artículo no publicado

Rajoy, el incrédulo

Rajoy observa a la oposición con incredulidad, como si le costara creer que su gestión pueda ser criticada.

Rajoy nunca habla de patria, pero su concepción de la política es patrimonial: el Gobierno lleva años usando las instituciones a su antojo, cooptando organismos que deberían ser independientes, subvencionando medios afines con criterios oscuros, utilizando la televisión pública como órgano de propaganda, espiando a rivales políticos a través de órganos públicos. La retórica de Podemos es exagerada. El partido no es franquista. Pero quizá sí tiene formas caciquistas. No solo lo demuestra con sus acciones sino con sus palabras. Las intervenciones de Rajoy contra la oposición en el parlamento son mordaces, a veces brillantes, en un lenguaje decimonónico, y casi siempre como si unos extraños hubieran entrado en su casa para reprocharle el color de las cortinas, o el tapizado del sofá.

En sus intervenciones en la moción de censura de Podemos, el presidente hizo una valoración de la incapacidad de Iglesias como si estuviera conociendo al pretendiente de su hija: “No es usted fiable”. Un chiste de la web satírica El Mundo Today refleja esa postura: “¿Qué necesita una moción de censura para que prospere? El visto bueno del actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy”.

Rajoy no es Rafael Hernando, el mercenario retórico del partido. Hernando desprecia abiertamente, pone cara de asco. Como escribe Esteban Ordóñez en CTXT, “la idea es que cualquier argumento contrario, al llegar a su cara, quede ridiculizado”. Rajoy tiene una actitud incrédula, como si le costara comprender que alguien pueda cuestionar su gestión. No parece tanto ingenuidad como un leve desprecio por la oposición en general. Cuando Podemos acusa al partido de totalitario y franquista, Rajoy se frustra comprensiblemente. Pero, en cierto modo, la retórica épica, excesiva y escolar de Podemos tiene como aspecto positivo que destapa a un Rajoy que, en el imaginario popular es alguien que ni pincha ni corta, alguien inactivo y ridículo, cuando es el verdadero responsable de los excesos de su gobierno.

Una moción de censura tal y como la ha planteado Podemos no sirve más que para crear debate y mantener viva la llama de la supuesta emergencia social. Diluye el objetivo de cuestionar el mandato de un líder manchado por innumerables casos de corrupción (quizá lo mejor de la moción de censura fue la enumeración de los casos por parte de Irene Montero) y, sobre todo, ofrecer una alternativa. Podemos no ha negociado la moción con los demás partidos. En su intento por liderar simbólicamente la oposición, Podemos desprecia a la oposición. Montero acusa a Rajoy de pertenecer a una banda criminal. Iglesias repite la idea de que existen argumentos jurídicos para ilegalizar el PP. Rajoy se defiende diciendo que Podemos desprecia la democracia representativa y que su idea de gobierno va en contra del interés general. Más que un duelo entre posturas antagónicas, es un choque entre absolutos, entre partidos que ven al otro como ilegitimo, y muestra un desprecio por el pluralismo.