artículo no publicado

Paz y su amigo José Revueltas, preso político

El encarcelamiento de José Revueltas visto a través de la correspondencia entre Octavio Paz y Carlos Fuentes

Octavio Paz (un poeta) y José Revueltas (un narrador) eran amigos desde 1933, cuando militaron juntos en la Unión Estudiantil Pro-Obrero y Campesino. En 1938, Revueltas publicó con su amigo en la revista Taller. En 1943, Paz escribió “Cristianismo y revolución: José Revueltas”, sobre El luto humano, en la revista Sur de Buenos Aires. En 1979 publicó un extenso alcance a aquel ensayo juvenil (“Segunda”) en el que discurre sobre lo que llama “el marxismo cristiano” de Revueltas, a su “visión agónica y contradictoria del marxismo y del cristianismo” (ambos ensayos están en Generaciones y semblanzas, el tomo 4 de sus Obras completas).

En Posdata, su libro de 1970 en el que analiza la crisis política, cuando Revueltas está prisionero en la “cárcel preventiva” de Lecumberri, Paz dice de él que “es uno de los mejores escritores de mi generación y uno de los hombres más puros de México”. Interrogado por su hija Andrea sobre qué pensaba de esa frase, años más tarde, en sus Conversaciones con José Revueltas, el viejo “sonríe y jala su piochita; hunde un poco la barba dentro de su suéter y su chamarra” y responde: “–Es el lenguaje de amor que nos tenemos mucha gente entre sí.”

Comentaré velozmente este asunto del encarcelamiento, incitado por su aparición en la correspondencia entre Paz y Carlos Fuentes, a la que me he referido ya varias veces en este mismo espacio.

 

El 16 de noviembre de 1968

José Revueltas fue encarcelado, con muchos otros, en la “prisión preventiva” de Lecumberri. Mientras ocurría eso, Paz viajaba en el Victoria de Bombay a Barcelona, luego de su renuncia como embajador de México en la India.

El 20 de noviembre, Fuentes (que estaba en París) le escribe a Paz que está en altamar:

Sabrás que Pepe Revueltas ha sido arrestado. El gobierno lo invitó a “dialogar”. Era una simple trampa. Lo tuvieron siete días incomunicado en la crujía de los maricones y ahora lo acusan de robo, asesinato, sedición e instigación a la violencia. Hemos enviado una carta de protesta a Le Monde y otra al PEN Internacional –nuestro PEN, presidido por el Bello Durmiente,[1] no hará nada. No es posible que nos sigan mis-representing. Cuando llegues acá, tenemos que poner en marcha un sin fin de cosas. Le he dicho a Rita [Macedo, su esposa] que regrese con la niña. Después de lo de Revueltas, ya no cabe duda: si regresamos a México seremos encarcelados (or worse).

El 13 de diciembre, en Niza, Paz le responde, cree que hay que hay que publicar un libro colectivo sobre el 68 –ensayos, documentos, cronología, una “antología de la ignominia”– en el que participen, además de ellos dos y Fernando Benítez, “nuestros amigos jóvenes” Gabriel Zaid, José Carlos Becerra, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Juan Bañuelos. Y agrega que

Me preocupa lo de Revueltas. Hay que hacer algo. Otra tarea inmediata: convertir al PEN Club en un órgano de la verdadera cultura de México. ¡Somos la mayoría: lee la lista de miembros!

Un día antes, el 12, Paz le había escrito a Arnaldo Orfila (en la página 192 de Cartas cruzadas) para agradecer los mensajes de solidaridad con él por su renuncia, pero anota que

Ojalá que todas esas energías puedan movilizarse ahora en favor de José Revueltas. Su caso es más importante que el mío. Ignoro si ya se han hecho gestiones para obtener su libertad. Leí un manifiesto firmado por la mayoría de los miembros del PEN Club. Creo que no es bastante. He pensado que Fuentes y yo, ayudados por muchos amigos, podríamos iniciar una campaña internacional.

Junto a eso, Paz propone como “tarea inmediata” convertir al PEN Club en “el órgano de la nueva cultura crítica de México”…

 

El 10 de junio de 1969,

ya desde México, Fuentes recomienda a Paz no regresar al país, por lo pronto. El ambiente es “irrespirable e invivible […] Tlatelolco ha aterrado, los muchachos siguen en la cárcel, no hay la menor perspectiva de diálogo, Martín Luis [Guzmán] se felicita por el triunfo de la democracia en México. Amén.” El 3 de agosto agrega que, a su juicio, Díaz Ordaz ha desatado una verdadera “campaña de terror”.  

