mejores fábricas de Inglaterra. De cerámica, carbón, neumáticos...” La cara se le ensombrece. “Hace mucho que eso ha desaparecido. Empezaron a fabricarlo todo más barato en Asia y en el este de Europa.”

Mike es responsable de seguridad de la iglesia de Stoke y también se encarga de las visitas guiadas, si algún turista lo pide. Es un martes lluvioso y no hay prácticamente nadie en la iglesia, por lo que está encantado de explicar por qué –al igual que la gran mayoría de los habitantes de su ciudad– el 23 de junio de 2016 votó a favor de abandonar la Unión Europea.

“La campaña a favor de la permanencia nos dijo que si votábamos por irnos perderíamos puestos de trabajo, pero llevamos cuarenta años en la Unión Europea y hemos perdido miles. La UE no ha ayudado a Stoke en lo más mínimo”, afirma convencido.

En realidad, Stoke recibe una importante financiación por parte de la Unión Europea: a la zona han sido asignados más de 157 millones de libras para proyectos sociales y de regeneración a través de los Fondos Estructurales y de Inversión para el período 2014-2020. Sin embargo, Mike insiste en que la ciudad no necesita a la ue. “¡Tenemos la Commonwealth! Tal vez ahora vuelvan las fábricas”, dice esperanzado.

La del responsable de seguridad de la iglesia de Stoke es solo una de las muchas voces que en el referéndum del Brexit se alzaron en contra de un futuro que no los incluye a ellos. Según un estudio realizado por el think tank Joseph Rowntree Foundation, el voto a favor de abandonar la UE predominó no solo entre las personas con menos recursos, sino particularmente en las zonas que en las últimas décadas se han quedado atrás debido a los rápidos cambios económicos. Muchas de estas zonas son las antiguas ciudades y pueblos industriales del norte de Inglaterra.

Stoke-on-Trent, Oldham y Blackpool son tres localidades del norte de Inglaterra que combinan este próspero pasado industrial con un declive marcado desde entonces. Además de ser tres de las áreas con mayor precariedad de Inglaterra, también son tres de las poblaciones donde el Brexit obtuvo un mayor apoyo: 67.5% en el caso de Blackpool, 69% en Stoke-on-Trent y 61% en Oldham. Son, en palabras de sus propios habitantes, la Inglaterra que se ha quedado atrás.

Blackpool

Blackpool es un pueblo del noroeste, más o menos a una hora de Liverpool. En las décadas de los años cincuenta y sesenta esta pequeña localidad costera era un popular sitio de veraneo. Hoy en día está considerada una de las regiones más pobres y con mayores problemas de salud de la nación. El alcoholismo y las muertes por abuso de drogas son equiparables a los de las peores zonas de Londres y Glasgow, y el año pasado el Servicio Nacional de Salud (NHS) anunció que esta localidad es el pueblo que más antidepresivos consume de toda Inglaterra.

En 2010, Blackpool recibió alrededor de catorce millones de libras de financiación de la Unión Europea para renovar sus atracciones turísticas. Sin embargo, esta ayuda no ha sido suficiente para que sus habitantes quieran permanecer en la UE.

Lisa, una mujer de unos 35 años que trabaja en una de las salas de juego más populares de la zona, sostiene que la razón por la que los habitantes de Blackpool votaron a favor del Brexit fue la inmigración. Sin embargo, y según el último censo, los inmigrantes representan solo el 6% de la población de la localidad. Para Lisa la inmigración es solo una excusa.

“Aquí hay mucha gente que no quiere trabajar, y se queja de que los inmigrantes se llevan todos los trabajos”, afirma. “Yo los veo todos los días aquí jugando a las máquinas tragamonedas, y también en mi barrio. Estoy segura de que yo soy la única de mis vecinos que va a trabajar. Cuando sale el sol sacan el sofá a la calle y se sientan delante de sus casas a beber cerveza.”

Sin embargo, Glenn, un desempleado de cuarenta y tantos años que juega a las máquinas tragamonedas a pocos metros de Lisa, no menciona la inmigración a la hora de explicar por qué apoya el Brexit. “Hay mucho desempleo en Blackpool, y lo último que nos faltaba era mandar billones de libras a la Unión Europea.” Glenn no sabía que Blackpool también recibe financiación de la UE, pero afirma que eso no le hace cambiar de opinión.

