artículo no publicado

Corbyn y la voluntad política

El buen resultado de Corbyn en las elecciones británicas lo ha afianzado como el verdadero líder del laborismo, pero su programa económico es nostálgico e inviable.

En política, decir que algo funciona no es suficiente. Hacer políticas basadas exclusivamente en lo que funciona puede ser peligroso si no hay una buena idea detrás, si no hay una moralidad y una aspiración. ¿Qué quieres hacer, a qué mundo ideal aspiras, al margen de si funciona o no? Y luego, ajusta ese deseo a la realidad. Una parte de la izquierda contemporánea no llega a ese segundo paso, al de ajustarse a la realidad. Peca, por usar la terminología marxista, de subjetivismo: no ha analizado la realidad y ha actuado en consecuencia, sino que intenta adaptar la realidad a su programa.

En Autobiografía de Federico Sánchez, Jorge Semprún narra sus desavenencias con Carrillo y Pasionaria. El constante subjetivismo y wishful thinking del PCE crearon una generación de comunistas frustrados, a los que constantemente se les prometía que el régimen estaba a punto de caer, la revolución estaba a las puertas. En 1948 el PCE preparaba una Huelga General Pacífica que iba a derrumbar a un régimen franquista aparentemente ya de capa caída. Duró casi treinta años más.

El líder laborista Jeremy Corbyn ha obtenido un gran resultado en las elecciones británicas, gracias en parte a una buena campaña que ha renovado su discurso y ha atraído a jóvenes. Ha conseguido arrebatar la mayoría absoluta a la primera ministra Theresa May, que ha hecho una campaña desastrosa. El programa de Corbyn es prometedor, pero no está ajustado a la realidad. Está repleto de medidas fantásticas, como las universidades y guarderías gratuitas, y otras cuestionables, como la nacionalización de sectores estratégicos. Pero son en buena medida inviables: se basan en una aspiración de recaudación, que se obtendría de las rentas altas, excesivamente voluntarista (aquí analizan su programa en detalle). Tampoco especifican de dónde sacarán el dinero para nacionalizar industrias y, además, reducir las facturas de la luz, el agua y el tren.

Es cierto que hay mucho descontento con el funcionamiento del sector ferroviario, y otros sectores antes públicos, tras su privatización. Es posible que funcione mejor bajo titularidad pública. Pero Corbyn tiene que explicar que implica unos costes enormes recuperar un sector privatizado. En muchas ocasiones, da más importancia al simbolismo de lo público que a la efectividad.

Corbyn ha recuperado el discurso del socialismo de los años setenta, del consenso de posguerra y el espíritu del 45. Muchos lo comparan con Michael Foot, el líder laborista que en 1983 perdió las elecciones frente a Thatcher con un programa tan socialista que se denominó “la carta de suicidio más larga de la historia”. Su postura es nostálgica, y depende exclusivamente del mantra de la voluntad política: querer es poder. Es algo que va en contra de los ideales de la socialdemocracia, que según Ignacio Sánchez-Cuenca “encarna el compromiso más acabado entre moralidad y eficacia políticas”.

Corbyn no ha ganado, pero ha obtenido 29 escaños más que su antecesor, Ed Miliband, y se ha afianzado como el verdadero líder del laborismo, tras casi dos años de liderazgo débil. Esto significa que Reino Unido va a quedar atrapado durante años entre dos nostalgias: la del socialismo de los setenta, con Corbyn, y la del sueño del Reino Unido imperial y (paradójicamente) a la vez provinciano y racista, con Theresa May. Mejor Corbyn que May, pero qué pereza un socialismo tan alejado de la realidad.