artículo no publicado

La nostalgia de la autenticidad

En Estudios del malestar, José Luis Pardo radiografía el descontento contemporáneo y explica quiénes son los que se benefician de él.

Estudios del malestar, de José Luis Pardo (1954), puede leerse como el relato de la erosión del bienestar -que implica un acuerdo social y también la aceptación de una forma de debatir la política- y el ascenso y aprovechamiento del malestar: persigue, como ha escrito Mercedes Cebrián, “el descontento contemporáneo”. También es un ensayo sobre la supervivencia y las transformaciones de la idea del comunismo, impulsadas por la “nostalgia de la autenticidad”.

El libro, que ha ganado el Premio Anagrama de Ensayo, proporciona claves para entender el presente, pero va mucho más allá de la actualidad. Uno de sus propósitos centrales es la descripción de una concepción política “realista” que desprecia los elementos liberales o contractualistas como algo postizo y no auténtico. Esa tradición cobra fuerza en los tiempos del malestar y considera que las reglas del juego pactadas son una mera distracción de la realidad política, que se entiende como una especie de guerra constante aunque de intensidad variable. Pardo traza una historia que va desde el Calicles de Platón a la idea de la historia de Hegel, para continuar con el marxismo y el concepto de compromiso, con el intento vanguardista por romper la distinción entre arte y vida, con el rechazo a los principios liberales y a las normas de discusión democrática, con las ideas de Carl Schmitt y su influencia en la izquierda, con el análisis foucaultiano de la idea de revolución y con teóricos del populismo como Laclau. Habla de una tradición “contractualista” y otra “conflictivista” “que supone que [...] el estado de guerra es lo único que autentifica la política”; hay un malestar en ella, principalmente con y en el Estado, en particular con el Estado del bienestar y la “democracia social de derecho”, que es para ellos “el mito falaz que, mientras dispone de creyentes ingenuos que acompañan a sus ritos parlamentarios, suspende el enfrentamiento y, por tanto, falsifica y neutraliza la auténtica política, que es siempre confrontación y lucha”. “Los periodos de malestar, como el que ahora vivimos, constituyen la fortuna de los ‘realistas políticos’ y la ruina de los ‘idealistas’, pues en estos periodos el contrato social tiende a parecer, o bien una quimera para ilusos o, o bien algo sencillamente imposible”, escribe Pardo, que ofrece una interpretación brillante de la historia reciente de España, de la transición y los intentos recientes por impugnarla en nombre de una política “auténtica”.

Es un libro hondo y riguroso, a veces denso, siempre inteligente y a menudo divertido y polémico. Describe la satisfacción casi religiosa (y al mismo tiempo supuestamente científica) que proporcionaba el comunismo durante buena parte del siglo XX, y hace pensar en el desasosiego de sus herejes y sus apóstatas. Explica que “El comunismo pretende ser la única posibilidad de creer en otra sociedad o en otra humanidad, de tal manera que el abandono del comunismo supondría la aceptación acrítica (si no entusiasta) de esta sociedad y esta humanidad en todo detalle de su facticidad”. El argumento contra los críticos continúa empleándose; el anhelo revolucionario se ha ido adaptando a los tiempos. Pardo analiza la conversión de la historia en espectáculo de sí misma y la fetichización de la memoria, introduce elementos autobiográficos, no renuncia al humor y tiene explicaciones iluminadoras de numerosos pensadores (entre las mejores páginas están las que dedica a Schmitt y Foucault).

El volumen incluye abundantes formulaciones provocadoras y perspicaces, como las definiciones de una idea importante para la autenticidad, el compromiso: “tener el deber de mentir para no perjudicar al amo”; “la esencia del compromiso es que el estar dispuesto a dar la vida por la Idea es indisociable del estar dispuesto a matar por ella”, y ofrece una plantilla justificatoria (“el argumento S”) que con variaciones hemos visto aplicar a circunstancias diversas:

Nosotros no compartimos los métodos, a menudo brutales, de los “grandes hombres” que gobiernan la Historia mundial, pero nos negamos a ver en esas acciones solamente una barbarie militar que habría que combatir; por el contrario, pensamos que su existencia y sus acciones son la expresión de una Idea política no resuelta, y que no se resolverá por la vía militar sino únicamente por la vía política, y exhortamos a nuestros gobernantes a atender a esa Idea para instaurar la paz en el mundo.

El arte y su relación con la política -que, al igual que la idea del malestar, Pardo ha abordado en otras de sus obras- es otro de los temas del libro. El vanguardismo aplica definiciones vagas de arte y de política. “Allí donde todo en general es política -esto es lo malo de las acepciones vagas- nada lo es en particular.” El artista “politizado”, explica Pardo, no se conforma con que su arte sea “solamente eso”. Así, busca una justificación adicional: producir la revolución o, si el artista es más tímido, “hacer reflexionar”.

Pero como la revolución no se produce (entre otras cosas porque la naturaleza artística de la acción neutraliza sus posibles consecuencias políticas), y ni siquiera se da la reflexión de un modo relevante, se tiene la impresión de que lo único que se ha conseguido de esa manera es estetizar la política y ofrecer una “política estética” (o sea, un sucedáneo fraudulento de política) que ni siquiera en un estado de ayuno -o de dieta líquida- como el que atravesamos es aceptada por el público como un sustituto consolatorio del alimento que se le escatima (a saber, la política en su sentido estrecho moderno). Y así, cuanto más político -ideológico, en realidad- es el discurso del Arte (de una politicidad simplificada y a la vez inconcreta con la que aspira a legitimarse), más privada y opaca y menos política es su acción.

Uno de los grandes beneficiarios de la erosión del bienestar es el populismo, que Pardo describe como un “totalitarismo líquido”. El autor explica la fórmula de Laclau en tres componentes : Si quieres hacer política, alíñate un buen enemigo; si quieres hacer política, haz muchos amigos; si quieres hacer política, no dejes que la verdad te estropee la hegemonía. A juicio de Pardo, no es que actualmente nos encontremos frente a un nuevo populismo, sino que estamos ante un episodio más de la “muy antigua tradición del 'realismo político'":

Sus herederos actuales nos hacen hoy un guiño para que nos dejemos de tanto contrato social y en un arranque de parrhesía, reconozcamos que, como nos muestra la experiencia histórica del siglo XX, la naturaleza última de la política no es otra cosa que el populismo, el populismo de toda la vida, procurando favorecer el populismo “bueno” y evitar el “malo”, igual que antaño los comunistas pro soviéticos aseguraban que había que apoyar el “totalitarismo bueno” y combatir el “totalitarismo malo”.

Los profesores que continúan promocionando esas ideas, que siguen vendiendo a sus alumnos el opio del ideal, asumen un papel agradecido pero poco útil: en su actitud hay una nueva traición de los clérigos. El autor cierra su libro con unas frases de La paz perpetua: “la posesión de la fuerza perjudica inevitablemente al libre ejercicio de la razón”. Y: “los filósofos son por naturaleza inaptos para banderías y propagandas de club; no son, por tanto, sospechosos de proselitismo”. Ese es otro elemento importante de Estudios del malestar: frente al aparente desdén de los poderes públicos o de las defensas autocomplacientes y vacías de las humanidades, en su crítica apasionada y rigurosa hay una demostración elocuente de la importancia de la filosofía.