artículo no publicado
Hermance Triay / Opale / Leemage

"Un suceso revela las debilidades de nuestras democracias”. Entrevista con Ivan Jablonka

Un caso real, los medios y lo que los crímenes cuentan de nuestras sociedades.

El 19 de enero de 2011, Laëtitia Perrais, de 18 años, desapareció de su casa. Vivía con su hermana Jessica y su familia de acogida cerca de Nantes, en el estuario del Loira. Un hogar humilde, como todos en los que había vivido desde su nacimiento en el seno de una familia a la que hoy se la tildaría de “desestructurada”: padre violador, madre alcohólica y cargada de antidepresivos. El peor de los mundos aunque fuera en uno de los países más ricos del planeta.

La desaparición conmocionó a la sociedad francesa. Los medios acudieron en masa a cubrir una noticia que tenía todos los ingredientes para alimentar a la bestia del periodismo sensacionalista. El caso explosionó de tal forma, sobre todo cuando apareció el cuerpo desmembrado, que hasta Nicolas Sarkozy, entonces presidente de la República, decidió utilizarlo para sus intereses políticos atacando a la Justicia en una clara maniobra de desestabilización de los poderes democráticos.

Con todos estos elementos, el historiador Ivan Jablonka decidió construir un relato. Una historia, mezcla de hechos reales y novelización, que recuperara el alma de la víctima. Un libro, Laëtitita o el fin de los hombres (Anagrama), que ganó el año pasado casi todos los premios importantes en Francia. En esta entrevista, realizada mediante cuestionario, repasa aquel caso y reflexiona sobre la criminalidad y su relación con la democracia.  

¿Qué le atrajo del caso de Laëtitia Perrais?

Laëtitia Perrais, una camarera de 18 años, fue secuestrada y asesinada en enero de 2011. Se arrestó rápidamente a un sospechoso, un delincuente reincidente, pero la gendarmería tardó varios meses en encontrar el cuerpo de Laëtitia, escondido en dos estanques. Produjo una auténtica conmoción mediática: las televisiones y toda la prensa repetían sin cesar que su cuerpo seguía “sin hallarse”. Se trata de un suceso excepcional totalmente fuera de las normas: por lo horroroso del crimen, la duración de la investigación, el shock que propagó en las cuatro esquinas del país, la atmósfera de locura colectiva.

Sobre todo, este suceso se convirtió en un asunto de Estado. Algunos se convierten en asuntos nacionales, como la muerte trágica de Marta del Castillo en 2009, pero es muy raro que las más altas autoridades del Estado tomen un crimen para convertirlo en un objeto público. En Francia, fue el propio presidente de la República, Nicolas Sarkozy, el que intervino. Atacó a los jueces, porque habrían hecho un mal seguimiento del criminal. Molestos por estos ataques, los jueces se declararon en huelga en febrero de 2011, un movimiento sin precedentes en la historia de Francia.

La desaparición de Laëtitia hizo que se tambalearan los tres pilares de la democracia: el ejecutivo, la justicia y los medios. El suceso funciona como un prisma, que envía su luz en todas las direcciones: política, justicia, medios, pero también infancia, miseria social, violencia contra las mujeres. En ese sentido, la muerte de Laëtitia, como la de Marta, nos sucedió. Una joven de 18 años que es asesinada no es un suceso: es un acontecimiento social, histórico.

¿Por qué recibió tanta atención de los medios el caso de su desaparición? Como usted dice, hay muchas desapariciones todos los días.

Lo que más me afectó fue la vida de Laëtitia, porque se relacionaba con temas que había estudiado como historiador: el abandono y el lugar de acogida de los menores y el papel del Estado en su educación. Laëtitia pertenece a esa historia colectiva. Cuando tenía 3 años, su padre violó a su madre. En la familia de acogida donde la colocaron con su hermana también hubo violencia sexual.

Todos mis libros tratan de niños. Entre un niño de la asistencia pública del siglo XIX y Laëtitia en el XXI hay una continuidad. Como había trabajado sobre la Asistencia pública, me interesé por la peripecia de Laëtita y pude hablar de manera más amplia de los 18 años que duró su vida. A veces, me parece que Laëtitia vivió siglos.

Un suceso se centra en el crimen, el criminal, la sangre. Yo quería invertir la peripecia habitual, para interesarme no por el crimen sino por quien había desaparecido, por la ausente. Quería arrancar a Laëtitia del crimen que la había destruido. Que contara por su vida, no por su muerte. El objeto de mi vida es su existencia completa: bebé, niña, adolescente, joven en el camino hacia la autonomía.

Asesinada a los 18 años, Laëtitia se convierte en un espectáculo de muerte, fragmentos de cadáver. Gracias a mi investigación, vuelve a ser una persona humana, con su existencia plena y completa, su dignidad, su libertad. Mi libro es por tanto menos el relato de un suceso que una biografía, el retrato de una joven.

¿Cometió errores el periodismo?

