artículo no publicado

Unas reflexiones sobre el arte del ensayo

Brian Dillon rinde un homenaje al género con un libro que oscila entre la exploración autobiográfica y la crítica literaria.

“Sueño con ensayos y ensayistas: autores reales e irreales, ejemplos logrados e imposibles de un género (no es la palabra, en absoluto) que podría -¿qué, exactamente?- realizar una combinación de exactitud y evasión que me parece definir lo que debería ser la escritura. Una forma que instruyera, sedujera y fascinara en igual medida.”

Essayism, de Brian Dillon, es en cierta manera un libro de amor, a medio camino entre la confesión y la crítica literaria. Participa del género que pretende definir. Utiliza la fragmentación, las listas, el carácter personal, arbitrario e inconcluso del ensayo. Lo que busca de los ensayos “es la simultaneidad de lo agudo y lo susceptible”. Y, como la forma, es breve: ciento cincuenta páginas.

La visión de Dillon, irlandés afincado en el Reino Unido desde la veintena, editor de la revista Cabinet en Gran Bretaña, profesor y escritor freelance, es la de un autor culto en lengua inglesa, más inclinado a las artes, la literatura y ciertas formas de la filosofía contemporánea que al periodismo o la política. Es la de alguien que tiene una formación universitaria (describe la biblioteca de su padre, que parece muy buena) y bastante cultura pop; que al final ha encontrado su sitio en esa especie de canon tuneado con lo que el posmodernismo filtró, y que en general ha podido ser menos aplicado y más excéntrico de lo que habría sido un español que lograse dar clases en la universidad. No cae en los peores defectos de esa tradición pseudouniversitaria, pero tampoco los evita siempre.

El libro está estructurado en forma de capítulos breves: Sobre las listas, Sobre el estilo, Sobre los fragmentos. A menudo se repite el epígrafe Sobre el consuelo: bajo él se agrupan los textos que tienen que ver más con la vida personal del autor, y con sus impulsos depresivos y tendencias suicidas. No dice que el ensayo le sirviera en los momentos más duros -sí, parece, en épocas menos destructivas-, pero hay un vínculo entre su experiencia personal y su actividad como lector y escritor de ensayos.

Aunque inevitablemente se habla de ideas, una de las particularidades del libro es que tiene una mirada muy física y formal, el retrato de una artesanía que ofrece una forma de mirar el mundo. Lo que le interesa a Dillon muchas veces, y lo muestra con abundantes citas y glosas, y con observaciones perspicaces sobre asuntos que van desde la aliteración a la puntuación, es el punto de vista, el tono, la personalidad de la voz del ensayo. El volumen es casi un collage, una antología hilvanada por una voz. A juicio de Dillon, el ensayismo no es la práctica de la forma, “sino una actitud hacia la forma, hacia su espíritu de aventura y su naturaleza inacabada”.

Una de las características del ensayo es su forma de avanzar en su tema. Convive con la erudición pero la erudición no es su objetivo. Tiene que ver con el detalle, y muchas veces, señala Dillon, los ensayos más satisfactorios son los que escogen un tema deliberadamente acotado. Dillon también reflexiona sobre lo fronterizo: el trabajo en la prensa, el aforismo (que para él estaría en decadencia desde hace un tiempo considerable), iluminaciones de autores de otros géneros como Musil.

Pese a que el libro es contemporáneo, rehúye la clasificación académica y limita la mirada histórica a una breve aproximación etimológica (siguiendo a Starobinski) en torno a las relaciones de essayer con exagium y examen, aparecen los grandes ensayistas ingleses, desde Francis Bacon y Thomas Browne a Virginia Woolf y Cyril Connolly (dedica un buen capítulo a The Unquiet Grave). Hay escritoras estadounidenses importantes, como Elizabeth Hardwick (lee reiteradamente algunas de sus piezas, y se las recomienda a sus alumnos), Joan Didion o Susan Sontag (habla de los diarios y de las dudas que tenía Sontag para encontrar su voz, por ejemplo). Pero también aparecen mucho autores de la escuela de Fráncfort, especialmente Adorno -con la idea de la importancia de la focalización, que también lleva al autor a reivindicar que los textos se contradigan a sí mismos- y Benjamin. Los dos autores franceses más destacados, al margen de Montaigne, el inventor de la forma, son Roland Barthes -con Mitologías, Cámara lúcida y también con su escritura más confesional- y Georges Perec, con sus listas, su conciencia del detalle, su espíritu lúdico o la Tentativa de agotamiento de un lugar parisino. Entre las aportaciones de Barthes, explica, está la sensación de vulnerabilidad, y esa impresión de vulnerabilidad se traslada a Essayism, una obra que tiene un tono íntimo, en voz baja. Todos estos autores, y muchos otros, permiten a Dillon encontrar cosas que le gustan del ensayo e incorporarlas a su texto.

Otro autor que planea sobre el libro es el alemán afincado en Inglaterra W. G. Sebald. Dillon oye en la radio algo sobre Los anillos de Saturno, un fragmento que a su vez trata de Thomas Browne. Y la escritura de Sebald se convierte en una especie de modelo, aunque a su juicio nunca logra alcanzar ni su profundidad ni su ligereza. Sebald da la clave de una melancolía que va creciendo conforme avanza el libro y el autor describe su desamparo emocional.

La parte más personal es de lo más convincente de Essayism, y normalmente salva al conjunto de la tentación de caer en los peores defectos que atribuyen a cierto tipo de ensayo sus críticos: el diletantismo, una cierta tendencia al narcisismo y lo gratuito, la compulsión de pontificar sobre lo poco que pontifica el género. La voz de Dillon -autoconsciente, precisa, delicada- confiere autenticidad y sus historias personales, en una morbidez que a veces se acerca al exhibicionismo, dan un interés añadido, algo más emocionante. También dejan una sensación de insatisfacción en ocasiones. ¿Por qué introducir esas pinceladas? ¿Funcionan a manera de elemento legitimador?

En sus mejores momentos, Essayism hace pensar en obras de James Wood o Geoff Dyer: tiene la combinación de originalidad y búsqueda, la atención al detalle de la prosa y la observación de Wood. Pero la categoría que propone Dillon es tan idiosincrásica que la relevancia de libros como este resulta casi circular: son el placer que proporcionan. Los textos que cita están bien seleccionados y mejor comentados, pero podrían ser otros y el lector puede pensar en sus alternativas. En esa arbitrariedad minoritaria está una de las conexiones de este libro con el género que describe y quizá también su mayor encanto.