artículo no publicado

El día que Pío Baroja se salvó del paredón

Daniel Ramírez García-Mina rescata el capítulo más delicado de la vida del escritor en "La otra vuelta del camino", su entrega dentro de la serie “Baroja y yo”.

“Aquel 23 de julio, con el amanecer, don Pío desayunó albaricoques de la huerta de los Aguirre”. Lo cuenta el autor de La otra vuelta del camino, uno de los libros que componen la serie Baroja y yo, que ha lanzado el editor navarro Joaquín Ciáurriz (Ipso ediciones), y que cuenta con autores como Eduardo Mendoza, Soledad Puértolas, Andrés Trapiello o Sergio del Molino. Este mes se publican los correspondientes a Jon Juaristi y David Jiménez Torres, que acompañan al ejemplar que ahora nos ocupa.

Daniel Ramírez tiene acceso a la entrevista entre el doctor César Aguirre y Pío Caro Baroja, que en 1972 quiere saber de boca de su amigo los peligros por los que pasó su tío en aquel día que bien podría haber sido el último. Pero la transcripción de esa entrevista que recupera Daniel Ramírez, periodista nacido en Pamplona en 1992, ya está publicada con anterioridad, al menos en su mayor parte. Vio la luz en 2015 en una edición no venal titulada Caligrafía de guerra como adjunto a la edición de Los caprichos de la suerte, para disfrute de los clientes de El Corte Inglés. No hablamos por tanto de un inédito, pero lo cierto es que su distribución era reducida, cosa que cambia ahora gracias a la mediación del propio Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, autor de Caligrafía de guerra, sobrino-nieto del novelista y responsable del legado barojiano, que abrió las puertas a Daniel Ramírez y le permitió escuchar de nuevo esa grabación. Como si hubiera llegado el momento propicio para que se conozca este capítulo en toda su dimensión.

El periodista transcribe íntegramente la charla entre el médico Aguirre y Pío Caro Baroja (padre de Pío Caro-Baroja Jaureguialzo) y “rebaña” alguna frase que hubiera quedado fuera. Oídos nuevos que captan un detalle inadvertido, como el de los albaricoques que desayunó don Pío el 23 de julio, cinco días después del golpe de Estado de los conspiradores. Eran frutos de la huerta del doctor Aguirre, en su casa de Santesteban, y su dulzor carnoso, veraniego, tenían algo de caricia de bienvenida a la nueva vida, la segunda. Hay gatos que tienen siete vidas, Pío Baroja tuvo, al menos, dos. Porque al escritor vasco lo capturan los requetés cuando sale en coche, como quien se va de excursión de domingo, en compañía de dos amigos, para ver qué era eso de la guerra. A la altura de Santesteban, al norte de Navarra, le dan el alto y lo meten en un calabozo. Han pasado unos días del órdago rebelde, pero aún no se ha tomado la medida de la gravedad de los acontecimientos. “Este es el viejo miserable que ha insultado en sus libros a la religión y al tradicionalismo”, se oye en la turbamulta que rodea a su coche, no lejos de su casa de Vera de Bidasoa. Le quedaban veinte años para morir y él no lo sabía. Como tampoco sabía que podía haberlo hecho ese día.

Material para una novela

Volvamos al 22 de julio. Tenemos a tres protagonistas que bien podrían servir para una de esas novelas apoyadas en hechos, hechos reales sobre los que levantar una trama. Baroja, prestigioso novelista pero con fama de murciélago, es decir, ni pájaro ni ratón, ni rojo ni franquista, por tanto doblemente en riesgo, aunque él no lo supiera o no quisiera enterarse. Tiene 63 años y quizá sienta que la guerra ya no va con él. Respeto a las canas. Pero lo que parecía sensatez de edad provecta se convirtió en una temeridad casi fatal.

