artículo no publicado

Breve historia de los valores humanos

En Cazadores, campesinos y carbón, Ian Morris explica que nuestros valores están determinados por la forma en la que obtenemos la energía.

Ian Morris, arqueólogo y experto en clásicas, ha publicado libros largos y ambiciosos como Por qué manda Occidente... por ahora (Ático de los Libros, 2014) y War. Aunque es más breve, Cazadores, campesinos y carbón (Ático de los Libros, 2016; en inglés se tituló Foragers, Farmers and Fossil Fuels) presenta muchos puntos en común con el primero y también intenta abarcar toda la historia de la humanidad. El libro es producto de las conferencias Tanner sobre valores humanos que Morris pronunció en octubre de 2012.

Un aspecto formalmente original es que incluye cuatro réplicas: del historiador Richard Seaford, del sinólogo Jonathan D. Spence, de la filósofa Christine M. Korsgaard y de la escritora Margaret Atwood. Al final del volumen, Morris contesta a sus críticas.

La idea central del libro es que lo que determina los valores morales es la forma de captura de la energía: cada época, titula Morris uno de los capítulos, tiene las ideas que necesita. “Los métodos de captura de energía dictan en gran parte los regímenes demográficos y los sistemas y organizaciones que mejor funcionarán en nuestra sociedad, y estos a su vez dictarán qué tipo de valores prosperarán en esa sociedad.”

Las sociedades de cazadores-recolectores, explica, toleraban un alto nivel de violencia, pero no de desigualdad. Eran, por lo que revelan las investigaciones arqueológicas y por lo que sabemos de las observaciones de los pueblos de cazadores-recolectores, poco jerárquicas. “¡Por supuesto que tenemos líderes! -cuenta que le dijo un cazador !kung sang al antropólogo Richard Lee-. De hecho, todos los somos [...] Cada uno es líder de sí mismo.” No obstante, “el igualitarismo se desvanece parcialmente cuando  hablamos de jerarquía de género”, señala Morris.

Aunque los antropólogos han hablado de la “opulencia primitiva”, son sociedades comparativamente pobres, que sufren periodos de escasez y donde la esperanza de vida al nacer oscila entre los veinticinco y los treinta años. Los cazadores recolectores viven en grupos pequeños, no por planificación, sino por la alternancia de ciclos explosivos y hambrunas. En el siglo XX el cazador recolector medio tenía una probabilidad mínima del 10% de fallecer en una muerte violenta.

La sociedad agraria, tras la revolución neolítica, toleraba altos niveles de desigualdad, era jerárquica y no admitía tanta violencia como la sociedad de los cazadores-recolectores. El cambio, iniciado en los “Flancos Montañosos” de Oriente Medio entre el 15.000 y 10.000 a. C., se extendió en apenas once mil años y logró colonizar todos los espacios y nichos disponibles; permitió que la población se multiplicara por noventa. Como han explicado otros autores, esta nueva sociedad tenía contrapartidas, como problemas de salud y alimentación. Se han establecido correlaciones entre la intensidad de prácticas agrícolas, la importancia de las herencias y la obsesión con la pureza de las mujeres. Entre las consecuencias estarían también la profesionalización de una élite intelectual y el esclavismo. Evolucionó y presentó muchas formas: entre ellas, el tipo de sociedad en la que, durante la “Era Axial”, surgen algunas de las grandes religiones.

En la segunda mitad del siglo XVIII aparece la sociedad producida por la captura de energía a partir de los combustibles fósiles, que “cambiaron la estructura de los mercados y establecieron ciclos de retroalimentación que acabaron con las antiguas barreras de escala e integración”. Está vinculada a la Revolución Industrial, “la discontinuidad más grande de la historia humana, por el momento” (de mil millones de personas en 1800 la población ascendió a seis mil millones en 2000). Y también la que más ha afectado al mundo. Esta sociedad valora la igualdad por encima de casi cualquier forma de jerarquía y no acepta la violencia: “el siglo XX de los combustibles fósiles fue diez veces más seguro que el mundo de los cazadores recolectores y dos o tres veces más seguro que el de los campesinos”.

