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La historia oculta del dopaje en el tenis actual

Sharapova, Odesnik, Cilic: hay suficientes casos como para pensar que las autoridades del tenis no se toman demasiado en serio las trampas en su deporte.

Lo normal es que cuando uno oye la palabra dopaje se le venga a la cabeza el nombre de algún ciclista. No es que esta disciplina no haya hecho méritos para ganarse esa mala fama, pero sí es cierto que el número de positivos no se acerca ni de lejos al del atletismo o al de la halterofilia, por citar dos ejemplos, y que en el ciclismo, mal que bien, se lucha desde hace décadas contra el tramposo. Otros deportes ni siquiera hacen el intento. Por ejemplo, el pasado mes de agosto recibimos dos noticias desoladoras en el mundo del tenis femenino: la primera, que Maria Sharapova, sancionada en enero de 2016 por el uso continuado de meldonium, un estimulante que sirve para corregir supuestas cardiopatías, era invitada a participar en el US Open.

El anuncio de su positivo había supuesto un “shock” brutal para el deporte mundial, que tenía en Sharapova a una de sus embajadoras. La rusa siempre había destacado por su facilidad para el marketing, tanto por su belleza física como, sobre todo, por sus excelentes resultados, que a menudo se olvidaban injustamente. El dopaje supuso un cambio de la narrativa de esfuerzo y superación, y mezclaba de nuevo a un icono de Nike –recuerden a Marion Jones o a Lance Armstrong- con la utilización de productos dopantes. El “Just do it” llevado al extremo. La sanción fue de dos años, como es habitual en estos casos, pero el Tribunal de Arbitraje Deportivo estimó “involuntariedad” en el positivo y redujo la sanción abruptamente a quince meses, lo que le daba tiempo a participar en Roland Garros, torneo que había ganado en dos ocasiones: 2012 y 2014.

Sin embargo, la federación francesa de tenis se mantuvo firme frente a las presiones externas: por muy popular que fuera Sharapova y por mucho público que le garantizara en las pistas, no iban a invitar a la tenista rusa. Si quería participar en su torneo se lo tendría que ganar consiguiendo puntos para el ranking WTA en otros lados. Sin atajos. ¿Saben a quién le pareció fatal? A la WTA, la que se supone que vela por el interés de todas las tenistas, incluso de las que son derrotados constantemente por mantenerse limpias. La asociación afeó el gesto de la organización de Roland Garros a la que acusaron de “prolongar injustamente” la sanción de Maria.

Como ha quedado dicho antes, en agosto las cosas habían cambiado. O, más bien, el torneo había cambiado: el US Open sí invitó a Sharapova, dejando fuera a tenistas con un ránking superior. No solo eso, sino que le reservó un sitio estelar: la pista central, como si siguiera siendo un ejemplo al que admirar. La ex número uno, Caroline Wozniacki, relegada a la pista cinco, se quejó amargamente de esta circunstancia: para la danesa, aquello era un premio inmerecido para una tramposa. Sharapova tuvo aún el cuajo de contestarle con cierta prepotencia, pero todo se calmó cuando la rusa cayó eliminada en octavos de final.

Con todo, esta historia de Sharapova y la alfombra roja que le pusieron para deleite de sus seguidores que no quieren saber nada de ningún lado oscuro, palidece en comparación con la otra noticia del mes de agosto: el positivo de la italiana Sara Errani. Puede que el nombre de Errani no sea tan conocido pero llegó a ser número cinco del mundo, jugó la final de Roland Garros en 2012 y es una de las mejores doblistas de la historia. Junto a su inseparable compañera Roberta Vinci, ha ganado todos los torneos del Grand Slam al menos en una ocasión. Sus mejores años llegaron de 2010 a 2014, coincidiendo con su esplendor físico. Errani, que apenas supera el 1,60, no podía destacar por su saque ni por la contundencia de sus golpes sino por su resistencia, su lucha, su entrega incansable.

