artículo no publicado

Presagios de Trump

Documentales como "The most hated family in America" y "America’s most hated family in crisis" muestran que el terreno donde germinaría la demagogia de Trump estaba a la vista de todos.

El programa Saturday Night Live tiene un sketch recurrente llamado Appalachian Emergency Room. En él, un enfermero con mullet recibe rednecks con objetos atorados en el ano o que han sufrido quemaduras por jugar a Star wars con tenazas para el pelo. Este sketch explota un estereotipo sin dar un contrapeso. Cuando SNL condena prejuicios hacia la comunidad negra, latina u homosexual, incluye en sus escenas a un personaje racista u homófobo que es señalado como el verdadero paria. En el chiste sobre rednecks no hay esa figura. Un sector de la población es blanco de burlas, y eso se presenta como algo legítimo.

Donald Trump ganó la elección y todos preguntan por qué. Algunos sugieren que los demócratas reconocieron la existencia de blancos de clase baja solo para desmarcarse de ellos. El politólogo Mark Lilla expuso con lucidez esta idea en su ensayo “The end of identity liberalism”, publicado en The New York Times. Según él, Clinton cayó en la trampa de la retórica de la diversidad. “Si vas a mencionar grupos más te vale mencionar a todos [...] porque aquellos excluidos lo van a resentir”, escribió, refiriéndose a los blancos evangélicos y sin grado universitario que definieron la elección. Muchos interpretaron su texto como una desacreditación de la política de identidades –racial, de género y sexual–. Su crítica era otra: se dirigía hacia el “narcisismo” de una generación de liberales defensores de la inclusión pero indiferentes a lo que pasa más allá de su círculos.

Esta ironía pudo verse en plataformas progresistas como Saturday Night Live. Por un lado, fue uno de los programas que más ridiculizó a Trump. Por otro, el desplante de superioridad observado en sketches con hillbillies chimuelos contribuyó al resentimiento de millones. Esta teoría no exculpa a Trump ni ataca los valores de la izquierda. Si acaso, señala los excesos que socavan esos valores, como la intransigencia de la corrección política, donde se insulta a otros en nombre del respeto. Trump apeló al enojo de los silenciados para luego hacerles una oferta irresistible: si votaban por él tendrían permiso de vociferar.

Documentales recientes muestran lo que el presidente electo vería como ventanas de oportunidad. En The most hated family in America (2007) y America’s most hated family in crisis (2011), el británico Louis Theroux convive con la familia Phelps, de la Iglesia Bautista de Westboro, en Kansas. Los Phelps irrumpían en funerales de soldados con letreros con frases como “God hates fags” (según ellos, la muerte de los soldados era un castigo por defender un país que permite la homosexualidad). Ya que los Phelps son repudiados por otras iglesias evangélicas, puede alegarse que no las representan. Pero su radicalismo también puede verse como una cuestión de grado. A distancia, las conversaciones entre Theroux y los Phelps explican por qué grupos religiosos menos radicales pudieron sentirse atraídos por Trump. Dice una exmiembro del grupo: “Muchos pierden a sus padres en accidentes. Yo perdí a los míos en un culto.” Cuenta que su padre, exprofesor de humanidades, se dejó seducir por la libertad de agredir a otros sin asumir responsabilidad moral, alegando que se defiende una Verdad. Extravagante y poderoso, Trump tomó forma de mesías. Sobre el tema del resentimiento hay un diálogo invaluable: “Tú nos presentas al mundo como personajes de caricatura –dice uno de los Phelps a Theroux–. Subimos tus ratings y por eso estás aquí.”

Welcome to Leith (2015), de Michael Beach Nichols y Christopher K. Walker, narra el intento del supremacista blanco Craig Cobb de convertir una ciudad de Dakota del Norte en sede de su ideología. El documental tuvo exhibición limitada; dos años después de su estreno, el nacionalismo blanco llegaría no a Leith sino a la Casa Blanca en la figura de Steve Bannon, nuevo estratega en jefe. Bannon apoya el movimiento alt-right, que defiende la creencia de que la “identidad blanca” se ha visto atacada por valores multiculturales y debe reinstaurar su dominio. La invasión a Leith podría haberse visto como la obra de un loco aislado de no ser por la evidencia contenida en la propia cinta. En ella, representantes del Southern Poverty Law Center –institución que monitorea a grupos de odio– afirman que llevan años reportando un aumento alarmante de agresiones por parte de supremacistas blancos.

Welcome to Leith ilustra un punto central del argumento de Lilla: que la guerra electoral no fue de clases sino de identidades. En una escena, el supremacista Cobb alega que negros, judíos e hispanos tienen instituciones que los defienden y “no comprende” por qué a su grupo no se le permite lo mismo. Es ciego a que, históricamente, esas minorías han sido sometidas por blancos. Nadie sensato respaldaría su discurso xenófobo. Por otro lado, los supremacistas son la facción perversa de un grupo demográfico enorme que, en efecto, fue excluido del diálogo cultural. Trump prometió resolver las necesidades de esa mayoría –oportunidades de trabajo, representatividad social– usando los argumentos de sus peores representantes.

The Central Park five (2012), de Ken Burns, da un atisbo retrospectivo a otro atributo oscuro de Trump: sus dotes para arengar en contra del Invasor Peligroso. Narra el encarcelamiento injusto, en 1989, de cinco adolescentes de Harlem acusados de violar a una mujer en Central Park. La policía los detuvo por una trifulca no relacionada y, tras interrogarlos durante más de veinte horas seguidas, los detectives extrajeron confesiones falsas. Catorce años después se halló al violador.

El arresto de “los cinco de Central Park” se usó como grito de guerra contra los habitantes de barrios pobres que, se decía, buscaban despojar a los ricos de Manhattan. Nadie cuestionó la culpabilidad de los adolescentes, caracterizados por la prensa como “una manada de lobos”. Quien más sembró pánico fue Donald Trump, quien pagó para que cuatro periódicos publicaran una carta con el encabezado: bring back the death penalty. Su discurso reaccionario funcionó desde entonces: el 76% de los ciudadanos apoyó su propuesta –incluidos negros y latinos que aparecen en el documental–. Pertenecían al mismo grupo étnico que los detenidos pero su aspecto sugiere que tenían mejor nivel de vida, y que no se veían a sí mismos como depredadores. Esto ilumina otro aspecto inesperado de la elección: el voto de latinos y negros en favor de Trump. Quizá no se sentían definidos por su etnicidad –otra de las grietas de la retórica de las identidades.

Documentales como estos muestran que el terreno donde germinaría la demagogia de Trump estaba a la vista de todos. A manera de mea culpa, Saturday Night Live transmitió hace poco el sketch “The bubble”, donde liberales invitan a otros a refugiarse en una comunidad donde es posible seguir ignorando a “la otra América”. Su autocrítica es lúcida: por vivir en la burbuja perdieron la elección. ~

 

Este ensayo aparece publicado en nuestra edición de enero 2017.