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Judith Jáuregui, invitación al éxtasis

X, el cuarto álbum de la pianista Judith Jáuregui, editado por BerliMusic en colaboración con la Fundación BBVA, es una inmersión en la riqueza sonora y espiritual de la música de Scriabin.

Aleksandr Scriabin acompañó la partitura de su Poema del éxtasis (compuesto entre 1905 y 1908, y tradicionalmente conocido como su cuarta sinfonía) con un texto homónimo, del que más tarde extraería, para introducirlos como epígrafe a su quinta sonata para piano, los siguientes versos: “Yo os llamo a la vida, ¡oh, fuerzas misteriosas!, / sumergidas en las oscuras profundidades / del espíritu creador, temerosos / esbozos de vida, ¡a vosotros os otorgo la audacia!”. Estas palabras sintetizan la aspiración vital y artística del compositor ruso, ilustre representante del movimiento teosófico y autor de una obra consagrada a la redención de un espíritu humano inconsciente de su Absoluto, a la “Alegría de la Acción Liberada”, al éxtasis.

Es a Scriabin a quien Judith Jáuregui coloca como figura central de su nuevo disco, X, y son su Sonata nº 5 op. 53, junto con los Cinco preludios op. 15 y la Fantasía op. 28, las obras que nos introducen en el universo que la pianista donostiarra presenta. Del compositor, Jáuregui dice que “tiene esa fuerza que nos arrastra a su mundo de carácter, de sensualidad, de riesgo”. Pero X, que refiere a este éxtasis, también sugiere lo oculto, el misterio: “En contrapartida a su potencia y temperamento ofrece también otro mundo sonoro espiritual y místico”. Sviatoslav Richter, uno de los más notorios intérpretes de Scriabin, calificaba su obra como “licor fuerte” al tiempo que “cristal que se rompe con facilidad”. La música incluida en este disco viaja de lo reflexivo a lo arrebatado, de la contención a la fuerza desatada, representando de esta manera la alternancia de caracteres tan propia de su autor.

En la recreación del espíritu scriabiniano juega un papel importante su posición histórica y estética. El compositor es, por un lado, heredero de una determinada tradición armónica e idiomática que aparece reflejada en sus partituras; al mismo tiempo, su lenguaje evolucionará hasta derribar los límites de la tonalidad, y sus reflexiones sobre la creación influirán en autores posteriores. Esta situación también está presente en el CD. De Chopin, faro indiscutible del quehacer pianístico en todo el siglo XIX, Jáuregui escoge su Balada nº 1 op. 23 y su Nocturno nº 20 op. póstumo como referentes de la intensidad, pero también de la escritura pianística de Scriabin. Como sucesión estética y en cierto sentido espiritual, se introducen los tempranos Nueve preludios op. 1 de Karol Szymanowski, compositor que, polaco como Chopin, dejó una amplia obra para piano que abarca desde el impresionismo hasta la atonalidad.

En el concierto de presentación en Madrid, Jáuregui interpretó una selección de obras del disco, editado por BerliMusic en colaboración con la Fundación BBVA, una muestra que realizó un viaje por los tres autores para acabar con la Sonata nº 5 de Scriabin. Escrita en un solo movimiento, la obra condensa en diez minutos la secuencia de exposición, desarrollo y reexposición, propia de la forma sonata. Aunque al oído nada suena tan claro. Antes que la estructura, que los temas, lo que aparece a la escucha son las variaciones de intensidad y de tempo que, sucedidas de manera frenética, sugieren un continuum de energía que surge a borbotones.

El propio Scriabin calificaba la obra como “gran poema para piano”, lo que nos da una idea de la magnitud discursiva que la atraviesa. Sin duda es, como Jáuregui comenta, el piano brillando en todas sus posibilidades. En la introducción se escucha una llamada feroz, ascendente, seguida de un canto agudo marcado como “lánguido”, que da paso a un primer tema ligero, enérgico... Y así a lo largo de toda la obra. A estos contrastes hay que sumar la inestabilidad de su armonía, que si bien se inscribe en la tonalidad clásica, no tiene momentos de reposo que nos lleven a pensar en ella. Antes bien, todo tiene el color de un redescubrimiento, de una expansión; la marca de su acorde místico –una invención armónica del autor que aparece de manera recurrente en sus obras– define su sonoridad brillante, por otra parte tan idiosincrática. Todo, claro, está conducido hacia la revelación. La mejor indicación de ello seguramente sea el final, que a modo de espejo reproduce la ascensión inicial para culminar en un agudo fortísimo seguido de un instante de silencio (escrito en la partitura). Aquí el momento de la transfiguración, el “Yo soy Dios” que Scriabin dejó escrito en sus diarios. La música se nos abre, somos convocados, como la invocación de su epígrafe. En palabras del compositor: “El instante último será diferenciación absoluta y unidad absoluta: el éxtasis”.

Judith Jáuregui transmitió en su recital, en la Fundación BBVA de Madrid, la fuerza de la partitura. De igual modo, ejecutó una brillante Balada nº 1, y abordó con su necesaria delicadeza los Nueve preludios de Szymanowski. La relación de la intérprete con las obras es importante. Hay una implicación personal en este proyecto, sobre la que ella incide: “X nace de emociones fuertes y de la completa fascinación que siento por cada una de las obras que lo componen”. El disco es una inmersión en la riqueza sonora y espiritual de la música de Scriabin y su contexto sonoro y estético, llevada a cabo desde la admiración de las obras seleccionadas. Una auténtica invitación al éxtasis.