Lo que destrozó la vida vida de los seres cercanos a Laëtitia fue la violencia, no los periodistas. Sin duda, los medios fueron insistentes, quizá obsesionados por la desaparición de Laëtitia. Los periodistas pasan a veces por carroñeros, pero su trabajo es informar: cualquier ciudadano quiere saber lo que pasa debajo de su casa. Se espera que el asesinato de una mujer de 18 años, por la emoción que suscita, entre en la esfera pública. Forma parte de la democracia.

Cuando hace bien su trabajo, el periodista lleva investigaciones basadas con fuentes, como un historiador –el investigador abraza una temporalidad más amplia y objetos más amplios. Antes de escribir, los periodistas y los historiadores deben “dar fuentes” a sus palabras, verificar y encajar los hechos.

No es una historia sobre el bien y el mal, o al menos se esfuerza usted en que no lo sea. No es un libro donde todos sean buenos o malos. Sin embargo, tenemos tendencia a pensar en términos dobles. ¿Qué dificultades le han planteado contar esta historia?

El relato de un suceso se centra estructuralmente en el crimen. La única heroína es la muerte; la víctima solo está ahí para que la golpeen, violen, maten, etc. Se ve bien en un juicio: el punto donde convergen todas las miradas es el acusado. La víctima, sobre todo cuando está muerta, es secundaria.

Yo quise que, en cambio, Laëtitia fuera la única heroína de mi libro. Pero contar su existencia no me impide hablar de su asesino de manera humana. Este hombre forma parte de mi libro, no porque matara a Laëtitia, sino porque Laëtitia se sentía atraída hacia él y pasó sus últimas horas siguiéndolo. Recuerdo en mi libro que él tuvo una infancia fracasada, que nació en una familia disfuncional de la que se retiró, y que tuvo una escolaridad caótica. Recordar eso era una manera de explicar por qué ese hombre interesó fugazmente a Laëtitia: tuvieron la misma infancia.

En el libro habla mucho del siglo XIX. En su parte más positiva, Francia es el país de la revolución, progresista y liberal. ¿Piensa que el país está en retroceso?

Estudiar el caso de Laëtitia me ha permitido estudiar el funcionamiento del Ejecutivo, las evoluciones de la justicia, el papel de los medios, pero también de la Francia periurbana, la de los pequeños pueblos y los campos, el país invisible. Este suceso supera de lejos a Francia, porque plantea cuestiones que preocupan a todas las sociedades: la vulnerabilidad de los niños y las infancias que sufren las mujeres. Un suceso revela las debilidades de nuestras democracias.

¿Cómo lucha Francia contra la violencia de género? ¿Todavía hay impunidad? En España, hay una ley contra la violencia y una responsabilidad y conciencia sobre el tema, al menos desde hace unos años, pero los crímenes continúan produciéndose.

Afortunadamente, Francia lucha contra todas las violencias de género: reprime con contundencia la violación, la violencia conyugal y el acoso en la calle. Hay también campañas de sensibilización para el gran público, pero también para los profesionales de la acción social y personal de policía y justicia: formación, atención hospitalaria a víctimas o testigos de la violencia de género, dispositivos de teleprotección, el teléfono “grave peligro”.

Por desgracia, las violencias físicas y sexuales existen en todo el mundo. Las violencias que sufren las mujeres son milenarias. Laëtitia tuvo una infancia muy difícil, entre las salas de la prisión, los sótanos del inmueble y los hogares infantiles. Conoció casi todo el espectro de la violencia masculina. Mi libro es un homenaje a todas las Laëtitias y Martas del mundo: un homenaje que no pasa por los elogios o las lágrimas, sino por una reflexión acerca de lo que les ocurrió. Debemos la verdad a los muertos.

Sarkozy tuvo un papel importante en el asunto. ¿Rompió la separación de poderes? No parece muy democrático.

Sí, el presidente de la República intervino públicamente para criticar a los jueces, agitar el miedo de sus conciudadanos, calificar al sospechoso de “monstruo” y “presunto culpable”, una idea que era una aberración jurídica, sobre todo en boca de quien debe garantizar la independencia de la magistratura. Esas derivas no son propias de Francia.

Durante el caso, fue sobre todo la magistratura la que defendió la democracia, al hacer una huelga. La justicia asume un papel democrático cuando defiende algunos valores: la presunción de inocencia, la serenidad del debate, la primacía de la razón y de la ley sobre la emoción.

En el libro hay dos historias: los días del secuestro, del crimen y los posteriores; y la vida que llevaban Laëtitia y su hermana hasta la muerte de la primera. ¿Por qué lo construyó así?

Mi libro está escrito en forma de doble hélice. Son dos relatos que se enroscan el uno en el otro. Por un lado, la vida de Laëtitia; por otro, la investigación criminal. El vínculo es que su vida ayuda a entender su muerte, porque el proceso de fragilización de Laëtitia que comienza en la infancia explica que siguiera a este hombre. A la inversa, la investigación criminal recuerda la singularidad y dignidad de Laëtitia. La encuesta no consistió, como en una novela clásica, en detener al culpable (el sospechoso fue detenido al cabo de dos días), sino en encontrar el cuerpo de Laëtitia, en devolverle la singularidad a alguien que la había perdido, porque había sido cortada en trozos.

