artículo no publicado
Ilustración: Hugo Alejandro González

Finnegans wake, las traducciones del libro intraducible

Hasta hace poco, no se tenía una versión en español del Finnegans wake, el libro que, según Joyce, tendría entretenidos a los críticos por doscientos años. Esta es la historia de aquellos que han asumido el reto.

El Finnegans wake se publicó en 1939. James Joyce se había pasado los anteriores diecisiete años escribiéndolo, desde poco después de acabar su Ulises. En 1941, tras afirmar que su último libro tendría entretenidos a los críticos durante al menos doscientos años, murió. Por ahora, su profecía se cumple: han pasado casi ochenta y ni siquiera hay un acuerdo completo sobre de qué se trata la novela. De hecho, ni siquiera hay un acuerdo generalizado acerca de si, en efecto, es una novela.

¿Cómo puede ser posible? Algunos datos que permiten darse una idea sobre el libro: en sus 628 páginas, el inglés funciona como idioma base pero amalgamado con otras sesenta o setenta lenguas, desde las más extendidas, como el español, el francés o el chino, hasta idiomas artificiales, como el esperanto y el volapük, o casi secretos, como el bearlagair na saer, una antigua jerga de los masones irlandeses. Esto da lugar a una especie de idioma nuevo, de forma tal que casi no hay línea del texto sin neologismos. Carece de una trama en el sentido convencional del término: se ha dicho que tiene una “concepción esférica” en la que todos los elementos son a su vez principio y fin de la estructura. Los personajes aparecen y desaparecen y cambian de nombre y todo se desarrolla como en un sueño. De hecho, también se afirma que el Finnegans es una novela onírica. “Una gran visión cósmica”, en palabras de Anthony Burgess. Para Harold Bloom, el Finnegans es “la obra maestra de Joyce”, y Joyce ocupa el lugar más elevado del canon occidental moderno, junto a Samuel Beckett, Marcel Proust y Franz Kafka. Nadie más, nadie menos.

Como si se tratara de un libro sagrado, joyceanos de todo el mundo se abren camino en la jungla de sus páginas, en busca quizá de una Verdad cifrada. Y lo disfrutan. Y hasta hay quienes lo traducen al español, algo que hasta hace poco la mayoría de los expertos consideraba –y muchos siguen considerando– una misión imposible.

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Cuando se habla de obras como el Ulises y el Finnegans wake, “la traducción forma parte de la literatura y la lengua del país huésped tanto como de la propia”. Así lo asegura el escritor argentino Carlos Gamerro en su Ulises. Claves de lectura, ensayo publicado en 2008, tras veinte años de dictar clases sobre esa novela en la Universidad de Buenos Aires. Es por eso que las traducciones de esas obras han sido siempre un acontecimiento.

La primera traducción del Ulises al castellano fue la del también argentino José Salas Subirat, quien la publicó en Buenos Aires en 1945, veintitrés años después de la publicación del original en inglés. Luego quiso hacer lo mismo con el Finnegans, pero no pudo. “Lo estuve leyendo por los últimos diez años y todavía tengo que entenderlo”, le dijo a un diario venezolano en 1957. Las siguientes versiones del Ulises aparecieron en España, a cargo de José María Valverde, en 1976, y Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas, en 1999.

El reto que planteaba el Finnegans era muy superior. En más de siete décadas no hubo ni una sola traducción completa, sino apenas unas pocas ediciones muy parciales. Salvador Elizondo se propuso una traducción anotada de la obra, pero se dio por satisfecho al concluir... la primera página. García Tortosa tradujo el capítulo ocho, conocido como “Anna Livia Plurabelle”, que por estar escrito en un lenguaje bastante cercano a lo común y corriente es el más “sencillo” de la obra, y la editorial Cátedra, de Madrid, lo publicó como libro en 1992. Un año después, Lumen, de Barcelona, sacó a la venta un volumen de menos de trescientas páginas al que presentaba como el Finnegans wake de James Joyce, pero con la aclaración de que era un “compendio y versión de Víctor Pozanco”. La crítica lo destrozó. No es nada fácil, está claro, meterse con un libro así.

