La paradoja de la historia y otras excursiones | Letras Libres
artículo no publicado

La paradoja de la historia y otras excursiones

El ensayo de Nicola Chiaromonte trata de la relación entre la historia y el individuo, y también es una forma de recorrer Europa durante el periodo que va de Napoleón a la Revolución rusa y el régimen soviético.

Las relaciones sexuales empezaron en 1963 (lo que era bastante tarde para mí), entre el final de la prohibición de Lady Chatterley y el primer LP de los Beatles, escribía Philip Larkin en “Annus Mirabilis”, uno de sus poemas más célebres. He recordado esos versos al leer La paradoja de la historia, de Nicola Chiaromonte (Acantilado), sobre todo en las primeras páginas, que tratan de las andanzas de Fabrizio del Dongo en la batalla de Waterloo: el protagonista de La cartuja de Parma no entiende lo que sucede. No tiene una comprensión global de la batalla y le parece que el conjunto amorfo de episodios cutres que vive no puede ser ese gran momento histórico.

El libro de Chiaromonte (Rapolla, 1905-Roma, 1982), que fue filósofo y crítico literario y participó en la lucha antifascista y combatió en la Guerra Civil española, trata de la relación entre la historia y el individuo, y “de la reaparición de la idea del destino en un mundo que parece haberse entregado al ideal de progreso”. A su juicio, “solo a través de la ficción y la dimensión de lo imaginario podemos aprender algo real sobre la experiencia individual”. También, en cierto modo, este ensayo de crítica literaria, que nace de la pregunta de por qué el socialismo fue derrotado en la primera guerra mundial, es una forma de recorrer un periodo de Europa: desde Napoleón a la Revolución rusa y el régimen soviético. Varias maneras de ver la historia y la vida de la humanidad, que algunos pensadores como John Gray han descrito como religiones sin dios, se convertían en ideologías y cosmovisiones centrales: la fe en el progreso, la creencia de la posibilidad de crear el cielo en la tierra, la esperanza en la razón, la convicción revolucionaria.

Las obras que estudia Chiaromonte –La cartuja de Parma de Stendhal, Guerra y paz de Tolstói, Los Thibault de Roger Martin du Gard, La condición humana de André Malraux y El doctor Zhivago de Boris Pasternak– ofrecen distintas preguntas y respuestas en torno a este vínculo. No es solo la novela como la historia privada de las naciones –por usar la célebre formulación de Balzac–, sino un análisis más abstracto sobre la interpretación y la filosofía de la historia.

El volumen está lleno de observaciones perspicaces y sugerentes, aunque el epílogo contiene diagnósticos que no parecen haberse confirmado. Quizá los capítulos más brillantes sean los que dedica a Stendhal y a Tolstói. En el primero destaca el conocimiento que tenía el autor de la distancia entre las esperanzas y la realidad, y su capacidad para no convertirlo en cinismo sino en una rara combinación de compromiso y escepticismo.

Napoleón, el autor de aquellos comunicados de la Grande Armée que embelesaron a Fabrizio –como a Julian Sorel en Rojo y negro– no existe; la gran epopeya no existe; ni siquiera la historia existe. Todo lo que hay son incidentes aislados, individuos aislados, fugaces impresiones subjetivas y, muy importante, el sueño juvenil de la epopeya napoleónica. Y además de todo ello, existe el tumultuoso cúmulo de los llamados hechos objetivos.

Y, más adelante:

La gracia del relato radica en que, aunque el autor nos muestra que los anhelos de Fabrizio no son más que sueños y falsas ilusiones, y que los incidentes fragmentarios y fortuitos de los que está hecha la batalla son la única realidad incontrovertible, los sueños y las falsas ilusiones hacen muy simpático a este absurdo personaje. Inevitablemente las vicisitudes de un alma adolescente nos parecen la verdad de las verdades. De hecho el significado fundamental del relato se encuentra en esas ilusiones y desilusiones, en la inocencia incorregible y ridícula del protagonista.

Su propósito, dice, “no es pasar un espejo a lo largo del camino, sino exponer la discrepancia entre los llamados hechos reales y los ensueños del individuo inocente y puro”. Su sabiduría consiste en “la capacidad de soportar con humor y estoicismo la situación en las que nos pone la vida, y en estar dispuesto a jugar en una partida de dados, como dice Nietzsche”.

A Tolstói, que lee en buena medida influido por Isaiah Berlin, lo describe como el autor que mostró un interés más serio por la historia: por el determinismo y la libertad, por la paradoja del poder que hace que el poderoso sea dependiente de aquellos sobre quienes ejerce el poder, por la cuestión de la fuerza, por los intentos por controlar algo que siempre se escapa. Para Tolstói, “somos libres y eso significa literalmente que no sabemos lo que hacemos”. “El destino está compuesto de todo lo que el hombre desconoce y no tiene manera de conocer. Y se expresa mediante el tiempo, por el hecho de que el tiempo es efímero e irrevocable”. En Guerra y paz encontramos, dice, dos de los grandes temas del autor: “el rechazo al culto moderno del hecho consumado” y la convicción “de que el significado de la vida humana no puede reducirse a la serie de acontecimientos en los que él mismo se encuentra envuelto”. Para Chiaromonte, Tolstói “fue el primer escritor moderno en plantear el problema de la fuerza como un hecho moral, no físico y en redescubrir la dependencia, no perceptible a través de nuestros sentidos, que subyace en la esencia de nuestras acciones”.

La paradoja de la historia tiene un argumento sostenido y oportunas anotaciones al margen, donde la interpretación es tan buena como la cita:

En su autobiografía, Trotski habla del ataque de fiebre que en 1923 le impidió defenderse de las maniobras de Stalin y observa: “Uno puede prever una guerra o una revolución, pero no las consecuencias de salir a cazar patos en otoño”.

Ésta es la observación de un hombre derrotado, digna de Shakespeare. Mientras la historia de otros pueblos y el flujo de los acontecimientos iba a su favor, Trotski jamás habría admitido que un resfriado pudiera elevarse al rango de causa histórica.

El libro tiene varias lecciones: una es una confirmación real, en vez de los panegíricos habituales, de la potencia de la ficción como experimento mental. Otra es el placer de la buena crítica literaria. Y otra es una lección de humildad: la del desconcierto de Fabrizio del Dongo, que incluye el deseo de participar en un momento histórico y el descubrimiento de que esto es imposible. Uno casi siempre llega un poco pronto o un poco tarde, o no entiende lo que pasa. A veces, lo que creías que era la batalla central parece una escaramuza periférica: y esto puede ocurrir aunque sea la batalla central. Pero, por otro lado, casi todos tenemos el deseo de vivir una experiencia decisiva: un vuelco electoral solucionará las injusticias y disfuncionalidades de siglos, un cambio de gobierno hará que desaparezcan los problemas, las viejas estrategias que fracasaron funcionarán esta vez y la felicidad pública se alineará con nuestra alegría privada. A menudo –es una de las lecturas posibles del poema del cascarrabias Larkin– esto requiere un proceso de mitificación. Probablemente el anhelo ha existido siempre, pero ese proceso podía hacerse esperar un poco. Ahora, cuando todo se ha acelerado, esa mitificación ocurre a la vez que el acontecimiento y lo multiplica, reproduciendo la iconografía de los sucesos de verdad, como una versión Instagram de la historia. Si tenemos suerte, la revolución es un país extranjero y todos queremos hacer allí algo de turismo, antes de que sea demasiado tarde.