Los otros dos personajes que lo acompañan no pasarían de secundarios: se trata de un médico, Ochoteco y un policía apellidado Rojo. El otro protagonista sería otro médico, César Aguirre, con un papel en este drama que recuerda a los de los Rosales con Lorca, solo que con un final, por fortuna, bien distinto. De su mediación, y de la posible intervención de un aristócrata llamado Luis Javier Andrada-Vanderwilde, como cuenta Pío Caro-Baroja en Caligrafía de guerra, dependió que Baroja salvara el tipo. Ramírez se pone en contacto con la hija del citado marqués, que le cuenta que se llama así, María de las Nieves, por la “reina carlista”, y le confirma que su padre ayudó a Baroja, pero no entra en detalles. Como en Soldados de Salamina, Baroja podría haber muerto fusilado, como podría haber muerto Sánchez-Mazas con el fusil de aquel Miralles –personaje que Cercas no llegó a investigar a fondo y que le descubrió Bolaño en sus años en el cámping– y ambos renacieron a partir de entonces.

El verano del 36 llegó como siempre, con su promesa de vacaciones y tiempo para el solaz. Aunque ya estaba en el aire ese runrún que mezclaba, leemos en Caligrafía de guerra, la música de fondo de charangas y bailables con el ambiente cargado de tensión y violencia de las pocas zonas industriales de Vera de Bidasoa, centro de gravedad más o menos permanente de los Baroja, en torno a la casona de Itzea. Ricardo Baroja, hermano de Pío, aludió a la novela de Julio Verne La invernada entre los hielos, para ilustrar lo que se avecinaba, una mala racha en refugio. Llegaron a Itzea poco antes del 18 de julio tanto Ricardo como su mujer, donde ya estaban Pío, su hermana Carmen y el joven Julio Caro Baroja, que refiere también estos hechos en su monumental obra Los Baroja. Serafín, el padre, se quedó, como era habitual, en Madrid, pensando acercarse en agosto, pero no lo volvieron a ver hasta más de tres años después.

Es en Los Baroja donde cuenta Julio Caro cómo notaron la ausencia de Pío y de Ochoteco llegada la tarde y que alguien, “de manera sibilina” les hizo entender que había sido detenido, pero que estaba a salvo. Se acostaron nerviosos pero “muy entrada la noche” escucharon unos aldabonazos. Dos antiguos amigos, carlistas ellos, venían a tranquilizarlos: a esas horas ya estaba en casa del médico (Aguirre) de Santesteban, y llegaría a media mañana. Y así pasó. “Venía excitadísimo, febril, con las pupilas dilatadas y con un aire más bien colérico que asustado”.

Los hechos

El futuro novelista que, a la manera de un Cercas, quiera reconstruir estos hechos, puede recurrir a varias fuentes. Los artículos de Ayer y hoy, del propio Baroja, el libro de Julio Caro o los Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), de Miguel Sánchez-Ostiz (Pamiela, 2007), sin pasar por alto La otra vuelta del camino, que desde finales de marzo se encuentra en las librerías de toda España y que ha prologado Andrés Trapiello. En él se reconstruyen los pasos de Pío Baroja en esas horas cruciales y, como se ha dicho, se reproduce para el público en general la charla de 1972 entre Pío Caro Baroja y el doctor Aguirre.

Entré. Al primero que vi fue a don Pío Baroja, y a dos más. Entonces me di cuenta de que uno de ellos era el médico de Vera (Ochoteco), al que yo conocía, como es natural. Al otro no lo conocía, luego me enteré de que era una un policía que se llamaba Rojo. Le pregunté: “¿Qué tal, don Pío?”. “Pues ya ve usted, aquí, como el ganado”.

[…]

Le ofrecí [ya en la casa]: “De aquí puede usted salir a la huerta y entretenerse”. Respondió: “No, yo he prometido no salir de su casa y no saldré.”

Él estaba indeciso, no sabía qué hacer. Mi compañero le dijo: “Yo creo que es mejor que se marche a Francia”. Pero había una dificultad, que la columna no se había ido todavía. Y, claro, había el natural temor de que conociesen a don Pío.