El 19 de julio, José Revueltas le escribe un “Mensaje a Octavio Paz” (que se recoge en México 68: juventud y revolución y que puede leerse, parcialmente, en la página 216). Fechado en la “Cárcel Preventiva”, Revueltas le narra a Paz que su compañero de celda, Martín Dozal, un joven maestro de 24 años, lee sus libros y, en especial, su poema “El cántaro roto”:

Martín Dozal lee a Octavio Paz; tus poemas, Octavio, tus ensayos, los lee, los repasa y luego medita largamente, te ama largamente, te reflexiona, aquí en la cárcel todos reflexionamos a Octavio Paz, todos estos jóvenes de México te piensan, Octavio, y repiten los mismos sueños de tu vigilia. […] Porque si leen a Octavio Paz es por algo. No son los jóvenes ya obesos y solemnes de allá afuera, los secretarios particulares, los campeones de oratoria, los ganadores de flores naturales, los futuros caciques gordos de Cempoala, el sapo inmortal. Son el otro rostro de México, del México verdadero, y ve tú, Octavio Paz, míralos prisioneros, mira a nuestro país encarcelado con ellos. Martín Dozal lee a Octavio Paz en prisión. Hay que darse cuenta de todo lo que esto significa, cuán grande cosa es, qué profunda esperanza tiene este hecho sencillo. Hubo pues de venir este tiempo, estos libros, esta enseñanza que nos despierta. […] Este grandioso poema tuyo, ese relámpago, Octavio, y el acatamiento hipócrita, la falsa consternación y el arrepentimiento vil de los acusados, de los periódicos, de los sacerdotes, de los editoriales, de los poetas-consejeros, acomodados, sucios, tranquilos, que gritaban al ladrón y escondían rápidamente sus monedas, su excremento, para conjurar lo que habían dicho, para olvidarlo, para desentenderse, mientras Martín Dozal lo leía y lloraba de rabia y nos hacíamos todos las mismas preguntas del poema: “¿Sólo el sapo es inmortal?”

El 25 de diciembre (anota Ángel Gilberto Adame en Octavio Paz. El misterio de la vocación) Paz firma una carta abierta con Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Juan Goytisolo, Norman Mailer, Alberto Moravia y William Styron que dice:

Los suscritos, sin más títulos que los de intelectuales fieles a los principios civilizadores de la justicia, democracia y respeto a los derechos humanos, deseamos declarar nuestra solidaridad con los presos políticos mexicanos, entre los cuales se encuentra el eminente novelista José Revueltas, y hacer un llamado a las autoridades competentes de México a fin de que, en nombre de las tradiciones libertarias y revolucionarias de un país que protagonizó el primer movimiento de emancipación popular del Tercer Mundo en nuestro siglo, corrijan las notorias violaciones al procedimiento legal vigente en el caso de estos hombres –en su mayoría jóvenes entre los 18 y los 23 años–, encarcelados por su fidelidad al espíritu de libertad revolucionaria que invocamos, y les otorguen la libertad inmediata e incondicional.

Según Arnaldo Orfila, la carta apareció “por lo menos en El Día” y fue leída en Radio Universidad.[2] Paz le pide a Fuentes que se la envíe, y anota algunas revistas y periódicos norteamericanos, ante los que puede intervenir, para que la divulguen más.

 

El primero de enero de 1970,

las autoridades de la cárcel de Lecumberri envían a los presos por delitos comunes a agradir a los presos políticos, que se habían declarado en huelga de hambre desde el 10 de diciembre.

El 4 de enero, en Austin, Paz le escribe a Fuentes que sale hacia Cambridge, Inglaterra. Hará una escala en Nueva York y “pienso aprovecharla para divulgar la situación mexicana, especialmente el problema de los presos políticos”. Agrega:

Cualquier gesto de solidaridad, aunque sea mínimo, debe ser conocido por ellos. He pensado también enviarle un mensaje a Pierre Emmanuel, que es el nuevo presidente del PEN Club. Si tú ves a la mujer de Revueltas dile, por favor, que ni me olvido ni cejo en mi actividad. No sé si te conté que Revueltas y [Eli] De Gortari me habían escrito. No les he contestado porque creo que una carta mía sería o inútil o nociva para ellos… pero su situación, como a todos, me angustia y me desvela. Ya hago lo que puedo.

El 11 de enero, José Revueltas le envía una carta a Arthur Miller, a quien todavía cree presidente del PEN, que también se recoge en México 68: juventud y revolución y puede leerse en línea, parcialmente. Revueltas le cuenta a Miller que la huelga de hambre ya lleva treinta y tres días. En Austin, en la misma carta a Fuentes, Paz había comentado sobre esa huelga:

