artículo no publicado
Fotografía: Ricardo Salazar

El sufragio de las almas

Rulfo tenía seis años cuando asesinaron a su padre. Fue el tema obsesivo de su obra, no solo por los ambientes violentos de sus historias, sino por su convencimiento de que la verdad está más allá de los hechos comprobables.

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A la obra breve, apenas murmurada, de un escritor discreto y taciturno, le ha sido añadida toda una biblioteca de aparato crítico. Cuando este 16 de mayo se cumpla el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, otros torrentes de adjetivos se van a derramar sobre la obra de un hombre que siempre prefirió lo sustantivo. A pesar de la fama, Rulfo nunca pudo vivir de sus libros y vino a jubilarse dos años antes de morir; muchos otros, en cambio, críticos y profesores, han vivido de estudiarlos o de comentarlos. Algunos artículos ayudarán a comprender la fascinación que sus páginas siguen generando en sus lectores; otros serán elogios excesivos, diatribas o polémicas inútiles: ruido.

En el intento de no formar parte de ese mismo coro disonante, me he acercado a una de las tumbas de Rulfo (las fotografiadas por él) y he apoyado la cabeza sobre la lápida en busca de una pista. Desde las sombras no se oía siquiera un leve crujir de huesos. “¿Qué dice?”, me preguntaron. “No se le entiende. Parece que no habla, solo se queja.” “¿Y de qué se queja?”, insistieron. “Pues quién sabe.” “Debe ser por algo. Nadie se queja de nada. Para bien la oreja.” Me concentré cuanto pude. Nada. “Se queja y nada más”, dije, queriendo ser un eco de su voz o una sombra de su sombra.

Sí, creo que el hombre seco, lacónico, en ocasiones algo quisquilloso, se quejaría de lo que está pasando con él, con sus textos que no deberían tener dueño, con las mezquinas disputas entre sus lectores, sus intérpretes y los herederos que pretenden monopolizar “el mágico sonido de su nombre”. Se queja y nada más, porque todo esto no está bien. Para no añadir más ruido a tanto desconcierto, quiero hacer de la breve obra de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, hijo de Nepomuceno Pérez, asesinado, mi propia lectura. Lo que su novela, sus cuentos, sus fotos y lo poco que sé de su vida, me dicen a mí, su humilde lector y su indigno colega.

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Los hijos de padres cuya vida fue interrumpida por una muerte violenta estamos condenados (también podría decir salvados) a conversar con ellos, en silencio, en la imaginación, el resto de nuestras vidas. Su voz ausente de algún modo resuena y palpita dentro de las paredes del cráneo, viva todavía. Traigo en mi auxilio, para demostrarlo, no a algún clásico griego que podría confirmar lo que digo, sino a otro mexicano, Alfonso Reyes, hijo del general Bernardo Reyes, asesinado la mañana del 9 de febrero de 1913. Con todo el pudor de su pluma reticente, en un bellísimo ensayo que nunca quiso publicar en vida, Alfonso Reyes nos dijo, póstumamente:

Es difícil bajar a la zona más temblorosa de nuestros pudores y respetos. De repente sobrevino la tremenda sacudida nerviosa, tanto mayor cuanto que la muerte de mi padre fue un accidente, un choque contra un obstáculo físico, una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contra las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y sangrientas, que no solo interesan a una familia, sino a todo un pueblo. Su muerte era la culminación del cuadro de horror que ofrecía entonces toda la ciudad. [...] Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse, para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas. Mis hábitos de imaginación vinieron en mi auxilio.

Es a estos “hábitos de imaginación”, tan recurrentes en la escritura y en la mente de Rulfo, a los que voy a referirme más adelante. Pero todavía necesito que la limpia prosa y la implacable franqueza de Reyes me ayuden a entenderlo. Sigue así el gran filólogo y pensador:

