artículo no publicado
Elena Blanco.

Las defensas: literatura como acción directa

La nueva novela de Gabi Martínez presenta el estrés como un monstruo contemporáneo y muestra cómo la ciencia puede tener una relación amorosa con la literatura.

Un segundo y, dos años después, una novela. El segundo: un hombre en la cincuentena, Domingo Escudero, acercándose al escritor Gabi Martínez (Barcelona, 1971) durante un Sant Jordi para contarle que sufrió una encefalitis que, sin embargo, fue diagnosticada como un trastorno mental, y estuvo medicado y tratado como si fuera un loco. La novela: un cóctel de hechos reales y ficción que se adentra en el territorio pantanoso de la mente y la locura de un hombre, pero también de una sociedad enferma a través de sus últimos cuarenta años de historia.

Las defensas (Seix Barral) es el título de todo esto y es la primera vez que Martínez abandona la literatura de viajes para relatar una historia que transcurre en Barcelona –aunque podría haber sido en cualquier otra metrópolis– y que bebe de hechos que ocurrieron. Hechos crudos, que remueven al lector y que son la base de lo que más interesa al escritor. “Me guío siempre por lo que digan los hechos. Y lo que trato es provocar una reacción en el lector. Después de leer, algo ha de cambiar en tu entorno y en ti, porque tu entorno cambia en el momento en el que tú decidas hacer un gesto o moverte en una determinada dirección. Me gusta ilustrar todo lo que ocurre con acción directa”, cuenta vía telefónica.

No miente. En Las defensas transcurren muchas cosas que agitan. No es solo la historia del doctor Escudero –Camilo Escobedo en la ficción–, sino que también es una profunda inmersión en los órganos de un ciudad, en cómo España/Cataluña se hizo mayor con la llegada de los Juegos Olímpicos y, oh, sí, también la corrupción, en cómo la competitividad nos puede acabar aniquilando y volviéndonos locos, y en cómo la ciencia también puede tener una relación amorosa con la literatura. Y todo contado con sobriedad quirúrgica.

Martínez nunca había escrito sobre su ciudad. “Me hacía falta tranquilidad. Cuando empecé a escribir quería hacerlo sobre Barcelona, sobre las pulsiones individuales que nos perturban, pero no sabía lo suficiente ni de España ni de Barcelona. Y vi que era un terreno pantanoso, y si entras tienes que saber el terreno que pisas”, comenta. Muchos grandes escritores como Marsé, Candel o, más recientemente, Casavella, se habían ocupado de ella. Martínez quería ir con tiento y, después de recorrer Australia con Voy y el corazón de África con Sudd, llegó el turno de Barcelona. No obstante, tampoco se trataba de recrear con fanático realismo la ciudad. Ni siquiera Barcelona es el referente de la “enfermedad” de la novela. “No. Habla de la sociedad, de lo que estamos haciendo con las personas que viven en las grandes ciudades donde hay presiones soterradas brutales”, sostiene el escritor.

Y que derivan en patologías. Como resume Martínez, ahí está la clave de la novela: el estrés como el gran monstruo de nuestros días –un alien del capitalismo– y cómo la mente puede jugar con nuestro cuerpo. Nunca cerebro y corazón estuvieron tan cerca. “Hay que preguntarse cómo tienes a alguien en una ciudad diseñada para vivir bien, con una carrera para vivir bien y de pronto todo eso se le vuelve en contra. De ahí procede el título. Las defensas se vuelven en tu contra”, explica el escritor. Esta crudeza se cuenta sin ironías porque no solo se narra la enfermedad de Escobedo, sino también la de otros compañeros de la planta de neurología que sufren la tiranía de un jefe al servicio de los poderes públicos del sistema sanitario. Emoción y neuronas. Una vez más, Martínez removiendo las entrañas del lector.

Hay pasajes, no obstante, más reconciliadores, como aquellos que muestran la pasión literaria del neurólogo. Escobedo lee constantemente (por momentos podríamos estar ante un psiquiatra literato como Oliver Sacks) y es una patada hacia todos los escritores que no tienen interés en asuntos científicos. “Igual es pura intimidación de las letras con respecto a la ciencia. Históricamente las letras creen que todo viene del espíritu, y que el conocimiento directo igual no es tan decisivo”, sostiene Martínez que sin embargo hace un verdadero tour de force con los términos médicos que aparecen en la novela.  “Si estamos en esto es para aprender, quiero que cada uno de los libros me aporte, me enseñe algo de lo que me rodea”, añade.

Lamenta que no existan más novelas que, quizá como Las defensas, se detengan en asuntos de la contemporaneidad. Y hasta echa de menos que no existan debates literarios. “Hubo una época en la que me molestó que me incluyeran en el grupo de los Nocilla, pero ahora no lo veo tan mal. Al menos había un debate”, constata el escritor a quien le gustaría que la literatura se cerniera sobre asuntos más del presente y menos del pasado –la pereza de la memoria histórica– como la plurinacionalidad de España. “Ahora los libros que más suenan tienen que ver con España: Patria y el ensayo La  España vacía. Si eso es así creo que es un debate que se podría retomar. También por la muerte de Juan Goytisolo, que escribió España y los españoles desde el exilio. Hay que ir a los temas donde la gente, y también los jóvenes, se puedan proyectar. Introduzcamos más debates literarios”, insiste.

Ah, y también el de Cataluña. En Las defensas hay dos momentos interesantes: en uno de ellos, el protagonista deplora la actitud de los políticos catalanes con respecto a España; en la otra, la crítica es a la inversa. “Y hago que lo diga un loco para que el lector tenga que posicionarse. Es un tema que no se está abordando. Hablo con escritores de distintas zonas, y algunos de zonas en las que no se habla el catalán que dicen que no puede decir lo que creen porque si no les empapelan. Es gente que escribe en castellano. Esta es una situación muy incómoda para todos y ahora mismo es un problema real. Hay gente que puede ser literariamente crucificada”, mantiene a la vez que se pregunta “si un autor de fuera de Cataluña defiende el referéndum o la independencia, ¿no sería linchado?”.

 Pura acción directa. Solo queda que alguien recoja el guante.