artículo no publicado

En el infierno verde

Resulta curioso que en esta época en que se viene anunciando la muerte de la literatura de viajes surja un movimiento de reivindicación de las hazañas protagonizadas por los trotamundos más intrépidos de todos los tiempos: los exploradores. Si hace apenas cinco años que William Ospina entregó el último volumen de su colosal trilogía sobre la Conquista de América y la búsqueda de El Dorado (Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos), y si hace apenas uno que Alicia Kopf sorprendió a la crítica con su alegoría sobre las primeras expediciones árticas y antárticas en Hermano de hielo (Alpha Decay), ahora asistimos a la recuperación, con motivo del estreno de la película homónima dirigida por James Gray, de z, la ciudad perdida, una no ficción de David Grann, periodista de The New Yorker, en la que se recupera una de las figuras más emblemáticas de la exploración amazónica: Percy Harrison Fawcett. Es como si, instalada en el imaginario colectivo la idea de que ya no quedan territorios vírgenes en el planeta, los escritores hubieran decidido mirar al pasado para seguir hablando de esa épica del viaje hoy en peligro de extinción. Porque, como dice la nieta de Fawcett en este libro, “en sus tiempos, uno podía marcharse con el fin de descubrir alguna parte recóndita del mundo. Ahora, ¿a dónde se puede ir?”.

Obsesionado con la búsqueda de restos arqueológicos que demostraran la existencia de una civilización avanzada en el corazón del Amazonas, el coronel Fawcett no solo se convirtió, a principios del siglo XX, en uno de los exploradores más destacados de la Royal Geographical Society, sino también en uno de los aventureros más famosos de todos los tiempos. Este ex espía del gobierno británico, soldado de la Primera Guerra Mundial y aficionado al ocultismo se enfrentó a los estamentos científicos de la época al asegurar que, en los aledaños del río Xingú (Mato Grosso, Brasil), se alzaba una ciudad cuya mera existencia cuestionaba la “teoría del determinismo ambiental” imperante en aquel entonces, según la cual las condiciones de vida en la selva imposibilitaban el desarrollo de cualquier tipo de sociedad avanzada. El británico dedicó toda su vida a la búsqueda de ese lugar, que bautizó con el lacónico nombre de z, y su empresa fascinó a tanta gente que la industria del cine y las cabeceras de los periódicos estadounidenses la convirtieron en un asunto de interés internacional. Millones de lectores compraban la prensa a diario para seguir las andanzas de aquel militar a quien, paradójicamente, tomaban por loco.

Tras varios intentos fallidos y ya convertido en el hazmerreír de la comunidad científica, Fawcett se internó en la selva en 1925 y nunca volvió a salir. Esta desaparición engrandeció su leyenda del mismo modo que lo hicieron las de Andrew Irvine en el Everest, John Franklin en el ártico canadiense y Roald Amundsen en el mar de Barents, y provocó la aparición de cientos de exploradores dispuestos a partir en su búsqueda (en su mayoría, tampoco regresaron), amén de generar toda una industria del entretenimiento cultural que se podría resumir con tres ejemplos: Arthur Conan Doyle se inspiró en las teorías de Fawcett para escribir El mundo perdido (1912), novela en que unos exploradores encuentran una meseta todavía habitada por animales prehistóricos; en el álbum de Tintín La oreja rota (1937), Hergé hace que su famoso reportero localice en el Amazonas a un aventurero británico (presunto alter ego del coronel desaparecido) al que comenta: “Todo el mundo lo da por muerto”, y a lo que el otro responde: “He decidido no regresar a la civilización”; y en la novelita Indiana Jones y los siete velos (Rob MacGregor, 1991) el hollywoodense arqueólogo localiza a Fawcett en la mitad de la selva y juntos demuestran la existencia de z. El hecho de que la cultura popular se siga ocupando de aquel explorador indica sobradamente la fama que sus aventuras tuvieron y siguen teniendo.

Así pues, fascinado por la leyenda tanto del hombre como de la ciudad, David Grann emprendió en 2005 su propio viaje al Amazonas y escribió este libro en el que, además de reflexionar sobre la obsesión y el espíritu de aventura, dibuja un retrato estremecedor de la degradación a que ha sido tradicionalmente sometido el pulmón del planeta a manos no solo de los conquistadores (cuya destrucción se revela aquí mucho mayor de lo que todos habíamos imaginado), sino también de esos industriales del caucho, de la soya, de la madera y de la energía que, además de esquilmar la selva, la han convertido en la mayor fábrica de esclavos del siglo XX y, también, XXI. Paralelamente a esta denuncia, Grann analiza el cambio de paradigma científico producido a lo largo de las últimas décadas, prestando especial atención a la investigación realizada por el arqueólogo Michael Heckenberger, cuyo trabajo ha demostrado que el Amazonas no es ese “paraíso ilusorio” del que habló su colega Betty Meggers, sino un lugar donde realmente existió cuando menos una sociedad capaz de construir carreteras, levantar puentes y crear núcleos urbanos más poblados que la mayoría de las ciudades europeas del medievo. Por tanto, una civilización en toda regla que, de no haber sido brutalmente aniquilada, podría habernos ayudado a comprender que el ser humano puede vivir –y evolucionar– en perfecta comunión con la naturaleza. ~


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