Morris reconoce que su enfoque es reduccionista. Aunque, como en otras obras, incluye numerosos datos y gráficos, no puede entrar en muchos detalles. También es materialista: “Si tengo razón -argumenta- llegaremos a la conclusión de que la cultura, la religión y la filosofía moral desempeñan un papel bastante pequeño en la historia de los valores humanos”. “Generan variaciones respecto al tema central”, admite, pero el motor central es la captura de energía. Es también funcionalista, porque considera que los valores son “adaptativos”; y es “explícitamente evolucionista”: los sistemas de valores son “adaptaciones evolutivas a circunstancias y entornos cambiantes”.

Habla, como en Por qué manda Occidente... por ahora, de los fenómenos que pueden causar el colapso de una civilización: las migraciones descontroladas, el hundimiento del Estado, la escasez de alimentación, las epidemias y el cambio climático.

Para Morris, los valores cambian de forma similar a los genes: “a través de interacciones mutuas entre los sistemas morales y el entorno social (social e intelectual, así como físico), combinados con impactos externos”. Diferentes tipos de captura de energía y por tanto distintos tipos de sociedades coexisten en el tiempo (aunque si hace 20.000 años todos los seres humanos eran cazadores recolectores, la proporción según Morris sería inferior al 10% hace quinientos y ahora está muy por debajo del 1% de la población mundial). Morris recurre a ejemplos para explicar tanto el contraste, que a veces parece un estímulo del libro: un campesino griego que iba en burro mientras su mujer iba a pie, su propia actitud (y la de su pareja) con unas mujeres en Kenia. O un ejemplo provocador y escalofriante: el atentado contra Malala Yousafzai, que, explica, muestra el choque de unos valores centrados en la sociedad agraria frente a los valores de las sociedades de los combustibles fósiles.

Seaford acusa a Morris de tener el tipo de “ideas que la clase dirigente” de nuestra época necesita. Opina que el énfasis de Morris en la idea de evolución acepta las ideas centrales de “nuestro orden capitalista”. Spence le pide más detalles, también desde el ángulo de quienes adoptan una cosmovisión determinada, y Korsgaard pregunta por los “valores morales reales”: no los que dominan en una sociedad en un momento -los “valores positivos”-, sino los que son verdaderos y tendrían que dominar. En un texto ligero y penetrante, Margaret Atwood subraya los riesgos ecológicos.

Una de las partes más interesantes del libro es precisamente la respuesta de Morris, donde matiza y aclara algunas de sus posiciones. No acepta la distinción de Korsgaard: “Los valores humanos son positivos, desde el principio”. Morris dice que parte de dos hipótesis: que “existen valores esenciales que casi todos los humanos comparten y que les preocupan profundamente”, y que “estos valores esenciales son adaptaciones evolutivas biológicas”. “Preguntarse qué idioma hablaría la gente si no formase parte de una determinada comunidad de hablantes no es más estúpido que preguntarse cuáles serían sus valores si no fueran seres humanos obligados a la supervivencia mediante la captura de energía.” Cree que los críticos le acusan de enfatizar el sentido común como fruto de la ideología (la ideología tal como Morris cree que la entienden Pearce y Korsgaard; “la visión vulgar-marxista de la ideología en tanto que sistema coherente de falsas creencias que mantiene una estructura total de explotación y dominación”, dice, usando la definición de Talal Asad), mientras que para él el “sentido común es lo que la ideología debe eliminar para imponerse”. A su juicio, “las interpretaciones de nuestros valores biológicos evolucionarán más radicalmente aún durante el siglo XXI, porque la captura de energía está creciendo más que nunca”.

Hay otros reparos que se le podrían añadir. Al igual que ocurre en otros textos de Morris, y en otros autores de libros de macrohistoria, hay un elemento determinista y monocausal. Algunas de las cosas que presenta como necesarias quizá no lo fueran tanto, y a veces el intento por presentar una perspectiva “científica” puede resultar contraproducente. Quizá, como señalaba Deirdre McCloskey, que consideraba que algunas apreciaciones económicas eran poco sólidas, en el paso a la mentalidad más abierta de las sociedades de los combustibles fósiles el influjo de las ideas fue más decisivo de lo que admite. Cazadores, campesinos y carbón tiene aspectos discutibles, pero eso no quita atractivo a un libro que nos invita a debatir con él.