artículo no publicado

De lo bien que los latinoamericanos pronunciamos la z

Muchos españoles creen que los latinoamericanos no pronunciamos (o pronunciamos mal) la c y la z. No es así, por supuesto: las pronunciamos perfectamente. Quienes las pronuncian distinto son una pequeña minoría y viven, precisamente, en España.

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El brevísimo diálogo transcurrió una tardecita en la librería Juan Rulfo, ubicada en el 86 de la calle Fernando el Católico, en Madrid. Un español le dijo a una chica mexicana que trabajaba en la librería, no sé a cuento de qué: “Vosotros no pronunciáis la zeta”. “¿Cómo que no?”, respondió ella. “Mira cómo la pronuncio”. Se señaló la boca y, cuando los ojos de su interlocutor se hubieron dirigido allí, dijo: “Zeta”. Y la pronunció perfectamente, claro. Aunque no lo hizo de la misma forma que el hombre con quien hablaba (el sonido interdental de la z madrileña), sino como lo hacemos 9 de cada 10 de los hispanohablantes del mundo.

La anécdota refiere una de esas conversaciones que son tan recurrentes para los latinoamericanos que viven en España. Si incluso por la conformación histórica de su propio estado —los conflictos políticos detrás de la convivencia de cuatro lenguas oficiales: castellano, catalán, gallego y vasco, y otros tantos dialectos— España es un país en el que las tensiones en relación con la lengua están mucho más presentes que en otros países, la cuestión se agudiza en las grandes ciudades, donde se encuentran y se entrecruzan los acentos y registros de prácticamente todos los países de América Latina.

Muchos españoles están convencidos de que los latinoamericanos hablamos mal el idioma: que “no pronunciemos” la z es solo uno de los tantos motivos. Pero el modo de hablar de los nativos también es objeto de crítica para los llegados del otro lado del Atlántico: los leísmos y laísmos, los pleonasmos (“subió arriba”, “bajé abajo”), la forma en que pronuncian palabras del inglés o de otros idiomas, etcétera. Y así, recorriendo todo el espectro que va desde la simpatía y la curiosidad hasta el desprecio y la xenofobia, diálogos como aquel que escuché una vez en la librería Juan Rulfo se multiplican.

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El caso es que, durante siglos, los académicos españoles se sintieron los dueños de la lengua y establecieron qué era correcto y qué no en función de lo que pasaba en los alrededores de Madrid. Señalaban, por ejemplo, que el seseo —es decir, pronunciar la z y la c como lo hacemos en América Latina— era un “muy importante defecto de pronunciación” que en lo posible debía evitarse.

Hacia finales del siglo XX, esta realidad se modificó. Comenzó a imponerse una visión panhispánica de la lengua, que busca dejar atrás la idea de un centro (la España castellana) y una periferia y propone que los diferentes registros regionales se encuentren en el mismo nivel. Desde su 22ª edición, de 2001, el diccionario dejó de ser obra exclusiva de la Real Academia Española: ahora también participa en su elaboración la Asociación de Academias de la Lengua, integrada por las 23 academias que existen en el mundo hispanohablante. La Asociación también es coautora de la Ortografía desde 1999 y del Diccionario panhispánico de dudas, publicado en 2005.

El Instituto Cervantes, por su parte, acaba de presentar el libro Cocodrilos en el diccionario. Hacia dónde camina el español, una obra que analiza las relaciones entre el habla de la sociedad y la academia, y de cómo es la primera la que determina las normas que establece esta segunda. El primer capítulo —que se puede leer en la web de editorial Planeta— se titula “De ciervos que se casan y siervos que se cazan”, y se refiere a lo que llama “la confusión de s y z”. Los autores explican en ese texto que, en la Nueva gramática de la lengua española, una obra monumental de 4,800 páginas publicada entre 2009 y 2011, el panhispanismo logra ir aún más allá:

“Es la norma seseante la que sirve de punto de partida de la descripción, puesto que es la que practica la inmensa mayoría de los hablantes. Y así se da como propia del español la pronunciación ápise, vos, para añadir a continuación que en el norte de España se dice ápice, voz. Aunque el lector no especialista puede juzgar esto trivial, se trata de un giro normativo de extraordinaria relevancia. Quizá el más relevante, por el cambio radical de actitud que revela, de la historia de la Academia”.

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Hay personas de origen latinoamericano que se oponen a esa tendencia y se proponen pronunciar la z con el sonido interdental del centro y norte de España. Los motivos son diversos. Una argentina que llevaba veinte años viviendo en Madrid —la madre de un adolescente a quien yo daba clases particulares— pronunciaba la c y la z como los madrileños. Su acento era mestizo, ni de un sitio ni de otro, algo propio de muchos inmigrantes: hay personas a las que ciertos rasgos de la entonación y del vocabulario se les pegan con gran facilidad, de forma casi involuntaria. Pero incorporar un fonema inexistente en tu lengua materna tiene que ser algo deliberado, que exige mucha práctica y atención. ¿Por qué lo habría hecho aquella mujer?

Más tarde supe del caso de otra argentina a quien la maestra de su hija, poco después de que esta empezara la escuela primaria, le señaló un problema: la niña “no pronunciaba” o “pronunciaba mal” (no sé por cuál de las dos versiones se inclinó) la c y la z. Mi primera reacción fue sentir que la de la maestra era una actitud pésima. Pero después pensé que la escuela siempre, en todas partes, cumple una función uniformadora y en ese momento la estaba ejerciendo. Para bien y para mal. Entonces recordé a la mamá de mi alumno, e imaginé que ella había incorporado el sonido interdental para ayudar a su hijo, cuando este empezó la escuela y la maestra le hizo la misma observación.

No tengo una opinión clara acerca de si es correcto o no que la escuela uniformice el habla de todos los alumnos. Lo que sí siento es que no le puedo reprochar nada a una madre o un padre que cambian en parte su modo de hablar para ayudar a sus hijos.

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Y luego están los latinoamericanos que no lo hacen por sus hijos, sino porque creen que la incorporación de un fonema más —el sonido interdental— enriquece el lenguaje. Eso sí que no lo puedo entender. Lo veo como una forma de autocolonialismo: pretenden modificar su propia lengua materna para que se parezca a la que habla el 10% de la comunidad idiomática a la que pertenecen. Lo que los académicos españoles dejaron de intentar imponer hace algunos lustros, ellos lo hacen por propia voluntad.

Por cierto, académicos: eso de que es propia del español “la pronunciación ápise, vos, que en el norte de España se dice ápice, voz” también está equivocado. No pronunciamos esas palabras con s, sino con c y z, como corresponde. Mírennos la boca, miren cómo la pronunciamos. Como 9 de cada 10 de los hispanohablantes del mundo.