Todos estos antecedentes ayudan a valorar en su justa dimensión la importancia de dos acontecimientos recientes. En primer lugar, lo que el argentino Marcelo Zabaloy y la editorial El Cuenco de Plata, de Buenos Aires, han hecho en el lapso de un año, entre 2015 y 2016: publicar la cuarta traducción del Ulises y la primera del Finnegans wake completo a nuestra lengua. En segundo, el trabajo del mexicano Juan Díaz Victoria, quien trabaja actualmente en una traducción anotada del Finnegans, de la que ha editado su primer capítulo.

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Zabaloy tiene sesenta años y vive en Bahía Blanca, una ciudad de trescientos mil habitantes en el sur de la provincia de Buenos Aires. Se había ganado la vida casi siempre con trabajos manuales: instalaba cables de computadoras. Y en sus horas de ocio leía. En 2004 leyó el Ulises. En inglés, idioma que ama desde que lo aprendió en la escuela. Se sintió fascinado, pero también percibió que había muchas cosas que no entendía, que se le escapaban. Entonces se puso a leer ensayos y otros materiales sobre el Ulises. Y después decidió releer la novela de Joyce. Y ya que estaba en ello, ¿por qué no?, traducirla. Lo hizo. Terminó en 2009 y, aunque luego estuvo varios años corrigiéndola, ese trabajo fue el envión que necesitaba para subir al nivel más alto de la obra joyceana: empezó a leer el Finnegans wake.

“Me atrapó, porque veía entre la oscuridad un montón de cosas fabulosas”, me dice Zabaloy. “Tan fabulosas como lo que te acordás de un sueño, que no sabés muy bien cómo es, querés agarrarlo y procesarlo pero se te va, decís ‘no se me va a ir’, pero se va y es irrecuperable.” Zabaloy abona la teoría de que se trata de una novela onírica, pero no a la manera de la gente que “pone un cuadernito junto a la cama y toma notas para no olvidarse del sueño”. Joyce, señala su traductor argentino, “escribió de tal manera que quien lo lee, si se permite una lectura semejante, empieza a ver esas cosas sin necesidad de explicárselas. No es que te des cuenta y pienses ‘ah, esto quiere decir tal cosa’, sino que de manera intuitiva vas viendo el sueño de otro, que por momentos es grotescamente complicado y por otros de una claridad que cuando llega te encandila y ya no podés ver nada porque es demasiado claro”.

Sin embargo, al llegar a la página doscientas cuarenta, Zabaloy comprendió que se le perdían por el camino tantas cosas que no tenía sentido seguir así. Decidió volver a empezar con ayuda de otros materiales, como había hecho con Ulises. Viajó a París y se internó durante semanas en la Biblioteca Nacional para analizar cómo se había traducido al francés. De esa forma encontró el método: “No aclarar ni enderezar las palabras del texto, sino mantener en el lector de la lengua española la misma sorpresa, la misma maravilla del lector en inglés.” Tradujo el famoso capítulo ocho y quedó satisfecho. “No porque fuera una gran traducción, sino porque me gustó el proceso”, cuenta. “Encontré la enorme satisfacción que había sentido traduciendo el Ulises. Listo, no necesitaba otra cosa. Mi vida para los próximos años estaba resuelta: en vez de pegarme un tiro o ahorcarme, podía traducir el Finnegans wake. Y lo hice.”

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La traducción del Finnegans wake realizada por Marcelo Zabaloy y editada por El Cuenco de Plata vio la luz en junio de 2016. No solo tiene el mismo número de páginas (628) que la edición de 1939, sino que cada página versiona el contenido de la misma página en el original. Esto no se debe a un mero capricho editorial, sino que facilita la tarea de quien quiera acometer una lectura en paralelo de ambos textos.

El volumen carece de toda nota al pie, introducciones o epílogos: es la versión más “limpia” posible. Ya que se trata de uno de los libros más difíciles que se han escrito jamás, ¿no habría convenido incluir al menos un prólogo? Julio Patricio Rovelli, uno de los responsable de El Cuenco de Plata, me explica las razones de esta decisión. En primer lugar, la idea de que los potenciales lectores de este libro ya lo conocen: “No podemos contarle a un lector qué es el Finnegans wake.” Es un libro sobre el cual se han escrito bibliotecas enteras. Además, por citar solo un ejemplo, la mayor obra de referencia para los traductores no está impresa en papel: es un sitio web llamado Finnegans wake Extensible Elucidation Treasury (fweet.org), el cual, al momento en que escribo estas líneas, incluye 84,135 notas. Una cifra que crece a medida que estudiosos y lectores las proponen y son aceptadas por los administradores de la web.