Discurrí que estaba ausente mi padre –situación ya tan familiar para mí– y, de lejos, me puse a hojearlo como solía. Más aún: con más claridad y con más éxito que nunca. Logré traerlo junto a mí a modo de atmósfera, de aura. Aprendí a preguntarle y a recibir sus respuestas. A consultarle todo. [...] El proceso duró varios años, y me acompañó por viajes y climas extranjeros. Al fin llegamos los dos a una compenetración suficiente. Yo no me arriesgo a creer que esta compenetración sea ya perfecta porque sé que tanto gozo me mataría, y presiento que de esta comunión absoluta solo he de alcanzar el sabor a la hora de mi muerte. Pero el proceso ha llegado ya a tal estación de madurez, que estando en París, hace poco más de dos años, me atreví a escribir a un amigo estas palabras más o menos: “Los salvajes creían ganar las virtudes de los enemigos que mataban. Con más razón imagino que ganamos las virtudes de los muertos que sabemos amar.” Yo siento que, desde el día de su partida, mi padre ha empezado a entrar en mi alma y a hospedarse en ella a sus anchas. Ahora creo haber logrado ya la absorción completa y –si la palabra no fuera tan odiosa– la digestión completa. Y véase aquí por dónde, sin tener en cuenta el camino hecho de las religiones, mi experiencia personal me conduce a la noción de la supervivencia del alma y aun a la noción del sufragio de las almas, puente único por donde se puede ir y venir entre los vivos y los muertos, sin más aduana ni peaje que el adoptar esa actitud del ánimo que, para abreviar, llamamos plegaria.

¿No podría definirse la obra de Rulfo, usando las palabras de Reyes, como un “puente por donde se puede ir y venir entre los vivos y los muertos”? Y este puente, esta comunicación con las voces del más allá, con lo que es apenas alma, o ánima en pena, según Reyes, se realiza gracias a la supervivencia, en sí mismo, de su padre asesinado, en el alma viva que escucha al muerto, que conversa con él, a él se dirige en forma de plegaria, y a él comprende, o exonera de culpas, en forma de sufragio.

Volveré más adelante a esta idea, pero quisiera detenerme antes en un concepto al que se ha referido uno de los amigos de juventud de Rulfo, y el mismo Rulfo: sus mentiras.

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Así lo escribe, sin medias tintas, Antonio Alatorre en un ensayo de 1996: “Juan tuvo siempre el hábito de la mentira. Empleo la palabra mentira sin ninguna carga moral, en el sentido desnudamente objetivo de ‘falta de verdad’. Juan rodeó su persona y su obra de toda clase de mentiras, o digamos ocultaciones, ficciones, inventos, medias verdades, silencio. [...] Bien visto, se trata de un fenómeno humano general: todos ocultamos, todos fingimos, todos representamos un papel en el gran teatro del mundo. Pero en Juan Rulfo este fenómeno estaba como exacerbado.”

Como previendo que sus amigos podían llegar a quitarle algunas de sus máscaras, especialmente después de muerto, el mismo Rulfo se reconoció a sí mismo como mentiroso en una de sus muy escasas incursiones teóricas: “Todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. [...] A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y así es. Para mí lo primordial es la imaginación. [...] La imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura.”

Javier Cercas ha dicho acertadamente, retomando una idea de Vargas Llosa, que “un novelista es un mentiroso que dice la verdad”. Rulfo se ampara, en su defensa, en el mismo burladero. No cabe duda de que este es el pacto entre escritor y lector cuando nos aproximamos a una obra de ficción: se inventan y cuentan historias no ocurridas (mentirosas) para decir verdades. Pero lo curioso es que Alatorre no está hablando de las mentiras en las obras ficticias de Rulfo, sino en la vida diaria. Y más curioso aún lo que Rulfo reconoce: “todo lo que platico o escribo nunca ha sucedido”. Y digo curioso porque el pacto al escribir novelas no es el mismo pacto que tenemos al “platicar”. Tal vez por eso mismo Juan José Arreola declaró una vez, refiriéndose a su amigo Rulfo: “En ocasiones, cuando conversaba con él, tenía la impresión de que los dos mentíamos, pero que estábamos de acuerdo en hacerlo.” Conversaban como quien lee o escribe novelas, mintiendo adrede y suspendiendo la incredulidad.

Si volvemos ahora a Alfonso Reyes, y a la comunión de las almas, creo que puedo tener algunas intuiciones que, paradójicamente, me resultan confirmadas por las “mentiras” de Rulfo o al menos por ciertas historias personales que el escritor siempre quiso ocultar.

