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Roger Moore, el Bond que no se tomó en serio

Moore no fue el Bond caballeroso y serio de Connery, tampoco el musculado Craig ni el flemático Brosnan; fue el agente que conquistaba con una sonrisa a medio camino entre la ironía y el sarcasmo

Primero fue El Santo. El británico Roger Moore había encarnado en la televisión al ladrón Simon Templar durante siete años en la década de los sesenta (1962-1969). Y ya había caído simpático. Su personaje era un ladrón que robaba a aquellos que merecían que se les esquilmasen un poco sus haciendas. Su sonrisa pícara y su atractiva presencia hicieron el resto para los espectadores, a los que poco después no les costó imaginárselo como James Bond, al que interpretó durante siete películas. Moore, que no era tan buen actor, como él mismo reconoció años después, se había metido al público en los bolsillos y no los abandonaría hasta los noventa, cuando su estrella se apagó  porque el cine había dejado de ser el que conoció en su época de máximo esplendor.

El actor acaba de fallecer en Suiza a los 89 años debido a un cáncer, según informó su familia. Se ha ido así el Bond que menos en serio se tomó al personaje creado por Ian Fleming en la literatura de espías. Él mismo lo dijo en alguna ocasión: si las tramas de los filmes eran surrealistas, él tenía que darle el mismo sentido al agente 007.

Moore (Londres, 1927), hijo de una ama de casa y un policía, que había comenzado a estudiar Arte Dramático casi por su apostura, que no por el talento artístico –fue modelo durante un tiempo-, relevó a los actores que antes habían encarnado a Bond en un momento de grandes cambios sociales. En los sesenta, el escocés Sean Connery había convertido al agente secreto en un dechado de elegancia. Connery exhibía pura masculinidad británica conduciendo el Aston  Martin y bebiendo el famoso Martini con vodka agitado, no mezclado. Era la caballerosidad andante con las chicas Bond (ciertos modales que hoy se pondrían en duda, no obstante). Cuando Moore fue fichado para el personaje en 1973 –Connery había decidido no interpretarlo más y su sucesor, George Lazenby apenas duró una película- le dio la vuelta. Y ni Aston Martin ni el conocido cóctel. Empezaba el rock and roll con chulería.

La primera película fue Vive y deja morir, que llegaba con la banda sonora de Paul McCartney y The Wings. Estaba de moda la blaxploitation, la negritud, y el filme retrató aquellas transformaciones que ya estaban en la calle. Lo mismo ocurrió con la siguiente, El hombre de la pistola de oro, trufada de artes marciales.  Era la época del cine de Bruce Lee, que llenaba las salas de sesión continua, y los productores tuvieron ojo para que 007 no quedara anclado en el pasado.

La espía que me amó, estrenada en 1977, y según él, su favorita de toda la saga, fue la que más gustó a la crítica, y llegó a obtener hasta tres nominaciones a los Oscar. La historia, en la que Bond tiene una amante rusa, la agente Amasova –en plena Guerra Fría– es hoy también una de las más recordadas por los espectadores. Si había que hacer un guiño a la Historia, el simpático Moore era el más indicado. Tras el éxito, los productores decidieron volcar todo el dinero posible en la siguiente entrega, Moonraker. Fue estrenada en 1979, año en el que La guerra de las galaxias se había convertido en el mayor éxito comercial del momento, por lo que a Bond no le quedaba otra que subirse a la estela de la ciencia-ficción y los grandes efectos especiales con multitud de exteriores. El personaje era ya un agente dedicado a la acción, si bien el actor confesó que jamás rodó este tipo de secuencias. En realidad, no le gustaba hacerse el duro y el fuerte. Lo suyo era la seducción desde la ironía. Pese a ello fue la película que más recaudó de toda la saga, sólo superada en 1995 con Goldeneye, y ya con Pierce Brosnan en el papel.

Con los ochenta comenzó la decadencia y sus tres últimas películas sobre 007 no alcanzaron el éxito de las anteriores. Ni Solo para sus ojos (1981), ni Octopussy (1983) ni Panorama para matar (1985) gustaron, ni siquiera demasiado a Moore, que además ya contaba en la última con 57 años y se sentía viejo para interpretar al agente que iba dejando amantes (mucho más jóvenes) allí donde había que batirse con un enemigo. Y la trama de la Guerra Fría tampoco daba ya para mucho.

A partir de entonces, el actor, declarado ferviente británico y votante conservador, aunque vivía en Suiza y Mónaco, donde pagaba menos impuestos, dejó de prestar atención a la saga. No quiso ver las películas de Timothy Dalton, su sucesor como 007, y sólo llegó a mostrarse contento con el trabajo de Daniel Craig. Sin embargo, no dejó de trabajar en el cine si bien con menor presencia, y empezó a decantarse por labores humanitarias siendo nombrado Embajador de UNICEF en 1991, uno de los trabajos que más le apasionaba.

Moore no fue el Bond caballeroso y serio de Connery, tampoco el musculado Craig ni el flemático Brosnan; fue el agente que conquistaba con una sonrisa a medio camino entre la ironía y el sarcasmo. Sólo por ello, Sir Roger Moore ya merece su estrella de la Fama y el hueco que deja en muchos espectadores que llegaron por primera vez a la televisión y al cine con él en las pantallas.