artículo no publicado

Nacionalpopulismo catalán

El nacionalismo catalán ha sabido adaptarse al mundo posmoderno y al momento populista.

El fenómeno político más pujante de los últimos años es el populismo. Así se ha calificado el ascenso de partidos contestatarios del sistema desde la Grecia de Syriza hasta los Estados Unidos de Trump, pasando por accidentes plebiscitarios como el Brexit o la relevancia de candidatos como Grillo en Italia, Le Pen en Francia y Wilders en Holanda. En España se ha examinado con atención el auge de Podemos, una formación que se define como “nacionalpopulista” y que bebe ideológicamente de los teóricos de la doctrina en América Latina, con Laclau como principal referente.

No obstante, el de Pablo Iglesias no es el movimiento populista de más éxito en nuestro país. Hay un populismo que precede a esta oleada de líderes occidentales disruptivos y que alcanza su clímax justo ahora, cuando el momento político internacional parece más propicio a sus proclamas. Me refiero al nacionalismo catalán.

Si el populismo es un estilo político que busca la construcción y apropiación de un sujeto colectivo al que se denomina pueblo, y que se define en atributos morales que lo contraponen a una élite corruptora y extractiva, el nacionalismo practicado desde las instituciones catalanas de forma sostenida y casi continuada desde la Transición tiene mucho que ver con el populismo.

Durante décadas de ingeniería nacional se ha predicado la existencia de un pueblo catalán virtuoso, caracterizado por una ética del trabajo singular, por una honradez natural, por una disposición democrática y un talante moderno que poco tenían que ver con el resto del Estado español, marcado por una pereza asociada al sur, con el ademán provinciano de la Castilla más profunda, con la corrupción enrocada en la capital y con una larga tradición autoritaria, que va del absolutismo monárquico al régimen franquista, hasta desembocar en una democracia constitucional heredera de aquel y, por tanto, nacida con mácula. A este proceso, que implica la colonización de todo el espacio público, desde los medios de comunicación hasta las escuelas, los teóricos del populismo llaman “construir pueblo”.

El nacionalismo catalán constituye una corriente ideológica de viejo cuño, sostenida sobre rasgos lingüísticos y culturales que cobraron vigencia con la modernidad. No obstante, ha sabido adaptarse al mundo posmoderno y enriquecerse con los valores de este momento populista. La crisis económica se presentó como una oportunidad formidable para atraer a la causa a aquellos a los que el argumento etnosimbolista no había seducido. Uno podía estimar insuficiente el fet diferencial de la lengua y la historia catalanas para poner en marcha la secesión, pero encontrar buenas razones para querer romper lazos con un Estado en el que cada día estallaba un nuevo escándalo de corrupción y el paro batía su plusmarca. Se sumó así el componente antielitista al cóctel nacionalista, que cosechó cifras de apoyo récord.

Se elaboraron consignas burdas pero efectivas, no muy distintas de las que escuchamos luego a los promotores de Brexit, sobre el empuje económico que cobraría Cataluña tras la independencia, cuando acabara el expolio fiscal perpetrado desde Madrid. Cargar las tintas contra las élites radicadas en la capital también era una maniobra excelente que permitía a la administración catalana no rendir cuentas de su gestión autonómica, y colocar la causa secesionista en el centro de la vida política catalana era una forma sencilla pero eficaz de dejar de hablar de todo lo demás: empleo, tejido empresarial, sanidad, resultados educativos, infraestructuras, corrupción local.

La operación ha dado notables resultados y hoy en Cataluña no existe debate público que vaya más allá de la cuestión independentista. La conquista identitaria de todos los espacios políticos ha permitido la culminación de la famosa transversalidad que se atribuye a los movimientos populistas. Solo así puede entenderse que partidos de filiación ideológica tan dispar como la antigua Convergencia, ERC y la CUP se hayan puesto de acuerdo para gobernar. Una formación burguesa y conservadora, un partido de izquierda republicana y una candidatura anticapitalista de carácter asambleario solo pueden entenderse cuando hay un único tema de conversación: la independencia de Cataluña. El reverso de ese consenso es que se está hurtando a los ciudadanos de aquella comunidad una discusión política seria sobre la gestión de sus gobernantes y se está empobreciendo la conversación pública, cada vez más desprovista de matices y de lugar para el pluralismo.

Abandonada la responsabilidad que ha de obligar a los gobiernos para con sus ciudadanos, se procedió a la demolición del otro pilar político sobre el que se sostienen las democracias liberales: el principio de legalidad. Los partidos secesionistas han declarado su emancipación de las leyes, ante las que ya no parecen sentirse constreñidos. Se justifican apelando a la democracia, en lo que no es más que una maniobra clásica del populismo para propiciar un desborde constitucional y aprovechar la coyuntura para imponer la lógica plebiscitaria. O lo que Íñigo Errejón y Chantal Mouffe llaman “hegemonía y radicalización de la política”. La democracia representativa ha sido cuidadosamente devaluada para mayor gloria de la democracia directa, que ahora pretende revestir de legitimidad el procés. Se observó muy bien durante la manifestación tras el atentado de Barcelona, cuando los cuerpos de seguridad y los manifestantes ocuparon la primera fila, al tiempo que las autoridades electas eran relegadas.

De este modo, un nacionalismo histórico, de tintes decimonónicos, volcado sobre la nación ancestral, la lengua propia, la cultura diferenciada, el particularismo narcisista y la historia mitificada, ha conseguido actualizarse por medio de la estrategia y el discurso populistas para ser más atractivo y competitivo. Quizá sea este anclaje a la actualidad su mayor fortaleza, pero también un recordatorio de su carácter provisional. El tiempo pasa y los constitucionalistas tienen que empezar a jugar.