Durante aquellos años, Errani se convirtió en una habitual de la academia TennisVal en Valencia, junto a su gran amigo David Ferrer, que también disfrutaba del mejor momento de su carrera. De hecho, contrató como médico personal al asesor de la academia: el doctor Luis García del Moral. Puede que este sea otro nombre que no les diga mucho, pero si les doy el de su cliente más famoso: Lance Armstrong. Efectivamente, antes de dedicarse a cuidar a tenistas o compaginando ambas labores, Del Moral había sido el médico del US Postal durante varios años y fue descrito por Tyler Hamilton en su libro sobre aquella época de dopaje sin límites como “el típico tío que entra en una habitación y a los cinco minutos ya tienes puesta una jeringuilla”.

Del Moral fue parte importante de la investigación de la USADA contra el US Postal y acabó inhabilitado de por vida para ejercer la medicina deportiva, una sanción que posteriormente avalaría la Agencia Mundial Antidopaje. Por supuesto, tuvo que abandonar su actividad en TennisVal y Errani rompió su relación con él asegurando ante la prensa que “no tenía ni idea” de lo que hacía este hombre en otros deportes. Nadie hizo más preguntas. Ferrer, directamente, dijo no conocerle de nada. Pues bien, cinco años después de aquel escándalo, la cliente de García del Moral da positivo y no se le ocurre otra cosa que decir que “la sustancia está en un medicamento contra el cáncer que toma mi madre y que debió de haberse caído sobre unos tortellini que me comí”. ¿Y qué dice la ITF al respecto? Que claro, que cómo iba a ser de otra manera. Sanción testimonial de dos meses y aquí no ha pasado nada.

Estos dos ejemplos de cómo tratan las autoridades del tenis el dopaje en su deporte son solo eso: ejemplos de algo que viene de muy lejos. Ya Andre Agassi cuenta en su autobiografía “Open” como la ATP tapó su positivo por estimulantes para no perjudicar la imagen del circuito y nadie ha mostrado el más mínimo interés por investigar determinados patrones sospechosos, como por ejemplo la generación de tenistas argentinos que arrasó a principios de los 2000 para acabar con cuatro de ellos dando positivo: Juan Ignacio Chela, Mariano Puerta, Guillermo Coria y Guillermo Cañas. Ni siquiera su federación quiso tocar el tema.

Hay más dudas, por supuesto: Wayne Odesnik fue sorprendido viajando al Open de Australia de 2010 con cantidades ingentes de hormona del crecimiento, lo que invitó a pensar que no eran todas para él sino que probablemente estaba haciendo de “camello” para más gente. Su caso se analizó, se le suspendió y después se le quitó la sanción por “ayuda sustancial” a las autoridades. ¿En qué consistió esa ayuda? Siete años después, aún no lo sabemos, aunque Odesnik volvió a dar positivo y fue apartado del circuito hasta 2030. También está el caso de Marin Cilic, campeón del US Open de 2014 y que en Wimbledon 2013 se retiró de la competición alegando una lesión... que en realidad había sido un positivo. La ATP y la ITF no solo ampararon la farsa sino que después redujeron su sanción, como hicieron con Viktor Troicki o con el francés Richard Gasquet, cuyo positivo por cocaína se suspendió al alegar que “había besado a una chica que consumía” y que por eso estaba en su cuerpo. Como leen.

Creo que son casos suficientes como para pensar que las autoridades del tenis no se toman demasiado en serio las trampas en su deporte. Hubo unos cuantos meses, coincidiendo con todos estos escándalos, en los que Murray, Federer, Djokovic o Nadal trataban el tema de vez en cuando a preguntas de la prensa... pero la prensa ha decidido dejar de preguntar y aquí nadie habla de nada. Solo Wozniacki y encima tiene que aguantar que la vacilen. Puede que algún día un Tyler Hamilton con raqueta saque un libro y nos explique qué ha pasado durante estos años. Más que nada porque cuando la duda razonable se instala pagan tanto justos como pecadores y eso no puede ser.


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