La que sí menciona la inmigración es Emily, una chica de veintidós años que trabaja como oficinista en una de las fábricas a las afueras del pueblo. “No hay suficientes trabajos para la gente de Blackpool. ¿Por qué querríamos dar los pocos trabajos que tenemos a las personas que ni siquiera vienen de nuestro país? Los europeos quieren venir a Reino Unido a quedarse con nuestros trabajos”, dice. Para Emily, Blackpool se ha quedado tan atrás que hasta sus propios habitantes sienten vergüenza de vivir ahí. “Todo el mundo se avergüenza de Blackpool”, concluye.

Oldham

A las afueras de Oldham todavía es posible ver las antiguas fábricas de algodón que una vez simbolizaron el poder industrial del norte de Inglaterra. En 1960, más de trescientas fábricas coronaban este pequeño pueblo a las afueras de Manchester. Ahora estos edificios, la mayoría derruidos, reflejan una realidad muy distinta: en 2016, un informe sobre pobreza y vivienda señaló Oldham como el pueblo con mayor miseria de todo el país. Poco después, el 61% de sus habitantes votaba a favor de salir de la ue.

Oldham también es tristemente célebre por otra razón. En 2001, esta localidad, que tiene un 10% de población paquistaní, fue el escenario de uno de los peores enfrentamientos raciales de la historia británica. Aunque el nivel de inmigración de Oldham sigue siendo menor que la media nacional, experimentó un incremento importante entre 2001 y 2011.

Los habitantes de Oldham han notado este cambio. Tom y Daniel, de 27 y 65 años respectivamente, aseguran que los paquistaníes se llevan todos los trabajos. A pesar de la diferencia de edad, los dos hombres se han hecho amigos a raíz de su condición de desempleados. Es miércoles por la tarde y ocupan su tiempo bebiendo cerveza en un banco delante de un supermercado.

Daniel cuenta que es un veterano de la guerra de las Malvinas, pero que desde que se retiró del ejército no ha podido encontrar trabajo. “Luché por mi país, y ahora duermo en este banco”, explica señalando el sitio donde duerme. “Todas las noches voy al garaje del supermercado donde guardo mi saco y me tiro aquí, en mitad de la calle. No me parece justo. Serví a mi país, mi abuelo fue un héroe de guerra. Pero aquí no hay trabajo, ni ayuda por parte del gobierno. Lo que hay son demasiados inmigrantes.”

Daniel añade que su situación no es excepcional. “La mitad de las personas con las que serví en el ejército están pidiendo limosna en las calles de Manchester”, asegura. Tanto Daniel como Tom echan la culpa de la falta de trabajos en Oldham a la ue.

Stoke-on-Trent

Stoke está situada entre los Midlands y el norte de Inglaterra. En los años sesenta la industria cerámica de esta localidad era tan célebre que a la ciudad se le conocía por su apodo, The Potteries (Las cerámicas). Hoy en día la mayoría de las fábricas han dejado de existir y los trabajadores de Stoke se encuentran entre los peor pagados del Reino Unido: mientras que el sueldo medio en Reino Unido es de unas 509 libras semanales, en Stoke es de 428 libras.

El 23 de junio de 2016, casi el 70% de los habitantes de Stoke votaron a favor de abandonar la ue, por lo que ahora a la ciudad se le conoce por su nuevo apodo: “la capital del Brexit”.

Adrian Ghigeanu, un inmigrante rumano que trabaja en una de las fábricas de Stoke, ha vivido de primera mano este descontento. “En mi fábrica la mayoría de los trabajadores somos inmigrantes”, explica. “Algunos de los británicos con los que trabajo lo llevan muy mal. La gente de Stoke dice que les estamos quitando el puesto, ¡pero luego ellos no quieren estos trabajos! Los británicos quieren que les paguen quince libras la hora”, asegura.

Andrew, el párroco de la iglesia de Stoke, se muestra más conciliador. “Es verdad que Stoke se ha quedado atrás con el cierre de las fábricas. Pero no se puede echar la culpa simplemente a la producción más barata de Asia, también hay que tener en cuenta el impacto de la automatización. Ya no hacen falta tantos trabajadores”, razona. “Al final lo que la gente quiere son buenos trabajos para sus hijos, para que se puedan quedar en Stoke en vez de tener que mudarse a otros sitios”, explica. “En realidad, a Stoke el Brexit le importa muy poco.” ~