La primera es la de su formación católica, no solo como irremediable efecto de la cultura mexicana en que vivió, sino también, y sobre todo, como efecto de su educación formal. La fuente de su obsesión por las ánimas en pena, por la comunicación con las almas de los muertos, no es ningún fruto de la imaginación, sino algo “real” en la escatología católica, en su concepción religiosa del más allá, o de lo que persiste vivo después de la muerte: el espíritu, el hálito, la voz. Las buenas obras y el rezo son, en esta misma tradición católica, un sufragio (un alivio), para las almas condenadas a vagar cerca del lugar de su muerte, o que penan todavía en el purgatorio. Que Rulfo esté embebido hasta el tuétano en esta tradición, en este imaginario, lo revela el constante ir y venir que hay en Pedro Páramo de las voces y las almas entre los vivos y los muertos, y la presencia asfixiante y perturbadora de un más allá fantasmagórico. Pero lo revela también uno de sus más llamativos ocultamientos: Juan Rulfo nunca quiso contar, y su página oficial no lo registra ni siquiera hoy, que había pasado dos años en el Seminario Conciliar de Guadalajara.

Así lo cuenta Antonio Alatorre: “La [mentira] que ahora voy a mencionar –y que a mí me impresiona– es una mentira ex silentio, o, digamos, una verdad tenazmente cancelada y enterrada.” Y esta es que entre noviembre de 1932 y agosto de 1934, Rulfo cursó dos años como seminarista y tuvo que salirse de estos estudios de cura porque fue reprobado en latín. Una persona sensible como Rulfo no pasa indemne dos años por un seminario católico. Y su obra puede ser leída como puramente fantástica en cualquier contexto no católico. Pero en un contexto católico es tan “realista” como el viaje de Dante al Infierno, así como en un contexto helénico el descenso al Hades de Ulises es solo la extensión literaria de lo que la religión de la época prescribe como exacto: una incursión en una geografía de la ultratumba, tan real como la del más acá. Paradójicamente, para la concepción católica de la muerte, que las almas vaguen y hablen no es una mentira, una ficción, no es fantasía, sino una verdad de a puño. Para un católico fervoroso e ingenuo, entonces, la lectura de Pedro Páramo no tiene nada de fantástica: es sencillamente escatología católica. Las fuentes católicas de esta gran novela son fantásticas tan solo en el sentido de Borges, que veía en la teología una rama más, y muy fecunda, de este género literario.

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Pero el sufragio de las almas del que habla Alfonso Reyes al referirse a su padre asesinado está, como él dice, “fuera del camino hecho por las religiones”. En el proceso de evocar al padre asesinado, un escritor se sumerge tanto en el homicidio, en el homicida, y se compenetra tanto con el asesinado, que llega a sentir que es él y así, mágicamente (pero no religiosamente), lo resucita. Para poder llegar a esta identificación con el padre muerto, hay un intento por saberlo todo. Querer saber hasta el último detalle es una de las perversiones, de los masoquismos, de esa tarea por re- construir la verdad, los hechos reales, del episodio más trágico. Rulfo, en público, evadió siempre esa historia mediante una frase hecha y muchas veces repetida: su padre habría sido asesinado “por motivos sin importancia”. Al menos una vez, en cambio, en una entrevista nocturna (y regada con alcohol) con Fernando Benítez, Juan Rulfo acabó por contarle de qué manera habían matado a su padre, Nepomuceno Pérez, en 1923. Leámoslo, e imaginemos su voz pastosa, popular y refinada al mismo tiempo, como la describe Benítez:

Tenía seis años cuando asesinaron a mi padre porque, tú sabes, después de la Revolución quedaron muchas gavillas. Mi padre tenía autorización para confirmar del obispo de Papantla, pues en tierras agitadas podían delegar ese sacramento en los seglares. Recaudaba el dinero de las confirmaciones y lo daba a los curas. Regresaba de una gira cuando fue asaltado y muerto por los gavilleros. Tenía treinta y tres años. Mi madre murió cuatro años después.

Según lo que ha venido a saberse, a partir de varias fuentes, después de la muerte de Rulfo, la historia anterior es una mentira grande como una catedral. No solo es falso lo adjetivo, sino, y sobre todo, lo sustantivo. Benítez, en su momento, obviamente no se percata del ocultamiento, y simplemente transcribe lo que Rulfo le cuenta. Lo cu- rioso es que la invención de Rulfo, en este como en otros casos (su base para fantasear o para mentir), venga otra vez envuelta en una fábula católica, que involucra obispos y curas. Su padre podía confirmar en la fe por dispensa del obispo, cerca de Tuxcacuesco, que era el nombre real que tenía Comala, el pueblo imaginario, en la primera redacción de Pedro Páramo, y el territorio donde su abuelo materno, Carlos Vizcaíno, tenía una importante hacienda. A la hora de no contar la verdad, Rulfo recurre a algo sagrado, lo que de alguna manera refuerza la verosimilitud de la mentira.

