artículo no publicado

La invasión a México y los periodistas útiles

El compromiso del reportero con su audiencia implica reconocer qué es un hecho y qué es especulación. Dolia Estévez y AP no dejaron claro a sus lectores y escuchas que nunca estuvimos en presencia de una investigación, sino de la filtración de unas líneas.

No ahorremos en la hipérbole, Carmen Aristegui tiene en la línea a Dolia Estévez, su colaboradora que desde Estados Unidos hace delicadas revelaciones que atañen al gobierno de Enrique Peña Nieto. Sin fuentes, documentos o grabaciones, la reportera disfraza rumores de noticias que la conductora no duda en calificar de “altísimo voltaje” y de altísimo nivel de información.

Estévez cuenta que durante la conversación que Peña sostuvo con su homólogo de Estados Unidos, Donald Trump, el 1 de febrero pasado, había sido tratado de manera humillante y que el estadounidense lo había amenazado con enviar tropas a México, mientras él solo balbuceaba. Más tarde, un despacho de la agencia AP reprodujo la versión similar que explicaba que la intención de las autoridades estadounidenses era detener a los “bad hombres” de este lado de la frontera, puesto que el Ejército Mexicano no había logrado controlarlos.

Toda la conversación estuvo plagada de cosas que habrían sucedido o que se habrían dicho; es decir, que también podrían no haber sucedido, ser una completa mentira. Quizá fue eso lo que llevó a la corresponsal de Aristegui a asegurar, enterada de la disposición hoy tan extendida entre las audiencias a creer noticias falsas, que  “a la gente no le va a costar mucho trabajo creer que este fue en efecto el contenido y las amenazas verbales que salieron de Trump hacia Peña Nieto”.

Al aire se exigió a las autoridades mexicanas una postura, misma que llegó esa tarde, aclarando que no había bases que sustentaran y que cualquiera que fuese la fuente, había mentido sobre el contenido y tono del telefonema. Esto fue suficiente para que las voces aliadas como la de Jenaro Villamil (quien también ha presentado como reales documentos alterados con Photoshop) calificaran la respuesta de la Cancillería como “una  embestida” del gobierno.

Dolia Estévez elaboró una defensa torpe de sus afirmaciones, una carta en la que no aporta un solo elemento de prueba de sus dichos, sino que usa el prestigio de Associated Press para ocultar las deficiencias de su investigación periodística, pues el hecho de que la agencia publicara una nota con datos similares, probaba “la veracidad absoluta” de los rumores que ella presentó como hechos.

La agencia AP no respaldó a la reportera y al paso de las horas matizó su información. Ni sus editores ni sus reporteros contaron nunca con la transcripción oficial de la llamada telefónica, pero alguien con acceso a ella les proporcionó un extracto, expurgándolo de todo contexto. Más aún, la Casa Blanca confirmó que el Presidente Trump habló con Peña Nieto de enviar tropas estadounidenses a nuestro país en un tono que pretendía ser coloquial, bromista.

No solo Jim Acosta, el reportero de CNN encargado de cubrir las actividades en la Casa Blanca, usó su cuenta de Twitter para difundir lo que funcionarios estadounidenses decían del contenido de la llamada. Jake Tapper, jefe de la corresponsalía de CNN en Washington, de inmediato advirtió que AP no estaba citando la transcripción del telefonema sino una lectura hecha por ayudantes, mientras que lo que CNN obtuvo, difería de la versión hostil, que hablaba de envío de tropas a México.

Como explica Raymundo Riva Palacio, lo visto hace unos días es una muestra de cómo opera la agenda antimexicana de Stephen Bannon, el principal consejero de Trump, a quien la revista Time define como un gran manipulador: “una filtración con medias verdades que se deja correr en la opinión pública para sembrar dudas y expectativas, y que tras analizar el impacto alcanzado, se confirma o se niega”.

De ahí que Breitbart News, propiedad de Bannon, publicara en medio de la polémica un texto (en español) dirigido contra el presidente Peña Nieto, acusándolo de nexos con delincuentes y usando como su fuente principal a Carmen Aristegui y su equipo.

Una reflexión inicial en el libro La relación entre los periodistas y sus fuentes, elaborado por un colectivo de informadores colombianos, repara en que la mayoría de periodistas dicen que se dedicaron a este oficio para “darle voz a los que no la tienen” para “ayudar a comprender el mundo”, pero con frecuencia son manipulados, sin darse cuenta que están al servicio de ellas.

El compromiso del reportero con su audiencia implica reconocer qué es un hecho y qué es especulación. Dolia Estévez y AP no dejaron claro a sus lectores y escuchas que nunca estuvimos en presencia de una investigación, sino de la filtración de unas líneas que el propio filtrador les ayudó a interpretar, convirtiéndose en vehículos útiles, voceros gratuitos o, en el peor de los casos, en correveidile. ~


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