Entrevista a José Ovejero: "España ha desprestigiado los cuentos durante muchos años" | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Lisbeth Salas

Entrevista a José Ovejero: "España ha desprestigiado los cuentos durante muchos años"

El escritor madrileño vuelve al género del cuento con Mundo extraño (Páginas de Espuma).

Hacía más de diez años que José Ovejero (Madrid, 1958) no publicaba un libro de cuentos. Cuenta que este lapso le ha servido para quitarse ataduras y escribir con más libertad. También para hallar la fórmula que le ha permitido volver al relato breve tras publicar varias novelas como La seducción, Los ángeles feroces, La invención del amor y La comedia salvaje, y explorar incluso el terreno del monólogo teatral con Qué raros son los hombres y el documental con Vida y ficción. “Yo siempre he tenido dos caminos: el más realista e intimista, y otro menos realista donde la atmósfera es lo importante. Creía que eran muy divergentes, pero luego pensé que no. Y en vez de ir del cuento a la novela lo hice al revés: trasladé la experimentación de la novela a los cuentos, y quise escribir un libro de cuentos que aunase las dos formas”, explica.

Y eso es Mundo extraño, el compendio de 14 cuentos y cinco piezas breves que acaba de publicar en Páginas de Espuma y que devuelve a este prolífico autor al terreno del que se escapó en 2004, cuando publicó el libro de relatos Mujeres que viajan solas. En los cuentos de Mundo extraño escribe con libertad y sin cortapisas, y combina lo irreal y lo fantástico con retazos del mejor costumbrismo. “He puesto en tela de juicio todas mis convicciones sobre la literatura. Uno tiene que tener convicciones muy firmes que duren poco. Eso me parece muy útil. Estar convencido de que lo que estás haciendo es bueno, pero eso no significa que sigas con la misma idea dos años después”, alerta.

Sin embargo, en ellos también continúan muy presentes sus obsesiones literarias: la crueldad, la maldad, las zonas de sombras que todos tenemos y aquello que reprimimos porque no lo queremos ver. Con sus personajes uno no querría ni siquiera irse de copas. “Uno puede ampliar su experiencia y conocimiento, vivir nuevas emociones… pero no puede cambiarse de arriba abajo. Uno tiene la historia que tiene en su infancia y juventud y por mucho que tengas otras experiencias más tarde ahí no vas a cambiar. Y siempre he escrito para desvelar lo que está oculto. Mi trabajo es el del arqueólogo que busca la luz en lo que había quedado oculto”, sostiene.

Es llamativo, además, que casi siempre los “malos” sean personajes femeninos. En estos relatos aparece una hija que apenas siente lástima por la reciente muerte de su madre, una esposa que mantiene en el dolor a su marido enfermo o una adolescente que empuja a su novio, otro chaval, a suicidarse. “No creo que las mujeres sean más pérfidas, crueles o peores que los hombres. Es esa parte de la herencia cultural… Las vampiresas de la novela negra, por ejemplo”, se escuda el escritor. No obstante, admite que sus mujeres suelen tener una fortaleza y una energía de la que carecen los hombres: “En mis cuentos los hombres están más perdidos, más desconcertados. No entienden lo que sucede a su alrededor y no saben cómo lidiar con ello. No me parece que sean moralmente mejores pero son menos activos que las mujeres. Al ser más activas, son crueles en algunos casos”, reconoce. Quizá en esta visión se encuentre lo más atractivo de la literatura de Ovejero, como demostró en las novelas Nunca pasa nada y Las vidas ajenas, que le valieron algunos de los premios más importantes de la narrativa española, como el Primavera o el Alfaguara.

“Este país ha desprestigiado los cuentos durante muchos años”

Ovejero tiene su propia poética del cuento: “Es un lugar de libertad porque no te exige la fidelidad de una novela. En una novela te adaptas a un tono que has pensado, a una manera de contar, mantienes una coherencia. Y en un libro de cuentos la coherencia tiene que ver con esa atmósfera que va por debajo, pero te permite que cada cuento sea distinto. Te permite jugar, ampliar al máximo, puedes pasar de un cuento disparatado a otro intimista”, afirma. En uno de los relatos, “Los escritores que más me gustan”, una especie de rara avis en libro, expresa su opinión sobre los cuentos. “No sabía si incluirlo, pero como quería romper reglas, decidí que sí. Y en él digo que la belleza es maravillosa, y me encantan los escritores que hablan de ella, pero yo no soy uno de ellos salvo en momentos concretos”, explica.

Lo que sí tiene claro es cuándo una historia se va a quedar en el relato y cuándo tiene todas las papeletas para convertirse en una novela. Es algo que está ahí, revoloteando, y que uno sabe. “Sí, yo escribo los libros de cuentos como un proyecto y de alguna manera ya hay algo previo: tengo esta cuestión de la extrañeza ante el mundo y empiezo a generar imágenes como la del vendedor este que va puerta a puerta y entra en esa casa de los ancianos y no es capaz de salir de allí”, sostiene. Lo que ya le resulta más difícil es concretar si un libro de cuentos, como tal, está cerrado y tiene cierta armonía. “Eso es más complicado y nunca lo sabes del todo. Tienes el miedo de no haber hecho lo suficiente. En el libro había un cuento que eliminé porque no respetaba esa atmósfera común a los cuentos. Llega un momento en el que dices: ya está, y el siguiente paso es pensar cómo debe funcionar. Yo quiero que no sean cuentos individuales sino que funcione como un todo. Por eso decidí empezar por dos cuentos no realistas para marcar un poco la pauta y para que el lector entrase preguntándose qué va a ser esto”.

Con este libro, Ovejero se une a una lista de cuentistas españoles que han asentado el género en los últimos años –y buena parte de ellos publicados en Páginas de Espuma– como Eloy Tizón, Hipólito G. Navarro o Iban Zaldua y que se adhieren a la nómina de la tradición breve española en la que se hallan autores como Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile o Juan Pedro Aparicio, que como él mismo indica no gozaron del prestigio que deberían haber tenido en su momento. “Es un país en el que el cuento ha estado desprestigiado durante mucho tiempo por los editores y lectores. Había un desinterés por el cuento. Pero ahora no es solo que se publiquen buenos cuentos sino que tienen una repercusión mediática que antes era imposible. Y ves editoriales que no solo los publicaban sino que ahora apuestan por ellos. Hay una mayor fe en el cuento que antes”, insiste y, además, suma a la lista nuevas voces latinoamericanas, sobre todo de chicas, como Samanta Schweblin, Liliana Colanzi o Mariana Enriquez.

Por este motivo, y porque también le ha cogido el gusto a lo breve, continuará con los cuentos sin que esta vez pase tanto tiempo. Y sin abandonar la senda de la diversificación creativa que ha transitado en los últimos años con el teatro y el documental: “He descubierto hace poco que eso que parecía dispersión en mi obra en realidad opera siguiendo una lógica que entiende la literatura como una manera de mirar el mundo con unas limitaciones. Y yo lo que estoy intentando es ampliar al máximo las posibilidades de mirar. El teatro y el documental suponen llevarlo un poco más allá y decir: voy a seguir el mundo literario, hablando de literatura, pero vamos a ver si puedo ampliar a través de un medio distinto. Al final no es parte de un plan pero sí de una lógica que une ese deseo”, zanja.