artículo no publicado

La izquierda que no volverá

El eje territorial divide tanto a la nueva izquierda como al PSOE.

El desafío secesionista en Cataluña ha puesto de manifiesto unas líneas de tensión que recorren a la izquierda de ámbito nacional. Es la división que se aprecia en la carta que algunos antiguos cargos socialistas dirigieron a Pedro Sánchez hace unos días y es la distancia que media entre el discurso de Julio Anguita y el de Alberto Garzón. Con ocasión de esta amenaza territorial hemos tenido oportunidad de percibir dos izquierdas, de asumir que una de las dos no volverá y de comprender que la otra tiene que afrontar contradicciones de las que puede salir malherida.

Hace unos días, Alfonso Guerra concedía una entrevista en la que se expresaba en términos durísimos sobre lo que él consideraba un “golpe de Estado” y se desmarcaba de las apelaciones al diálogo de Pedro Sánchez advirtiendo que “no se puede negociar con golpistas”. Algunos han encontrado exageradas sus declaraciones, al tiempo que otros recordaban que Guerra tiene alguna experiencia en golpes de Estado. La pasada semana, otro socialista de la vieja guardia, Guillermo Fernández Vara, lanzó el discurso más apasionado de cuantos se han oído en defensa de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, tras las cargas policiales del 1-O. Señaló que también se contaron por centenares los agentes heridos, a los que llamó “heridos de segunda”, y alabó su actuación, recordando que estaban allí “por nosotros”, por “defender la legalidad”. Criticó el “buenismo” de los “progres de pacotilla” y lamentó que, a esa hora, los policías tuvieran que estar saliendo “como perros” de los hoteles de Cataluña.

Las palabras de Vara contrastan de forma acentuada con el discurso oficial que estos días marcan el PSOE en Madrid y el PSC en Barcelona, pero no es difícil de explicar. Vara preside una de las comunidades autónomas que más ha padecido los desprecios del nacionalismo. Hablaba para esa Extremadura obrera de la que tantos salieron para buscar un futuro mejor en Cataluña, y de la que también salen estos días muchos agentes de policía para asegurar el cumplimiento de las leyes. Su discurso es el viejo discurso de la socialdemocracia: una defensa de los trabajadores que no oculta su recelo ni ahorra reproches para con la nueva izquierda.

Si las palabras de Vara resultan polémicas y chocantes es porque nos hablan de un mundo y de una izquierda que ya no existen. El mundo industrial en el que la representación obrera protagonizaba la política ha desembocado en un nuevo horizonte posmoderno en el que las masas de trabajadores han cedido el protagonismo a unas clases medias educadas, tercerizadas y movilizadas no tanto por una solidaridad de clase cuanto por una afinidad de afectos e identidades. Vara habla para una clase obrera ya entrada en años y relegada al ámbito de lo rural, mientras la dirección de su partido trata de acomodar su argumentario al lenguaje de sus nuevos competidores jóvenes y urbanos, representados por Podemos.

La brecha también se aprecia en el discurso de Julio Anguita, que recientemente realizó una lectura del escenario catalán difícil de escuchar hoy en labios de la izquierda. El exdirigente de Izquierda Unida atribuía la fractura territorial a un conflicto de clase, por el que la burguesía catalana, encarnada por Convergencia, dominó durante décadas todos los resortes del poder en Cataluña, al tiempo que pactaba en Madrid presupuestos, recortes o política atlantista. Anguita acusa a los partidos del bipartidismo de haber sido los “socios indestructibles” del nacionalismo y de haberlo “mimado” en detrimento de la izquierda.

Este análisis puede o no compartirse, pero es coherente con un discurso de izquierda clásica: denunciar un pacto entre las élites del Estado, por el que Madrid alinea sus intereses políticos y económicos con la burguesía catalana a costa de los trabajadores. Esta interpretación resulta imposible de encontrar, sin embargo, tanto en los argumentarios de la Izquierda Unida de Garzón como en los de Podemos, donde la primera parece haber diluido su personalidad de forma definitiva.

Vara, Anguita y Guerra son el eco de una izquierda que pasó, pero eso no significa que sus sustitutos vayan a cosechar los éxitos que la izquierda clásica sí obtuvo. En el caso de Podemos, sus ideólogos trazaron una estrategia construida sobre dos pilares: por un lado, una enmienda a la totalidad del llamado régimen del 78, cuya deslegitimación pasa por una alianza con los nacionalismos periféricos. Por el otro, un patriotismo español que haga posible la superación del clivaje izquierda-derecha y abra la puerta a la anhelada transversalidad.

En la práctica, esta tesis, que se identifica con los postulados de Íñigo Errejón, fue derrotada y barrida por el enfrentamiento con la corriente que lideraba Pablo Iglesias. Por otro lado, Podemos se encontró con muchas limitaciones para superar su anclaje en una izquierda alejada del centro y descubrió una gran resistencia entre sus élites y entre sus votantes para enarbolar los símbolos de la nación común. Pero, incluso si hubieran prevalecido las tesis de Errejón, su partido habría comprobado la imposibilidad de conciliar la postura patriótica con la estrategia periférica.

De este modo, la amenaza secesionista podría pasar factura electoral a Podemos, que parece haber vendido muy cara su progresión electoral en Cataluña. El eje territorial divide a la nueva izquierda, y también a las viejas siglas socialistas que tratan de recuperar los votos a costa de aproximarse a sus competidores morados. La vieja izquierda no volverá porque pertenece a un mundo que ya no existe. La nueva hará muy bien en no hacerse un harakiri territorial.