artículo no publicado

Trump y el reto sindical en Estados Unidos

Los sindicatos deberán pelear por reafirmarse como interlocutores políticos con sus propios y ser portavoces de un mensaje, depurado de connotaciones nacionalistas y xenofóbicas, contra el cierre de fábricas y pérdida de empleos.

En mayo de este año llegó a mi manos un borrador de volante promoviendo un boicot contra Nabisco, que recién había anunciado la reubicación de la producción de su galleta más famosa de Chicago a México. El boicot era promovido por un sindicato del ramo alimenticio que solicitó el apoyo de la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL-CIO). La federación tiene un proceso de consulta para cerciorarse de que los boicots patronales que respalda no entren en conflicto con otras campañas públicas, como las de migración y voto latino, en las que participo, y por eso pidieron opinión y la de otros.   

Lo que siguió fue un mini escándalo en el que varios colegas objetamos que el volante dirigiera la atención a la mano de obra mexicana, mucho más que a la decisión de la empresa de reubicar su producción, como objeto del boicot. El mensaje sonaba demasiado parecido a las vociferantes denuncias de Donald Trump de que México “se roba” los empleos de los estadounidenses, las cuales ya para entonces se habían convertido en uno de los ejes de su campaña.

En su larga batalla contra los tratados de libre comercio, el movimiento sindical estadounidense ha luchado mucho contra su propia tendencia a mezclar la legítima defensa de los puestos de trabajo de sus agremiados con un latente malestar hacia sus pares de otros países. Desde la negociación del TLCAN la idea de que los trabajadores mexicanos deliberadamente despojan de sus empleos a los estadounidenses (y canadienses) quedó arraigada en la psique de algunos afiliados de base y representantes sindicales. La dirigencia nacional de la federación y muchas de las dirigencias regionales, así como los mayores sindicatos de industria, tienen programas de formación que promueven la solidaridad obrera internacional frente a los efectos del libre comercio: pérdida de fuentes de trabajo en un lado y condiciones de explotación en las plantas reubicadas, pero los viejos prejuicios se resisten a morir.

En ese suelo fértil, el discurso de Trump defendiendo el proteccionismo comercial en nombre de los pauperizados trabajadores estadounidenses encontró un enorme eco. Los sindicatos movilizados en apoyo de la campaña de Hillary Clinton y otros candidatos demócratas, no hallaron la manera de evitar que Trump cooptara el viejo mensaje contra el libre comercio y lo esparciera, aderezado de cruda xenofobia y prejuicios anti-inmigrantes, entre trabajadores del llamado Cinturón del Óxido (Rust Belt), muchos de ellos sindicalizados que entre los que más duramente han resentido los efectos de la desindustrialización en la región. 

Las anécdotas comenzaron a llegar a las oficinas de la Federación en Washington desde los primeros días. Activistas asignados a visitar hogares sindicales caminando entre decenas de carteles de Trump; trabajadores que terminaban abruptamente la charla a la primera mención de Hillary Clinton; respuestas agresivas, incluyendo un par de casos de personas dejando entrever la pistola al cinto para ahuyentar al visitante.

A la hora de hacer campaña mediante llamadas telefónicas automatizadas desde el edificio de la federación, la historia no fue diferente. Hacia el final de la contienda, se suponía que los modelos de análisis de votantes habrían seleccionado hogares propensos a votar por los demócratas, por lo que el guion de la llamada se centraba en la información sobre la ubicación de las casillas y los horarios de votación anticipada. Sin embargo,  en la realidad nos encontrábamos con muchos votantes indecisos que repetían al dedillo el último escándalo adjudicado a la candidata demócrata y se mostraban reacios a considerarla seriamente como opción. Entre esos mismos votantes en teoría “ya convencidos” nos encontramos a no pocos simpatizantes de Trump.

Aunque las encuestas no dejaban de mostrar una modesta ventaja para Clinton en los estados post-industriales: Pennsylvania, Michigan y Wisconsin, y una competencia cerrada en Ohio, nosotros sabíamos que las muestras de apoyo a Trump registraban niveles alarmantes: carteles por todas partes, pegotes en los autos, camisetas y declaraciones abiertas de simpatía aún en los locales sindicales. La denuncia del libre comercio,  base del mensaje de campaña de Trump,  que hallamos tanto en conversaciones en persona en el Rust Belt como en las llamadas telefónicas desde la sede en Washington, no era muy diferente del mensaje que ha repetido la Federación desde hace más de dos décadas. Fue difícil, aunque ciertamente no imposible, para los activistas electorales reconocer la validez del argumento anti libre comercio y redirigir el apoyo a la candidata que competía con su portavoz. Al final, los resultados electorales confirmaron los peores temores; la derrota de Hillary Clinton en el “Rust Belt” le dio la victoria a Trump.

Los datos finales aún están por llegar, pero sabemos a grandes rasgos que una tercera parte de los votantes sindicalizados apoyaron a Trump en Ohio, Pennsylvania y Wisconsin. También sabemos que los trabajadores no sindicalizados votaron por Trump en proporciones aún mayores que los sindicalizados, por lo que queda claro que los sindicatos y sus brazos electorales conservan capacidad de persuasión política entre sus agremiados.

El reto sindical en Estados Unidos durante la próxima administración es enorme. Los sindicatos no solo pelearán por sus vidas ante un seguro embate de los republicanos en contra de la negociación colectiva, a través de las llamadas leyes de “right-to-work”, que permiten a trabajadores no sindicalizados disfrutar de los beneficios de los contratos colectivos sin tener que contribuir con cuotas a la organización. Más decisiva aún será la lucha de los sindicatos por reafirmarse como interlocutores políticos con sus propios miembros y con trabajadores no sindicalizados, así como portavoces de un mensaje contra el cierre de fábricas y pérdida de empleos, depurado de connotaciones nacionalistas y xenofóbicas. Del éxito de esta misión depende en parte la conformación de un renovado polo progresista que arroje alguna luz en la noche que se avecina.