artículo no publicado

El duelo retórico entre Le Pen y Macron

En Francia, la disputa entre populismo y liberalismo está personificada por un joven outsider sin buen discurso que enfrenta a una oradora eficaz.

Tras la dramática y apretada primera vuelta de la elección presidencial en Francia, ha quedado claro quiénes serán los dos contendientes de la batalla final entre el populismo y el liberalismo en unos comicios clave para el futuro de la Unión Europea. Por un lado, la candidata del Frente Nacional, Marie Le Pen, y por el otro, el joven líder del nuevo movimiento ¡En Marcha!, Emmanuel Macron. Analicemos sus discursos de pase a la segunda vuelta.

 

Le Pen: hagamos a Francia “francesa” otra vez

Por herencia y por convicción, Marie Le Pen es una populista de cepa, una verdadera maestra en el uso encendido de la narrativa de “el pueblo” contra el “no-pueblo”. En este caso, el “pueblo” es la Francia blanca, cristiana y trabajadora, mientras que el “no pueblo” son la gente de color, los inmigrantes musulmanes, la élite de los “billonarios” que explotan al pueblo y sus empleados, los burócratas corruptos que administran el Estado para defender los intereses de esa élite rapaz y los poderosos medios de comunicación.

El discurso de Le Pen es más emocional que racional y está dirigido a activar la nostalgia por un pasado mejor y el enojo por la decadencia que sufre el país a causa de los enemigos del pueblo. Le Pen, como todos los populistas, usa la retórica para despojar de toda legitimidad moral a sus adversarios, y hacerlos ver como personas éticamente inferiores que no tienen derecho alguno a ser escuchados, mucho menos elegidos. Ella, por contraste, representa la única encarnación legítima de los valores verdaderos del pueblo. Lo dice claramente en el discurso de la noche de la elección (23 de abril):

 

Descansa ahora en mí la enorme responsabilidad de la defensa de la nación francesa, de su unidad, su cultura, su prosperidad y su independencia. También interpreto este resultado [electoral] como un acto de orgullo francés, de un pueblo que lleva la frente muy en alto; un pueblo seguro de sus valores que confía en su porvenir.”  

 

Siguiendo con efectividad las reglas del discurso electoral, Le Pen pinta con toda claridad la disyuntiva entre la “tierra prometida” que ofrece ella o el “infierno en la tierra” si ganan sus opositores:

 

Los franceses tienen una elección muy simple. Continuar en el camino hacia la desregulación total sin fronteras y sin protección, con sus consecuencias: la reubicación [de las empresas fuera de Francia], la competencia internacional desleal, la inmigración masiva, la libre circulación de terroristas. El reino en el que el dinero es el rey. O la Francia que elige fronteras que protegen nuestros trabajos, nuestro poder adquisitivo, nuestra seguridad, nuestra identidad nacional […] Es momento de liberar al pueblo francés de élites arrogantes que quieren dictar su conducta, porque yo sí soy la candidata del pueblo.”

 

Macron: ni de derecha ni de izquierda, sino todo lo contrario

Emmanuel Macron era un desconocido para la mayoría de los franceses hace un par de años. Pero ahora podría convertirse en el primer presidente desde 1958 que no proviene de los dos partidos tradicionales: los socialistas y los republicanos. Esto se debe en parte a un discurso unitalla que lo mismo recoge consignas sociales que le gustan a la izquierda progresista, que planes a favor de la inversión privada que le agradan a la derecha neoliberal.

En su discurso del 23 de abril, Macron habló y actuó más como presidente electo que como un candidato que pasó a la segunda ronda. Pero comparado con Le Pen, Macron tiene muy poca capacidad para conectar con las emociones de la audiencia. Su voz no transmite alegría, júbilo ni optimismo. Su lenguaje no verbal es demasiado contenido y parece que en vez de dar un discurso de victoria, estaba leyendo el pronóstico del tiempo. Además su falta de compromiso ideológico se traduce en un discurso tibio y francamente poco memorable, en el que destacan los argumentos racionales y los lugares comunes.

 

El reto es ahora abrir una nueva etapa en nuestra vida política y actuar para que todos puedan encontrar su lugar en Francia y en Europa”, decía el candidato en un lenguaje demasiado político para un “outsider”. “Quiero ser el presidente de todos los franceses, para los patriotas que enfrentan la amenaza del nacionalismo”, dijo también en la única referencia indirecta y tibia a Le Pen.

 

Al escuchar a Macron, uno no puede más que preguntarse ¿éste es el héroe que defenderá los valores liberales ante la amenaza del populismo racista de Le Pen? Tal vez sea muy buen candidato en otros aspectos de la campaña –el movimiento ¡En Marcha! logró en un año afiliar al doble de militantes que el Partido Socialista en cinco décadas–, pero a juzgar por su retórica parece que no estamos asistiendo a una lucha épica entre la sociedad abierta y sus enemigos. Y entonces ¿qué ofrece Macron? Tal como dice una nota en The Guardian: “no hay una frase pegajosa que inmediatamente se quede en la mente del votante, pero hay una serie de ideas que Macron llama “planes pragmáticos”: arreglar el sistema de pensiones, ampliar el seguro de desempleo, liberar a la mayoría de los hogares del impuesto predial, y reducir burocracia y cuotas a las empresas”.

Tenemos así a un joven outsider sin buen discurso que enfrentará a una oradora populista eficaz. Las encuestas le dan a Macron ventaja sobre Le Pen, y los expertos dicen que no debemos temer, ya que es de esperarse que el establishment político no aceptará nunca que gane el populismo. No sé ustedes, pero después de ver lo que pasó en Estados Unidos con Trump, yo le sugeriría al señor Macron que haga un esfuerzo adicional para elevar la calidad de su discurso y conectar con las emociones de su audiencia –enojo, frustración, incertidumbre–, porque no es poco lo que está en juego para Francia y para el mundo.