artículo no publicado

David Rieff contra la memoria histórica

En Elogio del olvido (Debate, 2017), una ampliación de Contra la memoria, David Rieff cuestiona la idea de que la memoria es un deber moral, una especie de acto de justicia y reparación.

Siempre es bueno tener un aguafiestas cerca: alguien bien informado que corrija el exceso de optimismo, o que señale las mecánicas perversas que hacen que acabemos más pendientes de los medios que de los fines que supuestamente queremos alcanzar. Esta es una de las tareas que David Rieff ha hecho sobre asuntos como la ayuda humanitaria. También lo ha hecho con respecto a la memoria en Elogio del olvido (Debate, 2017, traducción de Aurelio Major).

En el libro -una ampliación de Contra la memoria (Debate, 2012)-  discute una convicción extendida: la idea de que la memoria es un deber moral, una especie de acto de justicia y reparación. Para Rieff, esto no siempre es así. Si el olvido puede ser una injusticia con el pasado, un exceso de memoria puede ser una injusticia con el presente. Eso no significa tampoco que Rieff recomiende el olvido de los crímenes del pasado o las inexactitudes de los libros de historia. Entre los ejemplos que da están el genocidio armenio, las matanzas perpetradas por el colonialismo, los crímenes de guerra especialmente cuando hay memoria viva (cita Srebrenica o el asesinato de coreanas y chinas por el ejército imperial japonés). Pero incluso en esos casos “las cosas son moralmente más complejas de lo que al principio parece”.

Una de las ideas centrales tras el impulso de la memoria es profundamente humana: tiene que ver con la conciencia de la mortalidad. Enterramos a los muertos y buscamos una forma de trascendencia. Pero para Rieff, pensar que podemos lograr que aquello que nos importa a nosotros importe del mismo modo a generaciones posteriores es un exceso de optimismo. Intentarlo exige recurrir a algo postizo y simplificador, y es muy fácil caer en el kitsch.

Otro de los argumentos centrales es la ejemplaridad: la famosa frase de George Santayana que decía que aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. Hitchens decía que quienes no conocían la historia estaban condenados a recrearla, como los nostálgicos de la victoria del Sur. Impresiona más la pregunta de Hitler sobre el efecto que tendría la invasión de Polonia: “¿Después de todo, quién se acuerda del genocidio de los armenios?”. Rieff prefiere la observación de sir Nicholas Witon: “en realidad nadie nunca ha aprendido nada del pasado”. Sí, el “nunca más” es un sentimiento noble, pero a menos que se suscriba a una de las formas más burdas de los relatos del progreso, sea religiosa o secular, no hay razón para suponer que un aumento del caudal del recuerdo transformará de tal modo el mundo que el genocidio será remitido al pasado bárbaro de la humanidad”. No se repiten exactamente los fallos o los crímenes: aprendemos de los errores del pasado para cometer otros nuevos, como escribió A. J. P. Taylor.

Aunque la memoria es individual, la memoria colectiva es una construcción vinculada a la identidad colectiva. Las derrotas históricas son más eficaces que las grandes victorias: desde Gettysburg a Gallipoli, pasando por la batalla de Kosovo. A menudo se relaciona con un agravio, y en eso se relaciona con una curiosa apreciación moderna sobre el estatus de las víctimas: como decía Todorov, nadie quiere ser víctima pero todos quieren haberlo sido. Y, como recuerda Rieff, muchos grandes crímenes del siglo XX se presentaban como un acto de defensa.  

Rieff revisa la obra de autores que han abordado el tema de la memoria, como Maurice Halbwachs (cuya muerte cuenta en La escritura o la vida un gran escritor sobre la memoria, Jorge Semprún), Pierre Nora (que denunciaba la industria de la memoria), Tzvetan Todorov (que ha hablado de los usos y abusos de la memoria, y recomendaba la “memoria ejemplar”, una idea que no satisface a Rieff), Tony Judt (que escribió críticamente de los monumentos conmemorativos), Yosef Yerushalmi (autor de Zajor. La historia judía y la memoria judía) o Avishai Margalit (que ha intentado buscar un elemento universalista a la memoria y ha escrito sobre la dificultad de llegar a acuerdos cuando sacralizamos el recuerdo). También cita observaciones sobre el nacionalismo y la culpa de Renan, Hannah Arendt o Karl Jaspers.

Analiza el triunfo de la memoria sobre la historia; ese esplendor de la “industria de la memoria” se produce en un momento en que “en casi todos los estudiantes saben cada vez menos de política contemporánea, geografía del mundo o historia”. No conocen la historia sino la rememoración, que es “amor y reconocimiento propios, lo que significa que es poco más que el presente travestido”. A su juicio, el recuerdo no obedece al objetivo de reconstruir lo que de verdad había ocurrido, sino al servicio de unos intereses políticos concretos. El autor recuerda la ida de una nueva “teodicea de la desgracia” de Weber y señala que “la cuestión de la fidelidad histórica casi nunca parece tan crucial como la solidaridad colectiva que dicha rememoración pretende generar”. Aunque es fácil pensar en el uso de la memoria de regímenes totalitarios, no son los únicos que han utilizado la memoria para esos fines.

Rieff escribe sobre lugares en los que la presencia del pasado ha conducido a una asfixia o ha servido para alimentar enemistades duraderas, como la antigua Yugoslavia, Irlanda, Ruanda o Israel. En buena medida, las guerras de la memoria tiene origen francés, y tiene algo de polémica religiosa; en ese país ha tenido también un desarrollo intelectual. Francia sigue siendo la “capital” de la industria de la memoria, a la vanguardia de lo que Pierre Nora ha calificado de “mala conciencia universal”. En Irlanda, que se cantaran los himnos de las facciones opuestas durante las negociaciones servía para desbaratar las posibilidades de paz. Escribe sobre Israel y sobre la relación peculiarmente intensa del pueblo judío con su pasado, o describe la labor de la arqueología como ciencia legitimadora de Israel. Argumenta que el hecho de unir el Estado al recuerdo del Holocausto es discutible moralmente y anacrónico desde un punto de vista sionista. (En el caso español, sobre el que pasa muy brevemente, describe la ley de la memoria histórica como una ley del olvido, porque sustituía los símbolos del régimen anterior.)

Probablemente su objetivo sea más plantear dudas y cautelas y provocar un debate que establecer categorías. No siempre queda claro cuándo es bueno el recuerdo o el olvido, aunque Rieff explica que la memoria no tiene el mismo peligro cuando puede provocar enfrentamientos. En las últimas páginas de este libro perspicaz y estimulante se pregunta si, con el “olvido activo” de Nietzsche, “¿no sería concebible pensar que la paz en algunos de los peores lugares del mundo podría estar realmente más cerca?”. Casi al final, cita unos versos de Szymborska, que conoció el sufrimiento de Polonia bajo la ocupación nazi y soviética. La traducción que empleo es de Abel Murcia.

Aquellos que sabían

de qué iba aquí la cosa

tendrán que dejar su lugar

a los que saben poco.

Y menos que poco.

E incluso prácticamente nada.

 

En la hierba que cubra

causas y consecuencias

seguro que habrá alguien tumbado

con una espiga entre los dientes

mirando las nubes.