Por otra parte, la línea editorial de El Cuenco de Plata no pretende “hacer libros académicos, plagados de notas”, dice Rovelli. Y agrega un motivo más: “Era una decisión que había que tomar en algún momento: publicarlo, y que la gente lo leyera y se pudiera encontrar con lo que Joyce había escrito. Y con lo que Zabaloy había escrito. Porque la traducción del Finnegans es casi una escritura del traductor.”

Y así llegamos a la pregunta central: ¿cómo traducir un libro que casi todo el mundo considera intraducible? La cuestión parece poder resolverse a partir de dos respuestas tan contradictorias como extremas: o no se puede traducir en absoluto, o admite tantas versiones como traductores emprendan la tarea. “Habría que anotar también la traducción de Zabaloy”, plantea Rovelli. Surge así la idea del Finnegans wake como una suerte de fractal en el que, a partir de una forma original, se despliega una cantidad interminable de ramificaciones.

“Al traducir te ponés de alguna forma en la funda del escritor”, describe Zabaloy. “Tenés que pensar lo mismo que él, seguir el ritmo de su pensamiento, hasta el ritmo de su vida. En muchas partes reflexionás: ‘¿Por qué este tipo habrá puesto esta palabra, qué habrá querido decir?’ Pero en la mayoría de los momentos es como si el autor te llevara la mano”, y mientras lo dice hace como si su mano derecha escribiera con la izquierda encima, es decir, como si fuera esta última la que guiara los movimientos. “Vas copiando tus letras sobre la caligrafía ajena”, resume.

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Como no podía ser de otra manera, la traducción de Zabaloy también recibió muchas críticas. Algunas fueron muy parecidas a otras que, siete décadas antes, recibiera Salas Subirat por su versión del Ulises: su supuesto carácter “demasiado argentino”. “Entre veinticuatro posibles, ¿una sola versión regional de un texto que ambiciona ser la encarnación de un lenguaje universal?”, se preguntaba el escritor español Eduardo Lago en un texto publicado por el periódico Clarín, de Buenos Aires, en julio de 2016. Lago dirige el Instituto Cervantes de Nueva York, es un estudioso de la obra de Joyce y también ha traducido (“por divertirme, por asomarme a la enormidad del reto”, apunta) el célebre capítulo 8 del Finnegans. Pero escribió que, tras acceder a los fragmentos iniciales de la traducción de Zabaloy, su sensación fue de “desconcierto” y de haberse “estrellado contra un muro”.

En 2001, Lago publicó un artículo, titulado “El íncubo de lo imposible”, sobre las traducciones del Ulises al español. Citaba allí algunas consideraciones que también son muy valiosas para pensar en la traducción del Finnegans. Una es de 1813, corresponde al filósofo alemán Friedrich Schleiermacher y resume lo que se puede considerar el conflicto básico del traductor: “O se trae al autor al lenguaje del lector o se lleva al lector al lenguaje del autor.” Otra pertenece a Walter Benjamin, quien en 1923 enfatizaba que “lo que identifica a una mala traducción es su preocupación por servir al lector transmitiendo el sentido del original”, cuando en realidad “la verdadera traducción se preocupa menos por el significado que por el lenguaje y la forma. Una traducción auténtica ha de ser transparente [...] no debe tapar el original, sino que debe permitir que el lenguaje puro brille a través de ella”.

¿Cómo afrontar entonces la traducción del Finnegans wake, donde casi todo es lenguaje y forma, y cuyo significado ha sido inasible para los lectores en sus ochenta años de historia? ¿Cómo hacer para que el lenguaje puro brille a través de la traducción? He ahí el ciclópeo desafío de los traductores de Joyce. Consultado para este artículo, de todos modos, Lago bajó un poco el tono de sus afirmaciones: “La impresión que me quedó es que Zabaloy hizo un juego equivalente al de Joyce, pero que difícilmente puede alcanzar la agilidad y brillantez del original. Entonces, ¿qué tenemos? Probablemente no un texto de Joyce, sino uno de Zabaloy.” Algo similar a lo que decía Rovelli, el editor.

