artículo no publicado

Pastoral sionista

Jonathan Safran Foer

Aquí estoy

Traducción de Carles Andreu

Barcelona, Seix Barral, 2016, 720 pp.

“Absolutamente todo era algo que o bien había que olvidar o bien había que recordar para siempre.” El narrador de Aquí estoy, Jacob Bloch, se refiere a sus antepasados judíos de Galicia, en Polonia, que después de la Segunda Guerra Mundial se instalaron en Estados Unidos. Como muchos judíos de la diáspora, vivían con una mezcla de miedo y recelo que les hacía preferir la indiferencia de los estadounidenses a su amor, “porque al menos es más fiable.” Las tragedias a veces se ocultaban por pudor, otras veces eran lo que unía a la familia. Aunque laico y con un vínculo cada vez más tenue con el judaísmo (sostenido exclusivamente gracias a su padre y su abuelo, y a unos primos en Israel), Jacob no deja de ser un judío de la diáspora, y también el estereotipo del judío de la diáspora en eeuu popularizado por la cultura popular, desde Woody Allen a Larry David: debilucho, paranoico, neurótico, psicoanalizado y nada atlético. Trabaja como guionista en una serie que no le satisface, flirtea con una compañera de trabajo con la que no se atreve a acostarse, sus hipersensibles hijos encadenan trauma tras trauma y su matrimonio es un depósito de sentimientos y rencores reprimidos.

La historia de Aquí estoy, la tercera novela de Jonathan Safran Foer y su primera en más de diez años (Tan fuerte, tan cerca se publicó en 2005) comienza cuando Sam, el hijo mayor de Jacob y Julia, es castigado en la escuela hebrea por escribir varios insultos racistas y machistas. Jacob cree que no ha sido él y lo defiende; Julia cree que es culpable y que debería pedir perdón. Esta pequeña discrepancia permite ver las grietas de un matrimonio desigual e insincero. En un momento dado, Jacob le confiesa a Julia que siempre se ha guardado todo lo que sentía. Julia le dice en otra ocasión que está harta de tener que ocultar todo aquello que traumatiza a Jacob: “Si supieras cuánto te he protegido, cómo me he preocupado por tu patética inseguridad de pollito. Te he ahorrado un montón de cosas inocentes que no tenías ningún derecho a que te molestaran, pero que te habrían destrozado.”

Pero no hay apenas peleas, ni dramas considerables. Jacob y Julia son espectadores pasivos del fin de su matrimonio. Cuando Julia encuentra un segundo móvil de Jacob que este usa para enviar mensajes subidos de tono a una compañera del trabajo, siente lástima por él, porque sabe que no sería capaz de consumar su fantasía: “Te darían esos ridículos temblores en las manos, empezarías a empapar la camiseta, perderías la media erección gelatinosa que con suerte habrías conseguido.”

En mitad del proceso de separación, un terremoto destruye Oriente Medio y el abuelo de Jacob, Isaac, se suicida. Los primos de Israel, una versión más fuerte, más peluda y más orgullosa de los Bloch estadounidenses, acaban de llegar de viaje para el bar mitzvah de Sam. En esta combinación de catástrofes Jacob parece encontrar cierto sentido a la vida, o algo de combustible para salir adelante: está el miedo existencial a la muerte y el miedo a la soledad, y está la obligación moral de luchar por lo que se entiende que es su patria espiritual, Israel, ahora sumergida en una catástrofe natural y geopolítica. El primer ministro de Israel pide a todos los judíos del mundo que hagan la aliyá, que vuelvan a casa a protegerla de sus enemigos. Pero en Jacob nada cambia. Lo que tenía que destruirse, su matrimonio, se destruye, y lo que tenía que sobrevivir, como siempre ha hecho Israel, sobrevive. Todo sigue su curso.

Aquí estoy narra un doble dilema identitario. Es la historia de un hombre de cuarenta años que se siente fracasado y que piensa que nunca ha sabido lo que quería. Y es también la historia de un hombre judío que no sabe lo que es exactamente ser judío. La novela combina una vocación realista y clásica con otra aparentemente posmoderna (durante años, Jacob ha escrito en secreto un guion sobre su familia; una parte de la novela es el tratamiento de ese guion, instrucciones para entender a los personajes). Pero, en cierto modo, es un melodrama cuyo gran defecto es su solemnidad. Aunque sus diálogos son ágiles, frescos, a veces brillantes y divertidos, muchas reflexiones resultan cargantes de tan falsamente trascendentales. Todo tiene su subtexto reflexivo, su relleno filosófico. Detrás de cada silencio, de cada diálogo, de cada acción, está el narrador para contextualizar con frases aforísticas, a veces cercanas a la autoayuda (“Al final te quedas solo con lo que te niegas a soltar”, “La temeridad es la única forma que tenemos de lanzarle un puñetazo a la nada”). No es preciso psicoanalizar cada frase, que todo tenga un sentido trascendental. Aquí estoy es una novela notable, bien armada, divertida y con personajes bien construidos (los hijos de Jacob son quizá lo mejor, con sus neuras, sus preguntas estúpidas, sus miedos y sus traumas ridículos). Sabe ser polémica y provocadora sin caer en lo kitsch (aunque su final es efectista), y elocuente sin ser pretenciosa. Quizá solo le falta reírse un poco más de sí misma. ~