artículo no publicado

No todo lo que no te gusta es ilegítimo

La tarea de un líder político en una democracia es guardar un respeto escrupuloso con los procesos legales, reconocer la derrota y educar a su electorado con el ejemplo.

“No a la investidura ilegítima. Al final el golpe del régimen se ha consumado, Rajoy será finalmente investido en octubre. Será un gobierno ilegítimo de un Régimen ilegítimo”.

Así empieza la convocatoria de la concentración convocada este sábado ante el Congreso de los Diputados para protestar contra la investidura que cerrará un periodo de más de 300 días sin gobierno.

Merece la pena leer la convocatoria. Tsevan Rabtan ha mostrado en su blog las falsedades, tergiversaciones y contradicciones de un texto que habla de un “golpe de la mafia” y que afirma que “frente a un Congreso vacío de democracia oponemos nuestras plazas llenas de lucha”.

Uno de sus aspectos más llamativos es que niegue la legitimidad a la opción del adversario. A uno le puede gustar más o menos que el Partido Popular sea el partido más votado por los españoles, y que la diferencia aumentara en la segunda convocatoria electoral, o puede creer que la gestión que ha hecho el PSOE de una situación complicada ha sido más o menos desastrosa, pero los procedimientos han sido legales y legítimos.

En 2012 hubo otra convocatoria para rodear el Congreso. En aquel momento ya era difícilmente justificable. En estos cuatro años, el bipartidismo ha perdido fuerza y han entrado en las instituciones municipales, autonómicas y nacionales nuevas organizaciones políticas que han crecido en parte porque representaban el descontento con los partidos tradicionales. Si creemos las declaraciones más optimistas, los partidos tradicionales también han tenido que incorporar algunas de las inquietudes popularizadas por el 15M y sus spin-offs.

Aun así, sin embargo, hay más gente que prefiere otras opciones. En las elecciones de junio, la ventaja del Partido Popular aumentó.

No se puede decir que hayan faltado motivos, pero una de las cosas que más han contribuido a desacreditar a Donald Trump ha sido su negativa a comprometerse a aceptar el resultado de las elecciones si perdía frente a Hillary Clinton. Como ha escrito Jamelle Bouie, en ese momento se reveló que Trump no competía con Clinton, sino contra la democracia: un sistema de competencia pacífica por el poder basado en la revocabilidad de los cargos y el respeto a unas reglas compartidas. Lo que la coordinadora promueve se parece a esa postura de Trump.

La manifestación sería indecentemente frívola en sí, pero la adhesión de formaciones políticas y diputados es deprimente. Izquierda Unida promocionó este acto de intimidación con una foto de la manifestación de rechazo a la intentona golpista del 23F, quizá sin caer en la cuenta de que aquella concentración fue en defensa de las normas e instituciones de la democracia que ahora esa formación desprecia. Algunos dirigentes históricos de la izquierda española contribuyeron a traerlas y las apreciaban lo suficiente como para jugarse la vida por ellas.

Al debilitar la legitimidad de las instituciones, los diputados socavan también la suya. Tenemos la suerte de que la democracia española sea lo suficiente madura como para no tomar su puerilidad demasiado en serio.

Los diputados que se han sumado a esa convocatoria faltan al respeto, a cierto reconocimiento básico, de quienes han apoyado una opción diferente a la suya. Pero su actitud hacia muchas de las personas que los han apoyado tampoco es mucho mejor. En primer lugar, una tarea de un líder político en una democracia es guardar un respeto escrupuloso con los procesos legales, reconocer la derrota y educar a su electorado con el ejemplo. Y, en segundo lugar, muchos de quienes les han votado esperaban una acción política en las instituciones y para eso les otorgaron su confianza: su desprecio a la democracia contiene el desprecio a sus votantes.