artículo no publicado

El discurso real de Trump: “Make America white again”

Aunque el odio racial no sea aún el mensaje oficial de la Casa Blanca, es claro que ha avanzado mucho en siete meses de gobierno de Trump.

Dos días son una eternidad en una crisis de comunicación. En dos días se destruyen reputaciones construidas con gran esfuerzo a lo largo de años. En dos días un candidato puede caer seis puntos en las encuestas y ver perdida una elección. En dos días se puede revertir la imagen positiva de cualquier empresa si no sabe defender sus valores, su esencia, su ethos.

Dos días fue lo que le llevó a Donald Trump entender que tenía que condenar abierta y categóricamente, sin ambigüedades ni matices, el terrorismo y la violencia de neonazis, supremacistas blancos, esclavistas resucitados e integrantes del KKK en Virginia.

En su reacción inicial a estos hechos, Trump dijo que condenaba la violencia que proviene “de muchos lados”. En ese discurso, los grupos racistas y los grupos liberales que se manifestaban en su contra están al mismo nivel como generadores de odio y violencia. Este es justamente el mensaje trumpiano que aman sus seguidores: la idea de que existe un ambiente hostil contra los blancos de parte de negros, latinos, asiáticos y otras minorías que “se aprovechan” de ellos. La idea de que el discurso de la igualdad racial ha despojado a esos “verdaderos estadounidenses” (blancos) de sus derechos, su empleo, su dignidad y su futuro para dárselo a los negros, a los inmigrantes, a los musulmanes, a los homosexuales... en fin, a todo lo que antes era considerado claramente como inferior. Muchos blancos que apoyan a Trump se ven a sí mismos como víctimas despojadas, y han encontrado en él a un vocero de ese sentimiento de miedo e indignación que es real y alimenta con enorme energía al odio que vemos día a día crecer en Estados Unidos. Como lo hemos analizado en esta bitácora, para ellos “Make America great again” significa “Make America white again”.

El Estados Unidos que hoy conocemos sólo es posible gracias a dos costosas victorias militares contra los supremacistas raciales: la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Pero Trump es un hombre impermeable al conocimiento y a la consciencia de la importancia histórica del puesto que detenta. Por eso su discurso indignó a la mayoría de su pueblo, al fallar en una prueba determinante de carácter y principios: condenar claramente el derramamiento de sangre de ciudadanos que no querían ver ondear las suásticas y la bandera confederada en su patria.

Al final, se impuso la lógica de la supervivencia política y el staff de la Casa Blanca logró que su jefe leyera –de modo insincero– un nuevo discurso:

“Me he reunido con el director del FBI, Christopher Wray y el Procurador General, Jeff Sessions. El Departamento de Justicia ha abierto una investigación de derechos civiles por el mortal ataque en automóvil que mató a una mujer inocente e hirió a otras 20 personas. A quienes hayan actuado criminalmente en la violencia racista de este fin de semana: ustedes enfrentarán las consecuencias de sus actos. Se hará justicia.

 Como lo dije el sábado, condenamos en los términos más vigorosos posibles este inaceptable despliegue de odio, intolerancia y violencia. No tiene lugar en Estados Unidos. […] El racismo es malvado y todos los que usan la violencia en su nombre son criminales y maleantes, incluyendo el KKK, neonazis, supremacistas blancos y otros grupos de odio que son repugnantes a todo lo que valoramos como estadounidenses.

No nos confundamos. Esto no significa que Trump se volvió un sensible humanista, sanador de las heridas de la patria y defensor de la igualdad racial. Sólo significa que tardó dos días en darse cuenta de que había ido demasiado lejos y se estaba quedando sin margen de maniobra con sus propios aliados. Fue la reacción de los políticos republicanos y el consejo insistente de sus propios funcionarios de gobierno lo que hizo a Trump retroceder un poco y, a regañadientes, complacer a la opinión pública. Algo hará después para complacer a su base radical diciendo lo que realmente piensa.

El discurso de “Make America white again” todavía no puede ser al 100% el discurso oficial de la Casa Blanca. Pero al ver desfilar a los nazis y los KKK a plena luz del día envalentonados, empoderados y orgullosos, es claro que la retórica del odio ha logrado avances impresionantes en siete meses en el poder. ¿Se imaginan lo que podría lograr en siete años?