Te confesaré –contigo puedo y debo ser franco–  que no estoy muy de acuerdo con los objetivos de la huelga de hambre. Aclaro: con los objetivos, no con la huelga. Diré más: me parece un grave error. Hay una regla universal y elemental que se aplica lo mismo al juego que a la política: no hay que jugarse el todo por el todo sino en el último extremo o cuando se está seguro de que esa jugada será la última y definitiva. Otra regla, consecuencia de la anterior: no se debe orillar al adversario a que responda con medidas extremas si uno no tiene la capacidad de replicar con otras aún más extremas y contundentes. Pues bien, ni el gobierno es tan débil como para acceder a la petición de libertad inmediata e incondicional –al contrario: justamente por ser una demanda incondicional se le obliga a responder con una negativa–  ni, ante la segura negativa del Gobierno, los presos tienen otra alternativa que no sea la de llevar hasta sus últimas consecuencias a la huelga: la extinción. Dos posibilidades: un suicidio colectivo o el Gobierno cede, obligado por la presión de la opinión pública nacional e internacional. El grupo que concibió esta idea descabellada cuenta con lo segundo pero, antes de examinar esa posibilidad, for the sake of the argument, me detendré en la primera. El suicidio colectivo es muy improbable, tanto porque no es fácil que cerca de cien personas se autoinmolen al mismo tiempo (habrá algunos que flaqueen y esto propiciará disensiones, disputas o divisiones) cuanto porque, si esa posibilidad, por un milagro de abnegación, realmente se presentase, el Gobierno dispondría  de medios para impedir el autosacrificio. En cuanto a la segunda posibilidad: ni los huelguistas ni sus amigos y simpatizantes contamos con organismos nacionales o internacionales para emprender una gran campaña. En el ámbito de México el Gobierno controla todos los medios de información y los partidos de la “oposición” oficial no moverán un dedo por los huelguistas; en el extranjero, las grandes organizaciones internacionales –de la derecha a la izquierda, de Washington a Moscú, sin olvidar a Pequín y a La Habana–  no tienen tampoco interés en la causa de los huelguistas. Pero inclusive si, a despecho de todo esto se lograse apasionar a la opinión pública mundial, la experiencia muestra que la indignación internacional por sí sola es impotente –como nos lo dicen todas las tiranías del siglo XX, de los Urales a los Andes. Por último, la opinión pública mexicana, después de octubre de 1968, está o aterrada o anestesiada por la propaganda gubernamental. La opinión internacional, como tú sabes, vive un momento de apatía y desánimo. Una ola de “sensatez” cubre casi totalmente a Occidente. En suma: creo que la huelga de hambre debería haber tenido objetivos limitados y concretos. Gandhi nunca ayunó para exigir la salida inmediata e incondicional de los ingleses. La fuerza de la huelga de hambre consiste en ser una medida extrema –pero una medida extrema que no presenta demandas incondicionales sino que se propone objetivos sujetos a la negociación: es un recurso del débil para hacer entrar en razón al fuerte. Es un acto reflexivo, no una acción desesperada e irracional. Te diré todo lo que pienso: veo en el acto un infantilismo y una desmesura que ocultan un cierto gusto por la catástrofe –una inclinación casi morbosa hacia el martirio.[3] Soberbia y nostalgia por la derrota… Vamos a ser testigos de ese tipo de reacciones, en México y en todo el mundo; más y más actos de desesperación y autosacrificio…

La huelga de hambre se levantó el 20 de enero, cumplidas sus “mil horas”, como anotó un documento de los presos.

Meses más tarde, el 19 de noviembre de 1970, desde Cambridge, Paz vuelve al tema en otra carta a Fuentes. Días antes, a poco de cesar su presidencia, Díaz Ordaz había hecho en televisión las (siempre revividas) acusaciones en el sentido de que Paz no había renunciado a la embajada. Paz desdeña “la mezquindad de ese hombre atrabiliario y dispéptico”. Los problemas son otros:

Lo que a mí me tiene aterrado no son los desahogos de nuestro presidente (su reinado termina en una semana) sino las condenas recientes. Son monstruosas y tienen un el tema político inmediato de México es el de la liberación de los presos políticos. El tema inmediato y previo a toda tentativa de reforma. Si el nuevo régimen quiere gobernar y no sólo dominar y conservar el poder, lo primero que debe hacer es liberar a los presos.

Paz regresó por fin a México en febrero de 1971. En marzo fue a Lecumberri a visitar a Revueltas (lo que fue diligentemente reportado a Luis de la Barreda, director de seguridad[4]). Charlaron una hora en el jardín anexo a la crujía, bajo el sol.

José Revueltas fue liberado “bajo protesta” en mayo de 1971, pero nunca se le retiraron los cargos y de hecho, como dijo Martín Dozal, murió sentenciado, en 1976.     

 

[1] En la correspondencia, Fuentes apoda “El Bello Durmiente” a José Luis Martínez, director del Instituto Nacional de Bellas Artes en el sexenio de Díaz Ordaz.

[2] En carta del 17 de enero de 1970. Recogida en Cartas cruzadas. Octavio Paz, Arnaldo Orfila. México, p. 235.

[3] Sobre el lado “sacrificial” de 1968, tan debatido, conviene leer las páginas 336 y siguientes de Octavio Paz en su siglo, el libro de Christopher Domínguez Michael" (parcialmente en línea).

[4] Adame, en Octavio Paz. El misterio de la vocación, p. 201.