artículo no publicado

Experimentos conyugales con la clase media

Margaret Atwood

Por último, el corazón

Traducción de Laura Fernández Nogales

Barcelona, Salamandra, 2016, 416 pp.

Si bien la eterna candidata al Nobel Margaret Atwood ya nos ha sumergido varias veces en los mundos distópicos que anidan en su inagotable imaginación, no deja de ser sugestivo que cada vez que lo hace explore un aspecto diferente de ese lúgubre porvenir que asoma las garras entre sus páginas. En su célebre El cuento de la criada (1985) el tema era el fundamentalismo religioso y la soberanía reproductiva (la criada del título es la protagonista, quien pertenece a una casta de mujeres cuyo único fin social es la reproducción de la especie). En la trilogía que forman Oryx y Crake, El año del diluvio y MaddAddam exploraba las imprevisibles consecuencias de los experimentos biológicos en un mundo donde una catástrofe ambiental funda las bases de un nuevo comienzo. Sin embargo, el denominador común de estas historias no es una pesimista obsesión por imaginar diversas arqueologías del futuro, sino las oscuras a la vez que caleidoscópicas e hilarantes fábulas que atenúan cualquier moralina en su evidente voluntad de despertar nuestras adormecidas conciencias políticas.

Y por eso la reconocida trayectoria de la autora como militante ecologista no impide que esta confluencia entre estética e ideología se manifieste de una manera eficaz estilística y narrativamente. En esta última novela nos encontramos con otro de sus temas favoritos. Un futuro cercano donde una acelerada crisis económica ha hecho implosionar la vida en comunidad en los grandes centros urbanos de todo el lado oeste del continente norteamericano. Como si la experiencia de la paradigmática ciudad de Detroit después de la crisis de la industria automovilística se hubiera expandido como un virus, contagiara a las demás urbes y acabara con ellas por efecto dominó. Así es como la mitad del continente se ha convertido en una versión actualizada del salvaje oeste donde la figura elemental del Estado como monopolio de la violencia física se ha replegado, y los ciudadanos están abandonados a sus instintos de supervivencia.

De esta manera aterrizamos desde las primeras páginas en un mundo desolado y polvoriento, con cierto ambiente de serie b ochentera que recuerda el anárquico mundo gobernado por pandillas de moteros en las dos primeras películas de la franquicia australiana Mad Max. Stan y Charmaine son una pareja joven con estudios superiores que lo han perdido todo, hasta su casa y sus trabajos cualificados. Solo les queda el coche, donde pernoctan y tratan de intimar como mejor pueden, con el constante pánico a ser atacados por las pandillas de delincuentes que los asedian. Charmaine trabaja en un bar de mala muerte al costado de una carretera, coqueteando con la idea de prostituirse como hacen sus dos compañeras más jóvenes en el mismo bar. Stan no consigue trabajo y ambos están al borde de la desesperación porque todavía recuerdan cómo era vivir antes, con unas garantías mínimas de necesidades básicas satisfechas. Y también, algo de confort. Y aquí es donde se cifra la vuelta de tuerca que le da Atwood a esta nueva mirada de su holgado caleidoscopio distópico. Charmaine y Stan todavía conviven con sus anhelos de futuro, con sus expectativas vitales, con esas ambiguas promesas de felicidad que no se cumplieron. Con todas esas aspiraciones en cuanto a calidad de vida y sobre todo consumo que les ofrecía su potencial pertenencia a una, ahora desacomodada, clase media.

Entonces será cuando una nueva oportunidad de pertenecer a esta clase se les presente. Ambos son seleccionados para participar de una experiencia sociológica piloto ingresando en la comunidad de la ciudad de Consiliencia, que deben alternar con una estancia obligatoria en Positrón, su institución gemela que es una cárcel. Al comienzo ambos sentirán que vale la pena dejar de lado algunas libertades individuales para pertenecer voluntariamente a esta sociedad panóptica en miniatura y volver a tener algunos derechos básicos convertidos en privilegios. Sin embargo, las vendas propiciadas por el acceso al confort y los consoladores placebos de Consiliencia/Positrón no demorarán en caer y develar su cara oculta. Y allí es donde Atwood demuestra su pérfida habilidad para rascar y sacar a la luz las dudas, los pequeños secretos y las deslealtades que esta confundida pareja de treintañeros sufrirá por miedo a volver a ser arrojada a la intemperie de la anarquía social. Narradas desde las voces de Charmaine y de Stan, sus historias avanzan en breves capítulos episódicos: se separan y se encuentran en un laberinto donde lo lóbrego, lo hilarante y lo imprevisible son el escenario distópico eficaz de la tensión entre el deseo individual y la vida conyugal, dinamitados por un contexto social que los pone constantemente a prueba. ~


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