artículo no publicado

¿Por qué los liberales no salimos del armario?

¿Existen los liberales españoles? ¿Se esconden?

¡Ay, el liberalismo!, palabra denostada por casi todos, desde los que lo son de boquilla para reivindicar sus privilegios de alcurnia, quedándose solo con la parte que les conserva el bolsillo, hasta los que, puros, buenos, paladines de los justos, se apropian de su más noble tradición y dicen, mintiendo a sabiendas, que los liberales son tibios, ingenuos, interesados, e incluso (¡Oh, anatema!) monárquicos incorregibles. Porque ¿dónde están los liberales españoles?

Fue Baroja quien mejor expresó este drama que esconde a quien se dice, se piensa o se sabe liberal, con aquella máxima certera que no envejece, más bien reverdece: “En España, el reaccionario lo ha sido de verdad, el liberal lo ha sido muchas veces de pacotilla.” Es pertinente, parece, recuperar algunas de las concepciones sobre el liberalismo, toda vez que en nuestro debate intelectual o politológico parece que goza de cierto predicamento por la vía de la invocación, en un ejercicio de nigromantes, de algunos jerarcas de partido que pretenden una redefinición del conservadurismo español en términos liberales. Me refiero, por supuesto, a la torpe reivindicación de las Cortes de Cádiz por parte de Ciudadanos, una vez rechazado el camino de la izquierda moderada en su proustiana y melancólica búsqueda del voto perdido del Partido Popular. O incluso a la ya remota definición del camaleónico Pedro Sánchez como social-liberal, en uno de sus muchos cambios de traje que le han convertido, con permiso de Pablo Iglesias, en el más insustancial de los delanteros centros de la política española, sublime para el regate, pero sin gol.

Porque resulta bastante paradójico que, viviendo en sociedades liberales, sea el liberalismo el gran desconocido, habida cuenta de sus rotundos pero discretos éxitos en la definición de nuestras estructuras institucionales. Quién sabe, quizá sea porque la prudencia es una de sus virtudes. Aunque existen también quienes, fogosamente, reivindican la pureza de una suerte de liberalismo utópico, como bien apuntaba Manuel Arias en su reseña a los libros de David Boaz y Pedro Schwartz. Decía allí Arias que la base del liberalismo es una concepción prepolítica de la libertad individual, “indisponible para la coerción estatal”, y ahí está ciertamente el fundamento del liberalismo clásico y de sus muchas herejías junto a (y cito de nuevo) al menos los siguientes principios: “desconfianza hacia la naturaleza humana; escepticismo acerca de la existencia de verdades absolutas o formas de vida correctas; y, ¡ale hop!, optimismo sobre el progreso general de las sociedades”. 

Sucede que la contradicción de las contingentes recuperaciones del epíteto “liberal” parece contaminada por preconcepciones ideológicas, olvidando la sabia lección oculta en la difícil prosa técnica de John Rawls, esa que reivindica el liberalismo como una no-ideología o metaideología, una defensa racional del marco de convivencia, de naturaleza procedimental e institucional, que permita el desarrollo individual mediante la persecución activa de un cierto escepticismo frente a las ideologías y una firme prevención contra los presbíteros de la ética, los briosos románticos cargados de principios irrenunciables a los que el maestro Rafael del Águila denominó con irónico tino con aquella feliz expresión de “sacerdotes impecables”. Y sucede también que, afortunadamente, esta flexibilidad moral propia del liberalismo ha permitido incluir en sus formulaciones materiales o históricas otras reivindicaciones, fundamentalmente bienestaristas, aunque (todo hay que decirlo) también mercantilistas, últimamente de la traicionera mano de nacionalismos y populismos de toda ralea.

