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El año en que Stephen Curry decidió pasar desapercibido

Esta temporada de Kevin Durant, más que la de Stephen Curry, pasará a la historia como una de las grandes de la NBA.

Los focos de la NBA se centraron en Kevin Durant desde el mismo inicio de la pretemporada: su decisión de abandonar los Oklahoma City Thunder para unirse a los Golden State Warriors no tenía precedentes. Por mucho que en los últimos años se hubiera estilado la unión de dos o tres jugadores de perfil alto en un mismo equipo, ver a uno de los tres mejores jugadores de la liga sumarse al equipo que había batido el récord histórico de victorias suponía un escenario inexplorado y de consecuencias imprevisibles.

A Durant le llovieron muchas críticas y pocos halagos. Buena parte de la prensa y los aficionados consideraron su apuesta como la de un perdedor, la de alguien que sabe que es incapaz por sí mismo de llevar a una franquicia al título. Puede que tuvieran razón, pero Durant no juega al baloncesto para hacer amigos. Su enfoque fue más práctico: ya había sido MVP en 2014 y ya había jugado la final en 2012. Si, por lo que fuera, los Thunder no eran capaces de dar el siguiente paso, él se encargaría de buscar el anillo que le faltaba en otro lugar. En ese sentido, Oakland parecía el lugar más indicado.

Tanto se habló de Durant que apenas se mencionó a la otra parte, es decir, a los propios Warriors. El fichaje del espigado alero traía muchos beneficios pero también muchos peligros potenciales: el pragmatismo estadounidense suele resumirse en la frase “si no está estropeado, no lo arregles” y fichar a un jugador tan importante suponía reconocer implícitamente que algo iba mal en el equipo que enamoró al planeta durante ocho meses para venirse abajo en los últimos tres partidos de la final contra los Cleveland Cavaliers.

En otras palabras, no solo Kevin Durant reconocía con su decisión que no podía ganar títulos por sí mismo, sino que Stephen Curry, un hombre al que se había llegado a comparar con Michael Jordan y que había ganado los dos últimos premios al mejor jugador de la liga, hacía lo propio. Eso no es habitual en la NBA, un deporte lleno de egos. Curry sabía que la llegada de Durant iba a implicar menos tiros, menos protagonismo, menos opciones de ganar un tercer MVP consecutivo... pero más posibilidades de ganar el título. Apostó por lo segundo. Un poco de anonimato a cambio de un nuevo anillo.

El resultado ha sido exactamente el que se esperaba: los Warriors no solo han ganado el campeonato cómodamente sino que la gigantesca figura de Durant ha eclipsado por completo a la de Curry... y a Stephen no ha parecido importarle. Por supuesto, los números de Kevin en la final son inapelables: 35,2 puntos; 8,4 rebotes y 5,4 asistencias con unos porcentajes de tiro sencillamente increíbles: más de un 55% en tiros de campo, incluido un 47% en triples. Tan inapelables que le han valido el premio a mejor jugador de la eliminatoria y han dejado a los de sus compañeros en un injusto segundo plano.

Porque aquí es donde entra de nuevo Curry en la ecuación. El base de los Warriors promedió durante la final del año pasado menos de 23 puntos, 5 rebotes y 4 asistencias con un 40% en tiro. Su lesión en el tobillo jugó un papel importante en este bajón con respecto a la temporada regular, pero en cualquier caso no parecen números de una superestrella. Este año, en su rol de segundo espada, se ha ido a los 27 puntos, 8 rebotes y más de 9 asistencias, anotando el 44% de sus lanzamientos. En cualquier otra circunstancia, habría sido aclamado como el mejor jugador de la final.

La sombra de Durant ha resultado tan alargada que nadie habla de la mejor versión de Curry cuando antes todo el mundo compartía vídeos de versiones bastante menores. El Curry de la final ante los Cavaliers ha sido un jugador sensacional, salvo por algunos despistes en defensa. Ha dirigido el juego, ha buscado la mejor opción para el equipo y no para sí mismo, ha desconcertado al rival con sus habituales triples imposibles... y no se ha cansado de entrar a canasta una y otra vez, desafiando la lógica, anotando con la izquierda y con la derecha y ayudando al rebote tanto defensivo como ofensivo.

Después de promediar casi un triple doble en la final, algo impensable para un jugador que apenas supera el 1,90, Curry ha tenido que ver como se le alejaba de todos los titulares en beneficio de su compañero. Leyendo la prensa, a veces da la sensación –contradictoria por lo que decíamos al inicio del artículo- de que Durant ha ganado “solo” el título, como si no tuviera al mejor equipo de la historia alrededor. Pasarán las décadas y quedarán para el recuerdo las hazañas de este grupo, capaz de ganar dos anillos en tres años, jugar una tercera final y, sobre todo, vencer en 207 de los 248 partidos de liga regular.

¿Qué cabe esperar del futuro? Dependerá precisamente de la generosidad de sus protagonistas. No solo de la de Kevin Durant o de la de Stephen Curry sino de la de actores en principio secundarios como Draymond Green, Klay Thompson o el infravalorado Andre Iguodala. Si rehuyen los cantos de sirena de grandes contratos y roles decisivos en otras franquicias, los Warriors solo se tendrán a sí mismos como rivales. A sí mismos y a LeBron James, por supuesto, pero da la sensación de que la plantilla de los Cavaliers tiene poco margen de mejora.

Curry ha pasado en doce meses de ser el estandarte de una generación, el héroe viral de las redes sociales, a convertirse prácticamente un jugador más. Se ha humanizado y en el camino ha logrado repetir como campeón. Ese era el plan de junio de 2016 y así se ha desarrollado. La contundencia del éxito viene a demostrar que la suya fue una decisión correcta. De estrellas fugaces está lleno el firmamento.