Leemos en el libro de Ramírez que las primeras horas tras la liberación de la cárcel de Santesteban fueron nerviosas. “Al llegar […] comencé a tener un gran pánico y a perder la serenidad […]. Nos tendimos Ochoteco y yo en la cama y estuvimos sin poder dormir”. Todo eso, añade Ramírez, con el ruido de motores circundante, y los vivas a España, la religión y el clero.

La pregunta

Dice Cercas que toda buena novela avanza con el motor de una pregunta. Pero que, a diferencia de en el ensayo, esa pregunta no siempre se cierra con una respuesta. A menudo, genera más preguntas y esa es quizá la esencia de la literatura. La pregunta de esa hipotética novela sería, como apunta Ramírez en su La otra vuelta del camino, quién sería el aristócrata de Pamplona que apoyó al médico Aguirre y que medió con el militar rebelde Ortiz de Zárate para que el escritor no fuera fusilado. O no. Quizá la pregunta sea otra. ¿Qué sintió Pío Baroja, el célebre novelista, al tener que retirarse con la cabeza gacha por la puerta de atrás a un país extranjero? Hacía más de tres décadas que uno de sus libros, Camino de perfección, había sido elegido como una de las cuatro novelas del año, junto a las respectivas de Azorín, Unamuno y Valle-Inclán. “Esa mezcla tan moderna de libro de viajes y de novela”, dice otro autor de la serie Baroja y yo, Antonio Castellote, en su respectivo libro, sobre ese particular Camino de perfección hacia el exilio. ¿Qué vuelta del camino le esperaba a un Baroja obligado a alejarse de su Itzea del alma, de su país del Bidasoa, y jugar al destierro forzoso pasados los sesenta? ¿En qué momento empezaron sus problemas con las pesadillas y se quebró su estabilidad nerviosa? ¿Qué siente un hombre que ve que todo lo conquistado no sirve para nada? No son, en cualquier caso, malas preguntas.

El caso es que no había sitio para él. Y sí, en cambio, para su hermano Ricardo, mucho más significado políticamente, comunista, revolucionario, y que vivió en Itzea durante toda la guerra sin que le pasara nada. Quizá esa fuera una de las mil y un razones que le agriaron el alma aquel día. Había salvado la vida, pero se le torcía la que hasta entonces tenía y que, mal que bien, le gustaba. “La rabia no le dejaba ni hablar”, diría su hermana Carmen, que veía cómo hacía una pequeña maleta. La maleta de Baroja, se podría titular esa novela de hechos.

El 23 de julio de 1936, Pío Baroja se despedía de su sobrino Julio, entonces un veinteañero y su principal esperanza en la vida, en la frontera del alto de Ibardin, el puerto que separa esa Navarra húmeda del país vascofrancés. Aún le queda el primer escollo, sortear al carabinero que le impide el paso al otro lado de la frontera. Al menos ha llegado en coche, gracias a un empresario franco-catalán que se ofrece de buena gana a acercarle. El carabinero le adivina las intenciones a Baroja: “Usted lo que intenta es pasar a Francia”. Y el escritor, ya cansado, no lo niega. “Pues, por mí, que se vaya donde quiera”.

Un día antes, Baroja podía haber muerto a consecuencia de “los tubos negros”. No sintió miedo, sino desprecio, diría más tarde. Por el espectáculo de la gente rodeándole, y por el público pasivo. Piensa que le van a matar y que entonces gritará Viva la República. O Viva la Libertad, como recoge Julio Caro.

El escritor que arme la novela sobre los dos días más cruciales de la vida de Pío Baroja tendrá que enfrentar todas esas preguntas. Pero debería introducir una certeza, o plantearla al menos. La de que los albaricoques de la huerta del doctor Aguirre fueron los mejores que probó en su vida.