El día que conocí a Hugo Pratt | Letras Libres
artículo no publicado

El día que conocí a Hugo Pratt

De niño quería ser dibujante de cómics, y mi favorito era el Corto Maltés.

De niño yo quería ser dibujante de cómics. Vivíamos en Urrea de Gaén, un pueblo de Teruel de 700 habitantes. Un amigo de la familia que sustituía a mi madre como médico durante las vacaciones era muy aficionado. Me hablaba de autores y me dejaba álbumes, aunque a mí me parecía que sus gustos eran algo infantiles. A los doce años mi favorito era Corto Maltés. Compraba los cómics cuando íbamos a Zaragoza, con el dinero de los cumpleaños, en un kiosco del Paseo Independencia o en el Taj-Mahal, en la calle Juan Pablo Bonet, que según el compañero de mi madre era la mejor tienda de cómics de la ciudad.

Creo que lo primero que leí era un fragmento de uno de los últimos, La casa dorada de Samarcanda, que aparecía en una entrega de la revista Corto Maltés que me trajo mi padre de Alcañiz, y luego leí algunos que estaban compuestos de historias breves: Siempre un poco más lejos, Las célticas (que sucedía en Europa, en buena parte durante la Primera Guerra Mundial), Las etiópicas (con el protoyihadista Cush y con el oficial británico que recitaba a Rimbaud). Sabía que Corto Maltés había desaparecido en la Guerra Civil española, y esperaba con ansiedad que Hugo Pratt publicara ese cómic.

En las viejas ediciones -en blanco y negro- había una pequeña biografía de Pratt, donde se contaba que era italiano, nacido en Rímini en 1927, que había vivido de niño en África (donde su padre había estado destinado), que había pasado años en Argentina, que hablaba muchos idiomas. Me gustaba la sencillez del dibujo, el uso de las sombras, las tramas llenas de viajes y, en el caso de Corto Maltés, una erudición excéntrica.

De Pratt había leído también El sargento Kirk, un western escrito por el guionista H. G. Oesterheld, víctima de la dictadura militar argentina; me lo había traído mi padre, seguramente comprado en un VIPS. En la revista Corto Maltés estaba también Ana de la jungla. En esa época todavía no conocía su serie “Los escorpiones del desierto”, ambientada durante la Segunda Guerra Mundial. Según el amigo de mi madre, en Verano indio, una de las colaboraciones de Pratt con Milo Manara -más tarde harían El gaucho-, solo había una viñeta mal dibujada: cuando los indios atacaban el pueblo. Si hubieran sido tantos los indios, no habría sobrevivido nadie, decía (y también lo decían en un suplemento dedicado al cómic de La Vanguardia). Para incomodidad del amigo de mi madre y de mis padres, en un cumpleaños me empeñé en que me regalaran ese álbum, que empezaba con unos indios que violaban a una chica blanca y contaba una historia de incesto, puritanismo y violencia, cercana a La letra escarlata y El crisol. Pero en esa época el elemento erótico no me llamaba tanto la atención (cuando lo he releído de mayor sí).

Por alguna razón no pude ver la entrevista que le hizo Ángel Casas a Hugo Pratt en Televisión española, y recuerdo la rabia que me dio. Mi madre pudo verlo, le pedí que hiciera un resumen. En esa época si te perdías a alguien en directo no sabías si ibas a poder verlo de nuevo alguna vez.

El primer texto de Umberto Eco que leí era el prólogo a la edición en Norma de La balada del mar salado, la primera aventura de Corto Maltés, que estos días ha cumplido cincuenta años, como contaba hace unos días Guillermo Altares, y del que acaba de publicarse una nueva aventura, Equatoria, realizada por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Transcurría también durante la Primera Guerra Mundial, en los mares del sur: el personaje aparecía atado y a la deriva. Recuerdo algunas de las frases y las páginas. Escribí varios ensayos sobre mis tebeos favoritos intentando imitar el prólogo de Eco, que señalaba varios anacronismos.

En ese texto decía también Eco que se había dado cuenta de que Hugo Pratt era en realidad Corto Maltés. No tenía el aire longilíneo del marino, pero sí un corte de cara, un aire. Y ese era el aire que yo vi en el mercado del Born de Barcelona, en el salón del cómic, en mayo de 1993. Mi tío, que en una época me traía cómics del teniente Blueberry que compraba en el rastro de Sant Antoni, vivía allí, en un piso compartido con un suizo y un brasileño (antes había habido unas noruegas y luego una Erasmus francesa, que se convertiría en la mujer de mi tío: nos parecía el colmo del exotismo). Era la primera vez que estábamos en Barcelona. Tenía doce años; mi hermana nueve. Ahora no recuerdo cómo llegamos: es posible que mis padres y mi tío quedaran a mitad de camino.

Pratt presentaba , la última aventura del marinero que dibujó. Había dos pilas grandes de ejemplares: metías dentro tu nombre en un post-it para que los dedicara. Cuando compré los dos álbumes que quería que nos firmara (, para mí; La casa dorada de Samarcanda, para mi hermana), le di a la dependienta un ejemplar de un periódico que habíamos hecho en mi clase, que reunía a los alumnos de sexto, séptimo y octavo de EGB. Creo que mi amiga Rebeca (la hija de la bibliotecaria) y yo habíamos escrito casi todo el periódico. Entre mis artículos había un texto sobre Corto Maltés. También había hecho un dibujo del personaje.

-¿Esto para qué es?

-Para que lo lea él -le dije.

Hugo Pratt llegó a la firma con un par de horas de retraso. Llevaba unas gafas de sol. Éramos mucha gente y estábamos detrás de unas vallas. Llevaba un rato firmando -no ponía nada, solo el nombre- cuando la dependienta le dio el periódico de mi clase. Lo leyó y preguntó:

-¿Quién ha escrito esto?

La dependienta me señaló.

-Ese niño.

Pratt dijo que pasara, y la dependienta abrió las vallas y pasé, mientras otros de los que esperaban protestaban. Me dijo que le había gustado el texto. Me preguntó:

-¿Qué llevas ahí?

Yo tenía una carpeta con unos folios para escribir. Me la pidió y en el primer folio me hizo un dibujo de Corto Maltés: él de frente, con su gabán.

No me llevé los cómics cuando me marché de casa de mis padres, y durante muchos años no volví a leerlos. Ahora, cuando voy allí algún fin de semana, sé que puedo echar la tarde entera si abro uno de los tebeos un segundo. Perdí el dibujo de Hugo Pratt, que murió en 1995, en alguna de las mudanzas de la familia. Me da pena, pero él habría sabido que son cosas que les pasan a los nómadas.