artículo no publicado

Escuchar la vida

Rachel Cusk

A contraluz

Traducción de Marta Alcaraz

Barcelona, Libros del Asteroide, 2016, 224 pp.

Después de comer con un multimillonario dispuesto a financiar una revista literaria, asunto del que no llegan a hablar, la narradora se monta en un taxi, que paga el millonario, con destino a Heathrow. Tiene que tomar un avión a Atenas, donde impartirá un curso de escritura creativa. La narradora de A contraluz, la novela más reciente de Rachel Cusk (nacida en Toronto en 1967, pero afincada en Reino Unido desde 1974) es desde el comienzo la depositaria de las historias más o menos íntimas de diferentes personajes que se van cruzando en su viaje y en su estancia en Atenas. A través de esos diálogos, que a veces aparecen reproducidos en estilo directo y otros en estilo indirecto, se va dibujando su historia (el divorcio hace tres años, los hijos, la escritura). Lo que se muestra de ella sucede en las interrupciones a sus interlocutores (réplicas más o menos ambiguas, pequeñas reflexiones, respuestas de cortesía o mensajes y llamadas de teléfono de alguno de sus hijos que la reclaman para encontrar una raqueta o el camino al colegio desde Londres), casi en anotaciones al margen de esas escenas que organizan la novela.

El libro, primera parte de una trilogía –la segunda, Transit, ya ha sido publicada en inglés–, consta de diez capítulos que funcionan como secuencias. En cada una de ellas la narradora está acompañada de un interlocutor (o varios): el “vecino de vuelo”, cuya invitación para salir a navegar acepta; un colega que también participa en el curso de verano; sus alumnos del taller de escritura; un viejo amigo de la narradora y una escritora de éxito; una amiga y la amiga de esta; la nueva inquilina de la casa en la que se ha estado alojando y hasta la dueña de la casa, que aparece a través de su piso y los objetos que allí encuentra la narradora, de los que trata de extraer una historia. Ese parece ser el gran don de la narradora: inspirar la suficiente intimidad en el otro como para que le confíe su vida, sus fracasos y anhelos, sus arrepentimientos y esperanzas, pero también sus reflexiones y consejos o un relato detallado de su vida. Mientras tanto, ella calla y escucha. Su capacidad de observación es solo una de las muchas muestras de su inteligencia: es aguda, no tiene prejuicios y sabe mantener un bajo perfil. Y así la novela va trazando un retrato poliédrico de las relaciones humanas, uno de los temas del libro, que incluyen las de pareja, las de padres e hijos, la amistad y un amplio muestrario de la complejidad, la extraña naturaleza y la fragilidad de los lazos que nos unen con los demás.

Una de las claves del libro está en la relación entre escritura y vida, de la que hablan diferentes personajes. La narradora, por ejemplo, se ve incapaz de explicar por qué se rompió su matrimonio cuando se lo cuestiona su compañero de vuelo, pero la pregunta genera esta reflexión: “El matrimonio es, entre otras cosas, un sistema de creencias, un relato, y aunque se manifiesta en cosas muy reales, sigue un impulso que, en última instancia, es un misterio.” Y será ese compañero de vuelo quien recuerde algo que leyó a un traductor: “cuando viene al mundo, una frase no es buena ni mala, y que para determinar su carácter basta con unos ajustes sutilísimos, un proceso de intuición en el que la exageración y la fuerza resultan fatales. Esas líneas se referían al arte de escribir, pero echando un vistazo a su alrededor en su incipiente mediana edad, mi vecino había empezado a darse cuenta de que también podían aplicarse al arte de vivir”. Esa relación se ve también en los ejercicios que propone la narradora a su alumnos, que siempre tienen como materia prima la vida.

Aunque a la narradora le pasan cosas (en su segunda salida a navegar con su vecino de vuelo, este intenta besarla; recibe una respuesta cruel de una de sus alumnas, Casandra, que le dice que es una “profesora malísima”; su amigo le trae una fotografía que le hizo tiempo atrás con la que entonces era su familia y que ella, en principio, se niega a ver), en esta novela ágil y fresca apenas hay trama más allá del discurrir de las conversaciones y de los relatos de las vidas ajenas contados por sus protagonistas. Cusk pone en boca de ese viejo amigo de la narradora la que podría ser una de las explicaciones de la estructura de la novela: “Estamos enganchados a la historia del progreso, tanto que se ha apropiado de nuestro más profundo sentido de la realidad. La historia ha llegado a in- fectar la novela, aunque tal vez la novela, a su vez, nos esté infectando a nosotros para que no esperemos de nuestra vida lo que hemos acabado esperando de nuestros libros; pero este aspecto de la vida como progreso es algo que ya no quiero.” Y para cerrar ese juego de espejos y ese relato dentro del relato que es A contraluz, la nueva inquilina, una dramaturga incapaz de escribir que llega para dar clase en el mismo curso de escritura que la narradora, también ha entablado conversación con su vecino de vuelo, un diplomático.

Cusk perfila a los personajes a través de lo que dicen y cómo lo dicen, a veces le basta con una intervención, como en el caso de los alumnos, otras se deleita en la conversación. Crea una pluralidad de voces que funcionan casi como un coro en el que cada miembro tiene su punto de vista, una historia que contar y una oportunidad para hacerlo. Apoyada en la larga tradición de la oralidad en la literatura escrita (pensemos en Las mil y una noches), que Cusk actualiza gracias a la fragmentación y a las elipsis, a la individualización de quienes hablan, la escritora canadiense ofrece una vía de renovación de la autoficción: lo poco que sabemos de la narradora coincide con la autora (mujer, un divorcio, hijos y escritora). ~


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