artículo no publicado

La vía retórica a la independencia

La falsa declaración de independencia de Puigdemont probablemente desembocará en unas elecciones autonómicas.

Como ocurre siempre en el procés, las cosas no son nada hasta que reacciona el adversario. La intervención de Puigdemont en el Parlament el 10 de octubre, donde declaró la independencia de Cataluña para luego dejarla en suspenso, y la posterior firma clandestina de la secesión en una sala del Parlament, sin la oposición y sin quedar registrado el texto, tenía como objetivo forzar a Rajoy a responder. En función de su respuesta (155 o una apelación indirecta al diálogo o a rebajar tensiones) lo ocurrido sería una DUI u otro paso más del interminable procés.

La respuesta de Rajoy ha sido una vía intermedia que ha servido de aviso del 155 y al mismo tiempo de petición de moderación y rebajar tensiones. El presidente le ha preguntado qué quería decir exactamente con la declaración del 10 de octubre: “El Gobierno requiere al Govern para que confirme si ha declarado la independencia de Cataluña [...] para evitar la confusión generada.” Puede leerse como el requerimiento previo que exige el artículo 155, una especie de aviso previo a la intervención de la autonomía. Es también una buena estrategia. El procés es un fenómeno retórico, y Rajoy ha pedido a su líder que rebaje el debate al terreno de los hechos, y no de los discurso gaseosos. Ha pedido claridad, a pesar de no ser Rajoy un líder claro, y Puigdemont no puede ofrecer claridad.

El president de la Generalitat ha jugado a varios bandos: ha pedido diálogo mientras realizaba un golpe ilegal, ha intentado no forzar una respuesta contundente del Estado sin alienar a los independentistas que pedían la DUI, y ha buscado la mediación de una comunidad internacional que no desea inmiscuirse. Es posible que no le funcione ningún camino: la CUP está descontenta y no aplaudió el discurso de Puigdemont, aunque firmó con él la declaración clandestina posterior, en ERC hay diputados descontentos y es posible que la coalición Junts pel Sí se divida, y en la calle hubo decepción. El gobierno central, por su parte, pide obviamente un diálogo dentro de la legalidad, y Rajoy ha dado unos días a Puigdemont para que emita claramente, si realmente esa es su intención, la amenaza de independencia. En la comunidad internacional, ningún país apoya la vía unilateral, y la prensa ha interpretado el acto como una rendición o marcha atrás.

Puigdemont jugó en su discurso con ambigüedades (“nos hemos ganado el derecho a ser un Estado independiente”, algo que ya dijo en una declaración previa), se dirigió en muchas ocasiones indirectamente a la prensa internacional al hacer un historial de agravios a Cataluña, en buena medida manipulados o exagerados, pidió en castellano a todos los españoles que comprendieran la causa del independentismo, y se marchó para dar paso a un pleno en el que la oposición se comportó como siempre ha hecho: más que con estupor o indignación por una supuesta DUI, con hastío por la enésima declaración retórica y no vinculante. Hubo cierto alivio porque lo más probable es que el próximo paso real, no retórico, es que habrá elecciones autonómicas.