Se ha escrito mucho sobre el asunto. ¿Por qué era necesario un libro?

Se ha hablado de Laëtitia muerta, no de ella cuando estaba viva. Y para entender la vida de Läetitia –mi forma de rendirle homenaje-, había que apuntar razonamientos de historia y de sociología en un texto: una literatura de lo real.

¿Este libro es una novela, una rendición de cuentas de los hechos? ¿Qué es exactamente?

El trabajo de un investigador consiste en decir cosas verdaderas sobre las sociedades presentes o pasadas. Decimos cosas verdaderas sobre el mundo, no porque tengamos ciencia infusa sino porque realizamos investigaciones apoyadas en un razonamiento, una demostración y pruebas.

Como investigador y escritor, eso es lo que hago. Lo que me atrae de la palabra “encuesta” es que el término no solo federa todas las ciencias humanas, sino también los géneros literarios. La investigación permite establecer el vínculo entre la historia, la sociología y textos como la biografía, el testimonio, el relato de viajes.

La creación literaria y la investigación en ciencias sociales pueden reconciliarse. Evidentemente, si definimos la primera como “ficción” y la segunda como “hechos”, ese encuentro crea problemas, porque la historia no es una ficción. En cambio, si consideramos las ciencias sociales un razonamiento, una investigación, no veo por qué ellas no pueden dar nacimiento a un texto, a un trabajo sobre la lengua, con una construcción narrativa, voces, una atmósfera. Escritores tan diferentes como Jack London, Primo Levi, Svetlana Alexievich y Annie Ernaux dicen cosas verdaderas en un texto. ¿Qué he hecho yo mismo en Historia de los abuelos que no tuve y Laëtitia? Creación en ciencias sociales.

Estas formas nuevas pueden ser un remedio a la crisis que las ciencias sociales atraviesan hoy en día en la universidad, en la librería y en la edición. La historia no es una retirada en un depósito de archivos polvoriento, sino una aventura intelectual propicia al placer del investigador y del lector. Las ciencias sociales hacen bien a la literatura, y la literatura hace bien a las ciencias sociales. La invención de nuevas formas es una perspectiva estimulante para el siglo XXI.

A diferencia de otros escritores, su voz no resuena apenas en el texto. ¿Por qué quería esconderse?

Pero si soy de los pocos historiadores que dicen “yo” en sus textos... Normalmente, un investigador no dice “yo”, por temor a perder objetividad. Al contrario, yo pienso que medir la distancia (o la proximidad) que hay entre nosotros y nuestro objeto de estudio nos hace ganar reflexividad, y por tanto enriquece el protocolo científico. Este “yo” de método excluye naturalmente la confesión, la autoficción y otros testimonios: solo hablo de mí por razones de método.

Todos tenemos identidades profesionales. Yo tengo una identidad de historiador, esa es mi formación y mi oficio. En lo que respecta a la marcha intelectual, todos estamos atravesados, lo queramos o no, por varias identidades: tener un oficio, vínculos de familia y paternidad, así como vínculos sociales. Asumo todas mis identidades en el texto, pero solo cuando el método lo exige. Por ejemplo, al escribir sobre la vida de Laëtitia, necesitaba evocar el hecho de que yo soy un hombre y ella una mujer, testigo y víctima de la violencia masculina durante toda su vida.

Los relatos basados en acontecimientos reales están muy presentes en la actualidad. ¿Por qué?

La literatura es una herramienta formidable para comprender lo real. Fíjese en que no he dicho “ficción” o “novela”. Hablo de literatura, que es una noción infinitamente más vasta y rica que la novela.

Truman Capote fue el primero en estudiar un suceso y, a partir de ahí, la violencia de nuestras sociedades. A sangre fría inventa un género nuevo (aunque el argentino Rodolfo Walsh ya lo hubiera practicado en Operación masacre). Sin embargo, mi libro se distingue de A sangre fría en dos cosas. Para empezar, no me fascina el crimen ni los criminales, por eso decidí consagrar el libro a Laëtitia, nuestra desaparecida. En segundo lugar, vengo de las ciencias humanas: mi formación de historiador y de sociólogo me permite recurrir a herramientas cognitivas que refuerzan el protocolo de la investigación. Las ciencias sociales pueden contribuir a renovar la no ficción en particular y la literatura en general.

¿Cuál es la metáfora de Laëtitia Perrais?

La vida de Laëtitia es lo que, en antropología, se llama un “hecho social total”. En esta vida que podría parecer anodina, hay una miniatura de toda la sociedad. Para comprender un hecho social total, se necesitaba una investigación total, y una investigación total supone ir al Eliseo, a los barrios populares donde creció Laëtitia, al borde del estanque donde se hundió su cuerpo. Mi libro es un retrato de Laëtitia, pero también de nuestra sociedad. Martirizada, Laëtitia prestó su cuerpo a una democracia.