Meade, Anaya y AMLO: Discursos para la historia | Letras Libres
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Meade, Anaya y AMLO: Discursos para la historia

Los actores clave de la elección pronunciaron la noche del 1 de julio tres discursos que reflejan un momento de profundo cambio político.

La elección presidencial del 1 de julio nos dejó tres discursos para la historia, pronunciados por los actores clave de este momento de profundo cambio político: dos candidatos perdedores y el vencedor indiscutible de esta contienda.

Meade: un discurso de concesión redondo, de libro de texto. Pasadas las 8 de la noche, cuando las casillas habían cerrado en todo el país, el candidato del PRI, José Antonio Meade, apareció ante los medios para reconocer su derrota sin cortapisas ni matices. Su mensaje tuvo todos los elementos que debe tener un texto de concesión. Primero, el reconocimiento claro e inequívoco de la derrota, cuando afirmó: “Reconozco que las tendencias no me favorecen”. Segundo, desear éxito al ganador: “De acuerdo a las tendencias, fue Andrés Manuel López Obrador quien obtuvo la mayoría. Él tendrá la responsabilidad de conducir el Poder Ejecutivo, y por el bien de México, le deseo el mayor de los éxitos”. Tercero, agradecer a sus votantes, a los partidos que lo postularon, y a su equipo de campaña. Cuarto, emociones genuinas, como cuando le agradece su apoyo a su esposa y a su familia. Y quinto: generosidad y altura, al cerrar el discurso reiterando su deseo de éxito al vencedor. Al igual que pasó con Hillary Clinton, el discurso más emotivo y memorable de la campaña de Meade fue el de concesión. Pero eso no le resta todo el mérito y la importancia política a su gesto democrático.

Anaya: un discurso para defender espacios de poder. La decisión de Meade de reconocer  pronto la victoria de López Obrador dejó a Ricardo Anaya con dos opciones: aceptar la derrota de inmediato o agonizar varias horas y aceptarla más tarde. Anaya optó por lo primero y minutos después de que habló Meade, salió a dar su propio mensaje en el que admitió que “la tendencia favorece a Andrés Manuel López Obrador”. Anaya dijo que habló con el vencedor: “reconozco su triunfo, le expreso mi felicitación y le deseo el mayor de los éxitos por el bien de México”. Sin embargo, a partir de ahí Anaya dio un discurso cuyo objetivo no era conceder la victoria, sino posicionar una narrativa para justificar la derrota y defender espacios de poder dentro de su partido. El candidato planteó que perdió porque “el gobierno federal usó facciosamente a la PGR para golpear mi campaña y lastimar mi candidatura. Si queremos un país verdaderamente democrático, esto no debe volver a suceder.” Hablando como presidente de partido y no como candidato perdedor, aseguró que “vamos a seguir luchando, defenderemos todos y cada uno de nuestros triunfos, gobernaremos ahí donde la gente nos dio su mandato, y ejerceremos la función de contrapeso en el legislativo, sin la cual no hay democracia que valga”. Y lanzó un mensaje de líder opositor: “en la agenda con la que disentimos, encontrará una oposición tan firme y frontal como institucional y democrática”. 

AMLO: ¿De la narrativa de campaña a la narrativa de gobierno? En su primer discurso de victoria, López Obrador manifestó de manera muy breve su respeto a los tres candidatos derrotados. Y comenzó haciendo un llamado “a todos los mexicanos a la reconciliación y a poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés superior, el interés general”.  

Yo hubiera preferido que AMLO siguiera su discurso enteramente en esta línea de reconciliación. Pero en vez de ello, vino una larga sección del mensaje dedicada a tranquilizar a quienes no creen que el poder vaya a modificar su forma de pensar ni de actuar. 

Primero, vino la promesa de no volverse un dictador y no aplastar la libertad:

El nuevo proyecto de Nación buscará establecer una auténtica democracia. No apostamos a construir una dictadura, abierta ni encubierta. Los cambios serán profundos, pero se darán con apego al orden legal establecido. Habrá libertad empresarial, libertad de expresión, de asociación y de creencias. Se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en la Constitución.

Y después, la promesa de no ser, como decían sus detractores, un populista radical al estilo Venezuela, en un mensaje tal vez más dirigido al sector financiero y a los inversionistas:

Se respetará la autonomía del Banco de México. El nuevo gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal. Se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros. Los contratos del sector energético suscritos con particulares serán revisados para prevenir actos de corrupción o ilegalidad. Si encontramos anomalías que afecten el interés nacional, se acudirá al Congreso y a tribunales nacionales e internacionales. No actuaremos de manera arbitraria ni habrá confiscación o expropiación de bienes.

Hablar en un discurso de victoria de dictadura, expropiación y confiscación de bienes, así sea para negar categóricamente que existirán, le confirió un tono sombrío a las palabras de López Obrador. Es como un novio prometiéndole a la novia en sus votos el día de la boda que no tiene planeado envenenarla para cobrar el seguro de vida. O el nuevo CEO de una empresa prometiendo a su consejo directivo que no planea quemar el edificio.

Después, AMLO ensaya lo que podría ser su narrativa de gobierno: el pueblo contra la corrupción. El pueblo es “inteligente, honrado y trabajador” y si no le va mejor es culpa de la corrupción, la causa principal de todos los males. “Erradicar la corrupción y la impunidad será la misión principal del nuevo gobierno. Bajo ninguna circunstancia el próximo presidente permitirá la corrupción y la impunidad […] Un mensaje claro que seguramente explica mucho del éxito electoral que AMLO tuvo en las urnas.

¿Qué le faltó a este discurso? Un reconocimiento más amplio a los opositores que aceptaron rápido la victoria. Palabras más emotivas a los votantes y seguidores de Morena que lo acompañaron tantos años (carencia que corrigió más tarde en el Zócalo). Y sobre todo, reconocer a los miles de ciudadanos que ayudaron a organizar la elección y que de manera voluntaria recibieron y contaron los votos de sus vecinos. Esos mismos ciudadanos, con ese mismo sistema, fueron los que contaron los votos en 2000, 2006 y 2012. Y esta vez lo hicieron exactamente igual de bien que las veces anteriores. Reconocer eso también es parte de la historia.