Decía Juan José Arreola que Rulfo “siempre fue retraído, sí, y tímido. Pero quizás esas no son palabras adecuadas para describirlo. Era al mismo tiempo un poco huraño, cazurro, ladino. Hay una palabra que se usa o usaba por aquí en Jalisco, que describe su socarronería: mozongo. Eso es, Juan Rulfo era mozongo y entrambulicado”. He averiguado que en Colima “entrambulicar” es esconder algo profundamente. En gallego es complicar un asunto hasta volverlo incomprensible. Y sigue Arreola: “Percibí en Rulfo lo que puedo describir como una fuerza oblicua, semejante al trote del coyote. Tanto él como sus personajes parecían ver las cosas, juzgarlas, de una manera oblicua, al sesgo, yo diría que en bies. No había una recta en su pensamiento o en su modo de contar las cosas, sino un diagonalismo, un espíritu de alfil.”

Voy a intentar desentrambulicar este enredo; de enderezar esta extraña diagonal. En vida de Rulfo, el periodista Guillermo C. Aguilera Lozano consiguió desenredar las fechas y el lugar de nacimiento de Rulfo, mediante el acta de nacimiento y la partida de bautismo, que Rulfo también había cubierto de velos e inexactitudes. No había nacido en el año 18, como declaraba, sino en el 17, ni en San Gabriel o en Apulco, como sostenía, sino en Sayula, y ni siquiera se llamaba Juan Rulfo, sino Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Pero Aguilera hizo algo más: les preguntó a dos de sus hermanos, Severiano y Eva, cómo había muerto el padre de los tres, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo. Cuenta Aguilera que “Eva y Severiano no querían hablar y cuando lo hicieron me pidieron que no dijera que ellos me habían dado datos. Dicen que ‘Juan se enoja mucho porque detesta la publicidad’”. Más que la publicidad, aventuro, lo que detestaba Rulfo era que se supieran cuáles eran las fuentes fácticas de su fantasía. Sea como sea, la que sigue es la versión de Severiano, refrendada por Eva y publicada por Aguilera tras la muerte de Rulfo:

Ni fue un peón de la finca, ni fueron unos asaltantes de caminos. Fue el hijo del presidente municipal de Tolimán, Guadalupe Nava. Según me platicaron a mí, era un muchacho de esos muy machos, borracho y pendenciero. Mi papá había hablado con él sobre un asunto de unas reses de ellos que se habían metido en la labor de mi padre. Como él tenía que ir a arreglar un asunto, le pidió a Nava que arreglara esa cuestión con el mayordomo. Sin discusiones se despidieron y mi papá se dirigió a llevar unas medicinas a una enferma. Allí se encontró de nuevo a Guadalupe Nava, que se ofreció para acompañarlo de regreso. Iban para San Pedro mi papá, el peón que lo acompañaba y Nava, que platicaba con mi padre tranquilamente. Al llegar a donde tenía que abrir la puerta, el peón se adelantó a hacerlo, mientras el otro se retrasaba y disparaba por la espalda a mi padre. La bala entró por la nuca y salió por la punta de la nariz. Eso ocurrió el 23 de junio de 1923 y al asesino jamás lo detuvieron, pues gozaba de protección en su pueblo. Murió hace unos doce o quince años.

En 2005, en una conversación informal con José Andrés Rojo para El País de Madrid, dos de los hijos de Rulfo, Juan Carlos y Juan Francisco, le dieron más detalles sobre la forma en que murió el abuelo: que el crimen había ocurrido el 1 de junio; que el caballo no se había movido del lado del hombre asesinado y que habían colgado el cadáver a lomo del mismo caballo para llevarlo hasta la hacienda. Se conmemoraban cincuenta años de la publicación de Pedro Páramo y el hijo menor hacía un documental sobre el tema. Pocos meses antes había salido la biografía de Rulfo escrita por Alberto Vital, donde también se cuenta el asesinato a manos de Guadalupe Nava, y algo más: que en la muerte de la madre había influido bastante el hecho de haber visto dos veces, libre e impune, paseándose por las calles de San Gabriel, al asesino.