Una cita más: José Ortega y Gasset, en 1948: “No es una objeción contra el posible esplendor de la tarea traductora declarar su imposibilidad.” Entonces, si de alguna manera cualquier traducción es imposible, cuánto más el Finnegans wake. “Podría ser que sí sea intraducible –acepta Rovelli– y que lo traduzcamos igual.” Y esa es toda una declaración de principios.

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Juan Díaz Victoria vive en Cuernavaca y, a los 35 años, se “topó” con el Finnegans wake en 2005. Había leído el Ulises cuando iba a la universidad, y sintió el encuentro con el último libro de Joyce como un desafío. Dos semanas después ya había traducido la primera página. “Una página completa y con alrededor de treinta anotaciones –cuenta–, plagada de corchetes, para evidenciar las lecturas alternativas de cada frase, que algunas veces se volvían continuación y otras tantas oposición de una idea central. Digresiones en la misma frase, historias empalmadas y un efecto general de palimpsesto.” Como con esa primera página había igualado la “hazaña” de Salvador Elizondo, abandonó el proyecto.

Hasta que, a mediados de 2007, La Jornada Semanal publicó esa primera carilla y Díaz Victoria decidió que era momento de seguir adelante. Un año y más de mil notas después, había traducido veintisiete páginas: el primer capítulo completo. Y otro año más tarde, a mediados de 2009, ya tenía versionado y anotado el segundo. Empezó a buscar editor para esa primera parte del trabajo, pero no lo encontraba: le pedían nada menos que la traducción completa.

En eso andaba cuando un día recibió un correo electrónico de alguien que había descubierto su blog y, allí, su trabajo. Un argentino, un tal Marcelo Zabaloy. Él lo puso en contacto con Edgardo Russo, el entonces editor de El Cuenco de Plata, quien sí acogió con entusiasmo la idea de publicar la versión anotada de los primeros capítulos. Pero como ya estaba programada la publicación del Ulises de Zabaloy, se decidió que el Finnegans de Díaz Victoria saliera después. Lo que nadie previó en ese momento fue que, justo después del Ulises, ya estaría casi listo también el Finnegans de Zabaloy. Y entre el libro completo sin notas y el primer capítulo anotado, se impuso la primera opción.

No es difícil imaginar la decepción de Díaz Victoria: por qué poco se le habían anticipado. Sin embargo, él asegura que fue todo lo contrario: “Fue un beneficio que saliera la versión de Marcelo. Así ya está saldada la deuda de tener una traducción ‘integral’ del Finnegans.” Es decir, siente que la traducción completa editada en la Argentina abre el surco para el trabajo exhaustivo que él viene desarrollando en México. “Lo de Zabaloy es el mapa del Finnegans wake –afirma Díaz Victoria–, pues te brinda vistas de pájaro y coordenadas. Lo mío es una exploración del accidentado territorio de la novela: subiendo y bajando cordilleras, bebiendo del agua corriente que aparece en cualquier recodo, saboreando las bayas silvestres... Es como una visita guiada en el turismo de aventura, o la subida al Everest con sherpa incluido.”

El año pasado, Díaz Victoria y la editorial tapatía Arlequín organizaron una convocatoria de micromecenazgo (crowdfunding) para financiar la edición del primer capítulo de su traducción anotada. Así obtuvieron los 30,000 pesos que necesitaban. El volumen, titulado Estela de Finnegan –una de las posibles traducciones del título de la novela–, se presentó el 30 de noviembre de 2016 en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Y mientras, él continúa, desde luego, edificando su versión.

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El Finnegans wake “ya ha sido traducido a varios idiomas, y nada impide que se haga al español”, dice Eduardo Lago. Su escepticismo pasa por otro lado: “El problema que veo es de talento. Dudo que haya nadie que pueda afrontar con éxito la tarea, lo que me hace pensar en la necesidad de una respuesta colectiva.” Esa es su propuesta: la de una traducción grupal y “panhispánica”, que incorpore todas las variedades nacionales del castellano. ¿Se concretará alguna vez? Lago me dice que el Instituto Caro y Cuervo, un centro de investigación académica con sede en Bogotá, se comprometió a auspiciar ese proyecto. Pero por ahora el asunto no ha pasado de las muy buenas intenciones.