Podemos, en fin, afirmar que en ese marco programático cabe casi cualquier discusión ideológica, incluso dentro de la concepción del concepto de libertad, que es también el borgiano río de Heráclito, pues el concepto de libertad de ayer no es el de hoy, “y el de hoy no será el de mañana”. Con lo que llegamos al MacGuffin de este artículo, su particular “aparato para atrapar leones en los highlands escoceses”: ¿y los liberales españoles? ¿Existen? ¿Se esconden? ¿Por qué no salen del armario?

España y el liberalismo

Preguntarse por el liberalismo español es también inquirir por nosotros los españolitos, quienes al parecer carecemos de ese carácter liberal ejemplificado por Isaiah Berlin, Raymond Aron o Stuart Mill; es preguntarse, en fin, por el porqué de nuestra dificultad para aceptar el pluralismo de valores, cuyo reconocimiento es la condición previa para siquiera pensar, en términos rawlsianos, un marco de convivencia vivible.

Sería injusto, de todas formas, asumir que se trata de un pecado nacional, pues al fin y al cabo (y afortunadamente) la ficción de los caracteres nacionales nunca es inequívoca u homogénea, y tampoco hay nada natural en el liberalismo anglosajón o en la formulación estatalista de los principios liberales típicos de la grandeur francesa. Todos los países tienen sus pecados, así que, rechazando liberalmente cualquier tentación esencialista, quizá alguien se atreva algún día a aventurar una hipótesis histórica recurriendo de nuevo a la tríada liberal de las Cortes de Cádiz, nuestro patrio, manido y poco leído Ab urbe condita liberal y democrático. Me refiero, claro, a realistas, americanos y liberales.

Pero más allá de estas vagas disquisiciones, lo cierto es que nuestro liberalismo moderno fue representado en España por las izquierdas, como reflejan las palabras de Indalecio Prieto al definirse como “socialista a fuer de liberal”, o la muy tajante afirmación de la manoseada Clara Campoamor: “Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo: soy liberal”. Y aunque ya sabemos el trágico camino que escogieron nuestras derechas, no debemos omitir que fue también la izquierda revolucionaria la que, para su vergüenza y como explica Manuel Chaves Nogales en su prólogo de A sangre y fuego, abjuraba de cualquier liberalismo antifascista y antirrevolucionario que se negase a creer “en la virtud salutífera de las grandes conmociones”.    

Más adelante, en la Transición, liberalismo y neoliberalismo pasaron a tratarse como sinónimos por influjo de la resistencia ante las políticas de Reagan y Thatcher, a lo que no ayudó la deliberada y maniquea apropiación, por parte de la derecha española, del liberalismo de la Guerra Fría de corte hayekeano, en lugar del más plural e integrador de Richard Rorty, Martha Nussbaum o, por supuesto, John Rawls. Así se completaría el confuso marasmo en el que se ha movido la palabra “liberalismo” en España, denostada por quienes en el fondo lo practicaban, al menos en su versión socioliberal (el PSOE), y reivindicada por aquellos que, durante tantos años, se vieron incapaces, en parte por razones de linaje, de abandonar el catolicismo meapilas del franquismo, como demuestra el empeño en reivindicar con tonto orgullo los crucifijos en la jura de muchos de nuestros cargos públicos. Y quizá es esa la razón por la que los liberales no salimos del armario, por la interesada trampa dualista entre izquierdas y derechas, fachas y rojos, buenos y malos, cuando en realidad, hacer coincidir el liberalismo con sus variadas formulaciones esperpénticas no es más que bailarles el agua a intereses electorales de uno u otro signo, siempre dispuestos a recurrir al subterfugio de la propaganda al olfatear las migajas del rédito electoral.

Porque en realidad, basta con no adherirse acríticamente a postulados ideológicos cerrados, estar dispuesto a cuestionarse las propias convicciones, aceptar las reglas del juego con sano escepticismo y las derrotas con elegante deportividad, saberse falibles y no únicamente racionales para poder decir, con Clara Campoamor: “Yo soy liberal.” Así que salgan del armario, por favor.