artículo no publicado

El yihadismo es un problema interno europeo

Aunque el terrorismo se relaciona con los refugiados y la inmigración irregular, los ataques de Barcelona y Cambrils muestran que en realidad es un problema doméstico.

En los últimos cinco años, mientras el terrorismo yihadista atacaba Europa, en España las fuerzas de seguridad detenían individuos y desmantelaban células terroristas a contrarreloj. Esos esfuerzos dieron su fruto. Si en el año 2012 se llevaron a cabo cinco operaciones antiterroristas, que se saldaron con 8 detenciones, en el año 2014 fueron 36 las operaciones realizadas, con 75 detenciones. El año 2016 concluyó con menos detenidos, 67, pero fueron suficientes para convertir a España en el segundo país de Europa, después de Francia, en número de detenidos vinculados al yihadismo.

La seguridad perfecta y total no existe, por muchos recursos que se dediquen a ello y por mucho que se endurezcan las leyes. España se añadió la semana pasada a la lista de países golpeados por el terrorismo, tras trece años sin atentados terroristas ejecutados por radicales islamistas. La gran paradoja es que, si pensamos que a las fuerzas de seguridad se les acabó la suerte porque una célula terrorista de doce personas pasó totalmente desapercibida y pudo llevar a cabo algunos ataques, un accidente frustró los ambiciosos planes de los terroristas. Una explosión fortuita, posiblemente mientras se manipulaban explosivos, reventó su escondite, una casa que quedó en ruinas en Alcanar, al sur de la provincia de Tarragona. En esa casa, deshabitada y ocupada ilegalmente desde junio por la célula, guardaban más de cien bombonas de butano y aparecieron rastros del inestable explosivo casero Triperóxido de Triacetona (TATP en sus siglas en inglés), usado en atentados como el de Manchester del pasado mes de mayo.

Los terroristas pasaron a la acción con un atentado con atropello, una táctica de “terrorismo de bajo costo” empleada anteriormente en Europa en lugares como Londres, Niza, Estocolmo y Berlín, claramente inspirada en la llamada “Intifada de los Atropellos” palestina de 2014. El segundo plan de los terroristas fue un ataque a la desesperada. Cinco miembros de la célula se dirigieron a Cambrils, en la costa mediterránea, en la madrugada del viernes 18. Allí se encontraron un control policial y en su huida terminaron volcando. Salieron del coche con armas blancas y portando falsos chalecos explosivos. Los cinco fueron tiroteados por la policía y murieron, logrando provocar tan solo una víctima mortal.

Ahora quedan las dudas de conocer cuántas personas integraban la célula terrorista, sus vínculos internacionales, cuántas personas perdieron la vida en la explosión del miércoles 16 y cuántas personas están huidas. De momento, se desconoce si algún miembro de la célula dejó un vídeo de despedida o una carta a modo de manifiesto. Puestos a buscar argumentos dentro de la narrativa yihadista, más allá de la coyuntura internacional del momento, resulta que España es un país amenazado por la propaganda yihadista de forma recurrente a cuenta de la pérdida de la antigua Al-Andalus y los enclaves de Ceuta y Melilla, que son llamadas “ciudades ocupadas”.

La falta de mensajes de los terroristas que dén un sentido a lo sucedido ha llevado del horror de los ataques a un estado de perplejidad cuanto más se conoce sobre los atacantes. Según informan los Mossos d'Esquadra, no “constaban antecedentes o informaciones previas de terrorismo”. Sus familias no terminan de entender lo que ha pasado y lo atribuyen a que alguien les ha lavado el cerebro. Esa persona sería casi sin dudas el imam Abdelbaki Es Satty, el adulto de la célula que habría tenido un evidente ascendente sobre los jóvenes. Al contrario que en los casos de terrorismo de Francia, aquí no han aparecido jóvenes marginales procedentes de barrios de la ultraperiferia gris de una gran ciudad, sino personas que estaban perfectamente integradas y que mantuvieron su radicalismo en perfecto secreto ante la gente de su alrededor.

Carola García-Calvo y Fernando Reinares han estudiado el perfil sociodemográfico de los yihadistas españoles. Encontraron que el arquetipo de joven que escapa vía la yihad de la marginalidad y el rechazo social en busca de una nueva identidad redentora no es el caso más abundante en España. Aparecen en cambio padres de familia y personas con buenos trabajos dispuestos a abandonarlo todo para unirse a la yihad siria.

Otro detalle que evidentemente llama la atención es el tamaño de la célula terrorista en Cataluña, doce personas, que contrasta con la mayoría de atentados de los últimos años, llevados a cabo en un modelo de yihad atomizada por personas en solitario o grupos muy pequeños. Mustafá Setmarian Nassar, un yihadista sirio nacionalizado español, defendía en su obra Llamada a la resistencia islámica global que el modelo tradicional de organización piramidal y jerárquica está condenado al fracaso por el riesgo de infiltración de los servicios de seguridad. La respuesta debe ser infinidad de células organizadas autónomamente, aisladas las unas de las otras. La movilización de los yihadistas debe ser un sistema, no una organización (“Nizam la Tanzim”). En este caso encontramos una particularidad. En la célula había tres pares de hermanos y un trío de ellos, que además algunos de ellos eran primos. Un grupo así, a pesar del tamaño, mantiene la cohesión y el secretismo.

Que los miembros de la célula decidieran quedarse en España y no marchar para unirse a las filas del Califato anticipa que la próximo línea de frente del desafío del yihadismo no será Siria, sino que los dispuestos a usar la violencia se quedarán en su país de origen. Y es que aunque el fenómeno del yihadismo se quiera relacionar con los refugiados y la llegada de inmigración irregular a Europa, es en realidad un problema interno europeo.

El general Ballesteros, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos, anticipaba en una entrevista el pasado mes de junio que en diez años afrontaríamos el desafío de las segunda generaciones de musulmanes en España, fenómeno que se anticiparía en Cataluña. Y efectivamente, encontramos que los yihadistas de Cataluña eran hijos de inmigrantes y tenían entre 17 y 23 años. La experiencia europea nos enseña que las segundas generaciones quedan a medio camino entre la identidad de sus padres y la del país de acogida, convirtiéndose en vulnerables a la radicalización islamista como fórmula de escape, al encontrar una identidad colectiva y un mundo de certezas absolutas.