El día en que Kylian Mbappé le robó los reflectores a Messi | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Biser Todorov / https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Kylian_Mbappe_2017.jpg

El día en que Kylian Mbappé le robó los reflectores a Messi

En el futbol hay algunas estrategias que invitan a soñar que se puede determinar el resultado desde la pizarra. Pero cuando aparece un Mbappé, como cuando aparecía un Ronaldo, no hay táctica que valga.

De Ronaldo Nazario, antes de destrozarse definitivamente las rodillas en el Inter de Milán, se decía que era como una manada de búfalos en estampida. Aunque su carrera fue larga y fructífera –campeón del mundo en 2002 y jugador del Real Madrid hasta 2006–, el recuerdo de Ronaldo que ha marcado a una generación es el de un hombre alto, rapado, fibroso, de una velocidad tremenda y con la inteligencia necesaria para saber cuándo había que conducir el balón y cuándo era mejor echarlo unos metros hacia adelante y retomarlo en velocidad. En otras palabras, el recuerdo que tenemos de aquel Ronaldo, el de la liga 1996/97 que jugó con el Barcelona, es el de Kylian Mbappé jugando este sábado contra Argentina.

Para valorar en su justa medida la actuación de Mbappé hay que atender a los datos pero también al contexto: partido de eliminatorias de una Copa del Mundo con una bicampeona delante encabezada por un cinco veces Balón de Oro. No es una actuación aislada en la liga francesa frente al Montpellier de turno... aunque está por ver que el Montpellier defienda peor que esta selección argentina. La estadística oficial solo le otorga dos goles, convirtiéndose así en el primer adolescente en lograrlo junto a Pelé en 1958, pero lo cierto es que podría haberse ido con tres o con cuatro o con los que hubiera hecho falta. Pocas veces se ha visto una superioridad tal sobre un terreno de juego.

Y es que a veces nos complicamos demasiado la vida: falsos nueves, juegos de posición, defensas en zona... Lo bonito de este deporte es que se puede jugar de mil maneras y lo divertido de algunas estrategias es que le invitan a uno a soñar que realmente puede determinar el resultado desde la pizarra. Ahora bien, cuando aparece un Mbappé, como cuando aparecía un Ronaldo, no hay táctica que valga. A los doce minutos ya había puesto el partido patas arriba con un contraataque descomunal que Rojo paró con un penalti más bien innecesario. Griezmann anotó el penalti y Francia rondó el segundo gol durante varios minutos hasta que Di María se encontró con el empate en un disparo precioso desde fuera del área.

Hasta entonces, el partido había valido más bien poco. Messi estuvo tan poco participativo como delantero como lo había estado jugando de centrocampista adelantado. Sampaoli –o quien fuera– diseñó una táctica que recordaba a la del Barcelona de Guardiola pero se olvidó de que Argentina no tiene ni a un Busquets que recupere, ni a un Xavi o un Iniesta que busquen al instante a Leo ni a dos tipos por las bandas como Villa, Pedro o Henry que tracen una diagonal y desarmen la defensa contraria. Aunque ligeramente más voluntarioso que en el partido ante Croacia, Messi volvió a transitar en tierra de nadie. Un trote a la izquierda, un trote a la derecha, esperando que alguien le diera un pase de dos metros y tirara después un desmarque.

Misión imposible porque el único que puede hacer eso en Argentina es Banega y Banega cumplió, pero no fue ni mucho menos suficiente. Leo y él miraban atrás y lo que se veía daba auténtico pavor, una ristra de sospechosos habituales: Mascherano, Pérez, Tagliafico, Mercado, Otamendi, Rojo... A ninguno se le criticará con dureza porque todos se cuidan mucho de echarle coraje, protestar con aspavientos y lanzar alguna patada a destiempo, pero el circo en el que convirtieron la defensa argentina fue de época.

Incluso cuando se adelantó la albiceleste gracias a un rechace que aprovechó Mercado a tiro de Messi, pocos pensaron que el resultado fuera a quedar así. Lo único para lo que sirvió el gol fue para levantar de nuevo a Mbappé de su letargo. Y así, Francia hizo lo que tenía que hacer: aprovechar la contundencia de Kanté y Pogba en el medio del campo y lanzar balones a Mbappé para que decidiera por su cuenta. La sensación que queda del partido es la de que Francia jugó todo el rato al contraataque, pero más bien habría que señalar que cada balón que perdía Argentina, fuera donde fuera, se convertía automáticamente en una contra rival porque nadie, absolutamente nadie, era capaz de estar colocado en su sitio.

En ese correcalles inevitable porque Argentina no tiene juego para imponer ritmo alguno, a Mbappé le bastaron cinco minutos para impresionar al mundo. Algo tuvo que ver, y hay que reconocerlo, el golazo impresionante de Pavard, que aumentó aún más el pánico entre los de Sampaoli. Pero esos cinco minutos del delantero del PSG pasarán a la pequeña historia de este Mundial y puede que sean el anticipo de una larga tiranía: primero, en una jugada de ratón de área, donde recibió un balón suelto, aceleró en dos metros lo suficiente para generarse hueco y disparó pegado al poste, lejos del alcance de Armani. Después, culminando una jugada perfecta de Francia, que llevó la pelota de área a área en cinco segundos.

Ahí acabó el partido y acabó la exhibición de Mbappé, que acabó sustituido. Pocas veces encontrará el francés un rival tan complaciente, pero aun así, hay que insistir: es un mundial, son octavos de final y el chico tiene diecinueve años. A los diecisiete ya los marcaba a pares con el Mónaco en la Champions League, pero esto eleva su estatus a otro nivel. Enfrente, Argentina se resignó a su muerte anunciada. Se dirá otra vez que Messi no corrió, pero es que Messi no ha corrido nunca. Messi no se convirtió en el mejor jugador del mundo echando carreras. A sus 31 años, es imposible que volvamos a ver una versión siquiera parecida a la del jovencito de 2009 o 2010 y sus caracoleos. Lo que hay es otra cosa y esa otra cosa requiere de una asociación que en Argentina es imposible.

Después de este nuevo varapalo, Leo tiene que decidir si le merece la pena seguir con esto o si llegó la hora de reconocerle a Maradona su victoria en el terreno mundialista y dejar de intentarlo sin sentido. Estuvo muy cerca en 2014 pero en las otras tres participaciones nunca pasó de cuartos de final. Sus tres goles en Ecuador sirvieron para que Argentina se clasificara para Rusia, pero el equipo no da para más ni tiene pinta de que vaya a haber un cambio en ese sentido. Hablamos de un equipo dirigido por Mascherano, que juega en la liga china. Para hacerse una idea, lo primero que hizo Guardiola cuando vio a Mascherano en su equipo fue meterlo como central para que se dedicara a lo suyo y no estorbara. Lo hizo a la perfección, al menos mientras Pep estuvo en el banquillo. En Argentina, sin embargo, se empeñan en tenerlo como referencia y así van las cosas.

Empezar otra vez de cero, volver a los partidos en la altura de Bolivia, cruzar el océano para jugar con Venezuela, intentar engañar a los defensas jóvenes de Perú, Paraguay, Colombia o Uruguay para ganarse un puesto en un Mundial que disputaría con 35 años parece mucho pedir. Tal vez su tiempo haya pasado y sea el momento de ir echándose discretamente a un lado. A Roger Federer nadie le pide que juegue cinco sets en tierra batida y no pasa nada. El problema es que a Messi llevan toda la vida pidiéndole que sea Nadal y eso sí que va a ser imposible.