Las erratas que comete el editor de un gran libro suelen ser, para sus lectores más finos, un quebradero de cabeza sin solución. El autor de la edición crítica de Pedro Páramo, en Cátedra, José Carlos González Boixo, consiguió entrevistar al mismo Rulfo para aclarar unas dudas sobre algo que a él le parecía una errata en la edición original. En el capítulo en que la madre de Pedro Páramo informa a su hijo que su padre ha muerto, el episodio se concluye con algo que no puede ser un diálogo:

–Han matado a tu padre.

–¿Y a ti quién te mató, madre?

Rulfo no duda en confirmar que hay ahí una errata: “Ah, sí, cuando dice que han matado a su padre es un muchacho, pero cuando dice ‘¿Y a ti quién te mató, madre?’ ya es grande. Falta interlinear eso, lo pusieron junto, es un pensamiento que le viene.” Lo más extraño es que el mismo González Boixo, en su edición, no suprime, como debiera, el guion de diálogo, para dejar el texto como un pensamiento que le viene a Pedro Páramo mucho después. Y así, con esa errata, se sigue editando el libro. Cuando se sabe que la madre de Rulfo (y la de Páramo) murieron de pena al ver libre al asesino del padre, esta errata es todavía más llamativa y más inexplicable que se la mantenga.

Pero volvamos a Guadalupe Nava y a su víctima, Nepomuceno Pérez. “¡Diles que no me maten!” no es solo uno de los mejores cuentos de Rulfo sino uno de los mejores de la lengua española, o, para no dar más rodeos, uno de los más grandes de este género literario. Desde que lo leí por primera vez, hace varios decenios, me dejó una profunda impresión, no solo de perfección formal y de belleza, sino de verdad. De misteriosa verdad. Cuando se lo lee sin saber el nombre del asesino de Nepomuceno Pérez Rulfo, uno de todos modos piensa que es Rulfo quien habla por boca del coronel que manda fusilar a Juvencio Nava: “Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros eso pasó. [...] Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna.” El énfasis, la ira involuntaria con la que Rulfo lee en voz alta este pasaje del cuento, es otro de sus milagros, aparte del milagro técnico y artístico que es oír esas palabras en boca del autor, que aquí no es autor, ni miente, o mejor dicho, que nos miente haciendo pasar por ficción algo que es la pura verdad, situada en la zona más temblorosa de su pudor y respeto. Rulfo lee aquí como quien recita una plegaria, diría Reyes, y el trozo está plagado de alusiones religiosas. Pero lo que más impresiona son las alusiones reales: el lío de linderos, la libertad del asesino, los nombres repartidos entre víctima y victimario: para este el apellido y para aquel el nombre.

No se trata de creer, literalmente, en las ilusorias indulgencias que ganaría uno, o los muertos, cuando evocamos en una oración, en un escrito, a los ya fallecidos que aún queremos. Pero en esa especie de plegaria laica que es la escritura, cuando evocamos a quienes ya no están, y los seguimos queriendo, se rescata algo de la vida, del aliento o de la voz del muerto. Hay en la palabra que nombra al ausente, siempre, una pequeña magia de resurrección. Puede haber en ella, además, una satisfacción vicaria, e incluso una venganza simbólica, un desagravio para quien sufrió el peor de los agravios. ¿Hay algo de esto en la prosa recatada de Rulfo? Me atrevo a creer que sí. Y me atrevo a afirmar que el tema obsesivo en Rulfo, tanto en Pedro Páramo como en algunos de los cuentos, el de la muerte violenta del padre, no es otra cosa que una repetida plegaria escrita, y por ende el sufragio de las almas que tan bien describió Alfonso Reyes.

Creo que quizá no era Rulfo tan entrambulicado, como decía Arreola. Lo entrambulicado era su vida. Y tal vez tampoco era tan mentiroso, Rulfo, sino que intentaba buscar la verdad a través de esa necesaria e inevitable transformación de los hechos que se comete en la ficción. Esconder, o mejor, entrambulicar los hechos de donde parte la fantasía es una manera de proteger la mentira de la ficción (o su verdad más profunda), mediante el ocultamiento de la verdad de la realidad. En la respuesta a una pregunta de Joseph Sommers, Juan Rulfo explica, indirectamente, lo que ha querido descubrir, a través de la ficción, con su obra: “Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y de crueldades.” Cuando no hay un punto de apoyo en la realidad para explicar el horror de lo real, no queda otro camino que recostarse en “los hábitos de la imaginación”, es decir, en la fantasía, o en eso que solo los superficiales se atreven a llamar mentira. ~


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