Lo que hay es lo que se ha hecho, y lo que se ha hecho incluye versiones tan diferentes entre sí que nos devuelven a la idea de que traducir el gigantesco Finnegans wake admite tantas formas como quijotes se animen a enfrentarlo. Comparemos, a título ilustrativo, una oración del original con las traducciones de Salvador Elizondo, Marcelo Zabaloy y Juan Díaz Victoria. Es la que cierra el segundo párrafo de la obra. Dice así:

Rot a peck of pa’s malt had Jhem or Shen brewed by arclight and rory end to the regginbrow was to be seen ringsome on the aquaface.

Elizondo tradujo: “Pudre un pito con malta la cerveza del viejo que Sem y Cam habían caldeado a la luz de la lampararca, hacia el último extremo del sarkoliris visto anulosamente sobre la caragua.”

Zabaloy: “Rota pizca de la malta de pa habían Jhem o Shen malteado al arcoaluz y rórido al fin del regio embrollo iría a verse asomado al ring del aquafaz.”

Y Díaz Victoria: “Pudrir una pizca de la malta de pá’ había Jhem o Shen hecho cerveza por luzarco y al final del [puente] rory el arcoíris [cimarreina] estaba para ser vistos algunosanillos sobre la caragua.”

Recordemos cómo lo definió Zabaloy: Joyce “escribió de tal manera que quien lo lee, si se permite una lectura semejante, empieza a ver cosas fabulosas sin necesidad de explicárselas”. Pues así se plantea el reto. Leer las traducciones preocupándonos menos por el significado que por el lenguaje puro y la forma, como recomendaba Walter Benjamin, y tratar de acceder al mundo onírico que Joyce, al parecer, propone.

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“El texto cambia de manera incesante, a medida que el traductor logra esclarecer la red de relaciones que mantienen los vocablos entre sí y con las realidades a las que aluden”, escribió Eduardo Lago en las notas que acompañan a su versión del capítulo 8, publicado en la web de Enrique Vila-Matas. Redactadas a manera de diario, estas notas plantean, en un tono lúdico, la perplejidad del traductor: “Dudaba de si enviar [el texto] porque los vocablos están todavía demasiado vivos.” Al día siguiente lo confirma: “Como sospechaba, al levantarme muchos vocablos habían cambiado de forma y de lugar.” Así es como viven los lectores la obra de Joyce: como una obra demasiado viva, que cambia a cada lectura.

En su novela La ciudad ausente, Ricardo Piglia introduce un relato titulado “La isla”, un homenaje a Joyce y al Finnegans wake. En la isla el lenguaje “es inestable [...] se transforma según ciclos discontinuos que reproducen la mayoría de los idiomas conocidos. Los habitantes hablan y comprenden instantáneamente la nueva lengua, pero olvidan la anterior. [...] Pasan de una a otra, pero no la pueden concebir como idiomas distintos, sino como etapas sucesivas de una lengua única”. En la isla, explica el narrador, la única fuente escrita es el Finnegans wake, “al que todos consideran un libro sagrado, porque siempre pueden leerlo, sea cual fuere el estado de la lengua en que se encuentren”.

En 1952, siete años después de publicar su primera traducción del Ulises, tras una ardua tarea de corrección, José Salas Subirat publicó una segunda edición mejorada. En la biografía de Salas Subirat, publicada el año pasado en Buenos Aires, su autor, Lucas Martín Petersen, destaca que ese trabajo de reelaboración “no hace más que poner ostensiblemente sobre la mesa la idea de que toda traducción de la obra de Joyce es un texto irremediablemente abierto, mutante, un caos en control, apenas un work in progress. Las dos versiones de Salas Subirat son dos mojones hacia ese texto final imposible. Ni más ni menos”. Work in progress fue, precisamente, el título con el cual Joyce aludió al Finnegans wake durante los diecisiete años en que estuvo escribiéndolo.

“Es mérito de Salas Subirat el haber abierto el camino, y de hecho su influencia sobre las traducciones subsiguientes es muy considerable”, escribió Eduardo Lago en su artículo de 2001. Quizás en el futuro se digan cosas parecidas de Marcelo Zabaloy y de Juan Díaz Victoria. Según la profecía de Joyce, quedan todavía al menos ciento veinte años de entretenimiento para críticos con el Finnegans wake. La imposible traducción definitiva espera al final del arcoíris. ~


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